El recorrido del peregrino

«Harás también el altar de madera de acacia, de cinco codos de largo, cinco codos de ancho (el altar será cuadrado) y de tres codos de alto. Le harás cuernos en sus cuatro esquinas; los cuernos serán de una pieza con el altar, y lo revestirás de bronce.» (Éxodo 27:1-2, NBLA)

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Ayer hablamos de las señales que Dios dejó en el camino de regreso a su presencia. Hoy el pasaje nos muestra algo más concreto: el recorrido mismo. Porque si el tabernáculo era un pequeño Edén portátil en medio del desierto, lo que vemos en Éxodo 27 es cómo alguien que estaba completamente afuera podía ir acercándose, paso a paso, hasta llegar lo más cerca posible de la presencia de Dios.

Entendiendo el pasaje

El capítulo comienza con la instrucción de construir un altar de bronce en la parte exterior de la tienda. Era grande, de unos dos metros y medio por lado, con cuernos en sus esquinas y todos sus utensilios hechos de bronce. Este altar tenía un solo propósito, allí se ofrecían los sacrificios. Era lo primero que alguien encontraba al acercarse al tabernáculo, y eso no era casualidad.

Después viene la descripción del atrio, un cercado de cortinas finas sostenidas por columnas que rodeaba todo el espacio del tabernáculo. Medía unos cuarenta y cinco metros de largo por veintidós de ancho. Su función era clara: separar el área sagrada del resto del campamento. Y al final del capítulo aparece una instrucción que parece menor pero que tiene un peso enorme. Dios ordena que los sacerdotes mantengan siempre encendida una lámpara con aceite puro de oliva. Siempre. Por estatuto perpetuo. La luz en el tabernáculo no podía apagarse nunca.

Tres verdades bíblicas

  1. Nadie se acerca a Dios sin que haya sangre de por medio — El altar de bronce era la primera estación del camino. Antes de entrar a cualquier otro lugar, antes de ver la mesa con los panes o la luz del candelabro, había que pasar por el altar. Y lo que ocurría allí no era bonito. Un animal inocente moría en lugar del pecador. La sangre se derramaba. Dios estaba enseñando algo que su pueblo necesitaba entender desde el principio: el pecado tiene un costo, y ese costo es la vida. Nosotros hoy sabemos que todos esos sacrificios apuntaban a uno solo. Cristo, el cordero de Dios, derramó su sangre una vez y para siempre. Ya no hay altar de bronce, pero el principio sigue siendo el mismo. Nadie viene al Padre sino a través del sacrificio que él mismo proveyó.
  2. El atrio nos recuerda que acercarse a Dios no es algo casual — Había un límite visible entre el campamento y la presencia de Dios. Las cortinas del atrio dejaban en claro que no todo el mundo podía entrar de cualquier manera. Eso no significa que Dios fuera inaccesible, sino que acercarse a él requería intención, requería un camino específico. Hoy no tenemos cortinas ni cercados, pero el principio se mantiene. La carta a los Hebreos nos dice que podemos acercarnos con confianza al lugar santísimo por la sangre de Jesús, pero esa misma carta nos pide que lo hagamos con corazón sincero y en plena certidumbre de fe. La confianza que tenemos no viene de nosotros sino de lo que Cristo hizo. Acercarnos a Dios sigue siendo un privilegio que merece reverencia.
  3. La lámpara siempre encendida dice que alguien espera en casa — De todos los detalles del capítulo, este es quizás el más tierno. Dios ordena que la luz no se apague nunca. Piensa en eso como la luz que alguien deja prendida en la ventana cuando espera a que un hijo llegue a casa. Es una señal de que hay alguien adentro, de que la casa no está abandonada. En medio de un desierto oscuro y hostil, dentro del tabernáculo siempre había luz. Dios no se iba. Dios no se ausentaba. Y esa misma realidad es la que Jesús expresó cuando dijo «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». La luz que nunca se apagó en el tabernáculo encuentra su cumplimiento en Cristo, quien ilumina permanentemente el camino de todo aquel que se acerca a Dios.

Reflexión y oración

Si pudiéramos recorrer ese camino en el desierto, lo que encontraríamos es la historia del evangelio condensada en un recorrido. Un altar donde la sangre se derrama por el pecador. Un espacio separado que nos recuerda la santidad de Dios. Y una luz que nunca se apaga porque Dios siempre está esperando. Todo ese recorrido hoy tiene un solo nombre: Jesús. Él es el sacrificio, él es el acceso, y él es la luz.

Padre, gracias porque no nos dejaste sin camino. Gracias porque en Cristo tenemos acceso libre a tu presencia. Que no tomemos a la ligera lo que costó abrirnos esa puerta. Ayúdanos a acercarnos a ti con reverencia y con la confianza que solo viene de saber que tu Hijo ya pagó el precio. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 27, Juan 6, Proverbios 3, Gálatas 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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