El precio del acceso

«Todo el oro que se usó en la obra, en toda la obra del santuario, es decir, el oro de la ofrenda, fue de veintinueve talentos y setecientos treinta siclos, conforme al siclo del santuario.» (Éxodo 38:24, NBLA)

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Los capítulos de construcción del tabernáculo pueden sentirse repetitivos. Medidas, materiales, instrucciones que ya habíamos leído. Pero Éxodo 38 hace algo que ningún otro capítulo de esta sección hace, y es pasar cuentas. Al final de la construcción del altar del holocausto, la fuente de bronce y el atrio, el texto presenta un inventario detallado de todo lo que se usó. Casi una tonelada de oro, más de tres toneladas de plata, más de dos toneladas de bronce. Dios quiso que quedara registrado hasta el último siclo. Y eso no es un detalle contable sin importancia. Es una declaración, la presencia de Dios en medio de su pueblo tuvo un precio, y alguien tuvo que pagarlo.

Entendiendo el pasaje

El capítulo comienza con la construcción de las piezas exteriores del tabernáculo. El altar del holocausto, grande y de bronce, era lo primero que alguien encontraba al acercarse. Allí se derramaba la sangre de los sacrificios. Junto a él estaba la fuente de bronce donde los sacerdotes debían lavarse antes de entrar a ministrar. Después viene la descripción del atrio, el cercado de cortinas que delimitaba el espacio sagrado.

Pero lo más llamativo viene al final. Los versículos 24 al 31 presentan las cifras exactas de lo que el pueblo entregó y cómo se usó cada material. El oro fue para el mobiliario interior y los revestimientos. La plata, que provenía de la ofrenda de rescate de cada israelita censado, se usó para las bases de los tablones que sostenían la estructura del tabernáculo. El bronce fue para el altar, la fuente, las estacas y los utensilios exteriores.

Tres verdades bíblicas

  1. El altar y la fuente nos recuerdan que acercarse a Dios tiene un costo — Nadie entraba al tabernáculo sin pasar primero por el altar donde un animal moría en lugar del pecador, y luego por la fuente donde el sacerdote se lavaba. Sangre derramada y cuerpo purificado. Esas eran las condiciones mínimas para estar en la presencia de Dios. Y aunque nosotros hoy no sacrificamos animales ni nos lavamos en una fuente de bronce, el principio permanece. Nuestro acceso a Dios fue pagado con la sangre de Cristo y somos lavados por su Palabra. Cada vez que nos acercamos a Dios en oración o en adoración, lo hacemos sobre la base de un sacrificio que costó una vida.
  2. El inventario revela que el pueblo entregó lo mejor que tenía — Dios quiso que se contara y se registrara todo. Cada gramo de oro, cada siclo de plata quedó documentado. Y hay un detalle que merece atención. La plata provenía de la ofrenda de rescate, medio siclo por cada israelita censado, la misma cantidad para ricos y pobres. Esa plata se fundió para hacer las bases de los tablones del tabernáculo. Literalmente, la redención del pueblo sostenía la casa de Dios. La estructura donde Dios habitaría se levantaba sobre el rescate de su pueblo. Eso no es casualidad, es teología hecha arquitectura.
  3. Todo lo que el pueblo entregó fue insuficiente para resolver el problema de fondo — Casi una tonelada de oro, tres toneladas de plata, dos de bronce. El pueblo dio todo lo que tenía y Dios honró esa entrega. Pero con toda esa inversión, el problema del pecado seguía sin resolverse de manera definitiva. Los sacrificios debían repetirse. La fuente debía usarse cada día. El sumo sacerdote solo podía entrar al lugar santísimo una vez al año, y con temor. Todo ese sistema era provisional, apuntaba a algo mayor. Cristo pagó lo que ninguna cantidad de oro o plata podía cubrir. Pedro lo dice así, «ustedes fueron rescatados no con cosas perecederas como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto». El precio final no se midió en talentos de oro sino en la vida del Hijo de Dios.

Reflexión y oración

Dios quiso que las cuentas quedaran claras. Que su pueblo supiera lo que costó tener su presencia en medio de ellos. Y nosotros debemos saber que nuestro acceso a Dios costó algo infinitamente mayor que todo el oro del tabernáculo. Costó la vida de Cristo.

Padre, gracias porque el precio de nuestro acceso a ti ya fue pagado por Cristo. Que nunca tomemos a la ligera lo que costó abrirnos las puertas de tu presencia. Ayúdanos a vivir con la gratitud de quienes saben que fueron rescatados no con oro ni plata sino con la sangre preciosa de tu Hijo. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 38, Juan 17, Proverbios 14, Filipenses 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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