El Rey Pedido

«Mañana a esta hora te enviaré un hombre de la tierra de Benjamín, y lo ungirás por príncipe sobre Mi pueblo Israel» (1 Samuel 9:16, NBLA)

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Ayer cerramos el primer bloque de la serie con el pueblo pidiendo rey y con Dios ordenando concederlo. Hoy empieza el segundo bloque, El Rey Pedido, y durante esta semana veremos el ascenso y la caída de Saúl, el rey según el criterio de las naciones. Su entrada a la historia es de las ironías más finas de toda la Biblia. El hombre que va a sentarse en el primer trono de Israel aparece en escena haciendo el oficio menos glorioso posible, persiguiendo unas burras perdidas de su papá por los montes, sin encontrarlas, y a punto de rendirse para volver a casa con las manos vacías.

Entendiendo el pasaje

El narrador presenta primero la familia. Cis, un benjamita de buena posición, tenía un hijo llamado Saúl, y la descripción que sigue está medida con toda intención, pues era el joven más apuesto de Israel y «de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo» (9:2). Es exactamente el perfil que pedía el criterio de «como todas las naciones», un rey que entra por los ojos. Guarda esa sospecha, porque este bloque va a mostrar todo lo que la estatura no alcanza a cubrir. Las asnas de Cis se pierden, y Saúl sale con un criado a buscarlas. Recorren en círculos la región montañosa durante días, sin rastro. Cuando Saúl propone regresar, el criado recuerda que en esa ciudad vive un vidente respetado, y hasta carga en su bolsa la moneda de plata que hacía falta para presentarse con decoro. Unas muchachas junto al pozo les dan la indicación exacta, suban ahora, que el vidente acaba de llegar.

Entonces el relato corre el telón y nos muestra el otro lado. Un día antes, el Señor le había hablado al oído a Samuel anunciándole la visita, y cuando Saúl aparece en la puerta, Dios se lo señala, «he aquí el hombre de quien te hablé» (9:17). Samuel lo sienta a la cabecera del banquete, le sirve la porción reservada, y Saúl protesta con la única línea que pronuncia en todo el capítulo, que él viene de la más pequeña de las tribus de Israel y de la más insignificante de sus familias. Esa noche conversan en la azotea, y al amanecer Samuel lo aparta para darle a solas la palabra de Dios. Nada en este capítulo fue casualidad. Las asnas, el criado, la moneda, las muchachas del pozo, todo era un plan perfectamente orquestado.

Tres verdades bíblicas

1. Dios gobierna hasta las asnas perdidas

Saúl salió de su casa buscando animales y volvió ungido príncipe de Israel. Entre una cosa y la otra hubo días de caminata frustrante, rutas equivocadas y planes de rendirse, y cada pieza de esa frustración estaba puesta por la mano que dirige la historia. Así trabaja la providencia, con material ordinario. Piensa en eso la próxima vez que un desvío te dañe los planes, un trámite se enrede o una búsqueda te deje con las manos vacías. No todo desvío es necesariamente la coreografía visible de algo grande, pero ninguno está fuera del gobierno de Dios, y más de una vez lo que llamaste pérdida de tiempo era quizá la ruta que el Señor estaba trazando.

2. De las ruinas de Benjamín, Dios levanta un rey

Haz memoria de la serie de Jueces. La última vez que vimos a Benjamín era una tribu casi exterminada en la guerra civil, seiscientos hombres escondidos en la peña de Rimón y un futuro remendado con retazos. Cualquiera esperaría que el primer rey de Israel saliera de Judá, la tribu del cetro, o de alguna casa ilustre. Dios lo sacó de los escombros. El propio Saúl lo reconoce en su protesta, la más pequeña de las tribus, la más insignificante de las familias. Ana ya lo había cantado, el Señor levanta del polvo al pobre para sentarlo con príncipes. Si tu historia carga ruinas, una familia rota, un pasado del que queda poco en pie, el Dios de Benjamín restaura y vindica lo que parecía acabado.

3. Aun concediendo lo que pedimos mal, Dios sigue teniendo compasión

Fíjate en las palabras con que Dios le explica a Samuel el envío de este rey, «he visto la aflicción de Mi pueblo, y su clamor ha llegado hasta Mí». Es el lenguaje del Éxodo, las mismas palabras de la zarza ardiente. El pueblo acababa de desecharlo como Rey, y Él responde con vocabulario de redención, organizando personalmente cada detalle y encargándole al ungido salvar a Israel de los filisteos. La petición nació torcida, y la misericordia de Dios corrió por ese cauce de todos modos. Quizás miras alguna etapa de tu vida como un camino de segunda opción, fruto de decisiones que no pediste bien. La compasión de Dios también corre por ahí.

Reflexión y oración

El día más ordinario de tu vida puede ser el día que Dios preparó ayer.

Padre, gracias porque gobiernas lo grande y lo pequeño, los tronos y las burras perdidas, y nada de lo que hoy nos frustre está fuera de tus manos. Gracias porque levantas reyes de las ruinas y no descartas historias por acabadas. Guárdanos de elegir por estatura lo que Tú pesas por dentro, y gracias porque tu compasión nos alcanza aun cuando pedimos mal. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

1 Samuel 9, Romanos 7, Jeremías 46, Salmos 22

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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