Hoy abrimos 2 Samuel, y el rollo arranca igual que la primera vez. 1 Samuel se abrió con la angustia de una mujer estéril que lloraba en Silo. 2 Samuel se abre con la angustia de una nación entera en duelo. Ana cantó que el Señor humilla y también exalta, y con esa clave leímos veintisiete capítulos hasta ver al rey escogido probado en el desierto. Ahora empieza la segunda mitad del mismo libro, y durante estas semanas vamos a seguir una sola palabra, casa. La casa que Dios levanta, la casa que Dios promete, la casa que se quiebra y al final la Casa que todavía esperamos. Este primer tramo, del capítulo 1 al 5, es la casa levantada, y comienza con David llorando.
Entendiendo el pasaje
El capítulo tiene dos partes. La primera es una escena en Siclag, dos días después de la batalla. Llega un joven con la ropa rasgada, se postra ante David y le entrega la corona y el brazalete de Saúl. Dice que estaba por casualidad en Gilboa, que el rey herido le pidió que lo rematara y que él lo hizo. Fíjate que el autor no corrige esa versión. Acabamos de leer en 1 Samuel 31 que Saúl se dejó caer sobre su propia espada, y aquí nadie nos aclara cuál relato es el cierto. El escritor pone las dos historias una al lado de la otra y deja que tú juzgues. Este muchacho estuvo ahí, la corona lo prueba. Lo que hizo ahí queda en el aire.
La segunda parte es el lamento, construido como un espejo. Abre y cierra con la misma frase, «¡Cómo han caído los valientes!». En el centro está el recuerdo de Saúl y Jonatán, amados en la vida y no separados en la muerte. A un lado, las hijas de los filisteos que se regocijarían si la noticia llegara a Gat. Al otro, las hijas de Israel llamadas a llorar. El poema pasa de la pérdida nacional al dolor personal y termina en Jonatán, hermano mío. David ordenó que Judá, la tribu que más ganaba con la muerte de Saúl, fuera la primera en aprender este canto.
Tres verdades bíblicas
1. El reino que Dios da no se toma con las manos ni se recibe de manos ajenas
El amalecita hizo un cálculo. Pensó que David se alegraría y que la corona ensangrentada le valdría una recompensa. Se equivocó de rey. Este es el mismo David que por años se negó a extender la mano contra el ungido del Señor, y ahora que el trono le llega en bandeja tampoco lo acepta así. Y ojo con la ironía. Si el joven no mató a Saúl y solo lo dijo para cobrar, la verdad le habría salvado la vida. La mentira le costó la vida y la recompensa. Lo que Dios levanta no necesita que tú empujes a nadie al abismo. David prefirió llegar limpio al trono antes que llegar rápido.
2. Es correcto hacer duelo, incluso por quien te vio como enemigo
Saúl persiguió a David durante años, lo sacó de su casa y lo hizo vivir en cuevas. Cualquiera esperaría que la noticia de Gilboa fuera un alivio. En cambio, David rasga sus vestidos y ayuna hasta el anochecer. Y es que Saúl fue para David un padre antes de ser su perseguidor, el que lo sentó a su mesa y lo escuchó tocar el arpa. El duelo de David es por lo que perdió y por lo que ya nunca se va a poder restaurar entre los dos. Por eso su primera preocupación es que no lo anuncien en Gat. Le duele que los enemigos del pueblo de Dios tengan motivo para celebrar. ¿Qué sientes cuando cae la persona que te hirió o te hizo daño? Ese alivio callado revela más de tu corazón que lo que declaras en público. Guarda tu corazón del odio o la venganza emocional que es esa que se regocija en el mal de otros. Piensa en Jesús, en su momento de mayor dolor no pudo hacer otra cosa que orar e interceder por sus enemigos y ese es nuestro llamado también.
3. Nombrar la pérdida delante de Dios también es fe
Hay algo extraño en este canto. Entre todos los poemas de David, este no menciona a Dios ni una sola vez. Es un lamento puro, sin un «pero el Señor» al final. Y el autor sagrado lo incluyó en la Escritura tal cual. Eso me dice que Dios no exige que arregles tu dolor antes de expresarlo. Los salmos están llenos de lamentos que tardan en llegar a la esperanza, y hay un consuelo legítimo en decir en voz alta lo que se perdió. Delante De Dios no tenemos nada que esconder, podemos hablar de nuestro dolor sin temor.
Señor, te damos gracias porque levantaste a David sin que él tuviera que manchar sus manos, y porque nos enseñas hoy que tu reino no se toma por la fuerza. Perdónanos por las veces que nos hemos alegrado en silencio de la caída de otro. Enséñanos a llorar por tu pueblo completo, incluso por los que nos han herido. Gracias porque recibes nuestro lamento aun cuando no encontramos palabras para la esperanza, y porque tú guardas los pactos que nosotros olvidamos. En el nombre de Cristo, amén.
