Ayer los dejamos sentados a la mesa con José, comiendo, bebiendo, regocijándose. Parecía que todo iba bien. Pero José todavía no había terminado. Necesitaba saber si sus hermanos realmente habían cambiado o si seguían siendo los mismos hombres que lo vendieron hace más de veinte años. Así que diseña una última prueba. Una prueba que los pondría exactamente en la misma situación de antes: el hijo favorito de Jacob en peligro, y ellos con la oportunidad de abandonarlo para salvarse. ¿Qué harían esta vez?
Entendiendo el pasaje
José ordena que llenen los sacos de sus hermanos con grano y que pongan el dinero de cada uno en la boca de su saco. Pero en el saco de Benjamín, además del dinero, pone su copa de plata. Los hermanos parten hacia Canaán sin sospechar nada. No han avanzado mucho cuando el mayordomo de José los alcanza y los acusa de haber robado la copa de su señor. Ellos lo niegan rotundamente. Están tan seguros de su inocencia que dicen: «Aquel en cuyo poder se encuentre la copa, que muera, y nosotros seremos esclavos de tu señor». El mayordomo revisa los sacos uno por uno, comenzando por el mayor. La tensión crece con cada saco que abre. Y finalmente, en el saco de Benjamín, aparece la copa.
Ahora los hermanos tienen una decisión que tomar. Benjamín es el culpable, al menos en apariencia. Pueden entregarlo y volver a casa. Es exactamente lo que hicieron con José. Vendieron al favorito y regresaron a sus vidas como si nada hubiera pasado. Pero esta vez algo es diferente. El texto dice que rasgaron sus vestidos y volvieron todos a la ciudad. No abandonaron a Benjamín. Regresaron con él.
En ese momento Judá se adelanta. El mismo Judá que había sugerido vender a José. El mismo que había fallado tan gravemente con Tamar. Este hombre se pone delante de José y pronuncia uno de los discursos más conmovedores de toda la Escritura. Le cuenta toda la historia. Le habla del padre anciano que ya perdió un hijo y que morirá de dolor si pierde a otro. Y entonces dice las palabras de nuestro versículo: «Te ruego que quede yo como esclavo en lugar del muchacho, y que el muchacho vaya con sus hermanos».
Tres verdades bíblicas
- La prueba revela el corazón verdadero — José diseñó una situación imposible. Los puso exactamente donde habían estado antes: con el favorito de Jacob en peligro y con la oportunidad de salvarse a costa de él. Las pruebas hacen eso. Revelan lo que realmente hay adentro. Cuando estás bajo presión, cuando tienes la oportunidad de beneficiarte a costa de otro, cuando nadie te vería si tomaras el camino fácil, ahí se ve quién eres realmente. No es lo que dices en los momentos cómodos; es lo que haces en los momentos difíciles lo que muestra tu verdadero corazón.
- El arrepentimiento genuino se traduce en acción — Judá ya no es el mismo hombre. El que una vez sugirió vender a su hermano ahora ofrece su propia vida por otro hermano. Eso es más que remordimiento. El remordimiento dice «me siento mal por lo que hice». El arrepentimiento dice «estoy dispuesto a pagar el precio que no pagué antes». Judá había cargado más de veinte años con la culpa de lo que le hicieron a José. Y ahora, cuando tiene la oportunidad de repetir el mismo pecado, escoge un camino diferente. ¿Ha habido cambio real en tu vida? ¿O solo remordimiento que no llega a nada? El arrepentimiento verdadero se demuestra cuando la misma situación se presenta y tú respondes de manera diferente.
- El sustituto que apunta al Sustituto — «Que quede yo en lugar del muchacho». Judá se ofrece como sustituto. Toma el lugar de Benjamín. Asume un castigo que no le corresponde para que otro pueda ir libre. Y de la línea de este hombre, de Judá, vendrá aquel que haría esto de manera perfecta y definitiva. Jesús, el León de la tribu de Judá, se puso en nuestro lugar. Tomó el castigo que nosotros merecíamos. Dijo «que quede yo» para que nosotros pudiéramos ir libres con el Padre. Lo que Judá hace aquí en sombra, Cristo lo cumplió en plenitud en la cruz. Cada vez que veas a alguien ponerse en lugar de otro en las Escrituras, recuerda que estás viendo un reflejo de lo que el evangelio anuncia.
Reflexión y oración
Judá de pie ante José. Ofreciendo su vida. Dispuesto a quedarse como esclavo para que Benjamín pudiera volver con su padre. Este es el clímax de un proceso que comenzó hace muchos capítulos. El hombre que falló ahora está dispuesto a morir por otro. Y José, escuchando estas palabras, está a punto de no poder contenerse más. La revelación viene. Pero eso será mañana. Hoy quedémonos con esta imagen: un hombre que se puso en lugar de otro. Y recordemos que alguien hizo eso por nosotros.
Señor Jesús, gracias porque tú te pusiste en nuestro lugar. Gracias porque dijiste «que quede yo» cuando nosotros merecíamos el castigo. Ayúdanos a vivir con la gratitud de quienes han sido rescatados. Y cuando tengamos oportunidad de repetir viejos pecados, danos la gracia de escoger un camino diferente, como Judá lo hizo. En tu nombre oramos, amén.

