El rey rechazado sale llorando

«Pero si dice: “No me complazco en ti”, aquí estoy, que haga conmigo lo que bien le parezca» (2 Samuel 15:26, NBLA).

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La reconciliación a medias de ayer da hoy su fruto completo. El hijo que volvió a la ciudad sin volver al padre lleva cuatro años trabajando en silencio, y esta mañana el reino amanece partido. Este es uno de los capítulos más tristes de toda la Escritura, el ungido de Dios saliendo de su propia ciudad descalzo y llorando, expulsado por su propio hijo. Y es también, sin que David lo supiera, uno de los capítulos más proféticos, porque este camino de lágrimas monte arriba lo va a volver a caminar Alguien más.

Entendiendo el pasaje

El capítulo tiene dos movimientos en contraste, el robo y la salida. El robo tomó cuatro años. Absalón madrugaba a la puerta de la ciudad con carro, caballos y cincuenta hombres corriendo delante, interceptaba a los que venían al rey buscando justicia, se identificaba con cada queja, deslizaba la misma frase venenosa («no hay quien te oiga de parte del rey») y besaba las manos que intentaban postrarse. Así se robó el corazón de los hombres de Israel, y la conspiración estalló donde más duele, en Hebrón, la ciudad donde ungieron a David. El segundo movimiento es la salida. David decide no convertir a Jerusalén en campo de batalla y sale con los suyos, descalzo, con la cabeza cubierta, cruzando el torrente Cedrón mientras el pueblo llora a gritos. En el camino le llega la puñalada fina, Ahitofel, su consejero de más confianza, está con Absalón. Y en ese camino el rey castigado toma tres decisiones que lo retratan, devuelve el arca a la ciudad, recibe la lealtad del extranjero Itai, que le jura seguirlo para muerte o para vida, y ora una sola frase, que el Señor frustre el consejo de Ahitofel. La respuesta a esa oración lo espera en la cumbre del monte, se llama Husai, y mañana la vemos trabajar.

Tres verdades bíblicas

1. El que te adula en la puerta te quiere quitar algo

Absalón no discutió con su padre ni presentó cargos. Sedujo. Cuatro años dándole la razón a todo el que llegaba, prometiendo una justicia que jamás ejerció, sembrando la misma duda contra el rey en cada oído. Así se roba un corazón, y así operan todavía los aduladores, en el trabajo igual que en la iglesia. Aprende a leer el patrón. Desconfía del que siempre te da la razón, porque la verdad rara vez está toda de tu lado. Y desconfía todavía más del que te siembra la duda contra la autoridad que Dios puso sobre ti, porque el que te repite que nadie te escucha casi siempre se está postulando él. El corazón robado de Israel les costó una guerra. Cuida a quién le entregas el tuyo.

2. Dios no se deja cargar como amuleto

Los sacerdotes sacaron el arca para llevarla con el rey, y David la devolvió. Aprendió la lección de Uza y la lección del capítulo 7, a Dios no se le transporta para garantizar resultados, y su presencia no es propiedad de nadie, ni siquiera del ungido. Entonces pronuncia la rendición más madura de su vida. Si hallo gracia, volveré. Y si no, aquí estoy, que haga conmigo lo que bien le parezca. Es el mismo espíritu que Joab tuvo en la guerra contra Amón, ahora en la boca del rey bajo disciplina. Mira tu propia oración en la crisis. La fe inmadura usa a Dios para asegurar el desenlace que quiere, y se nota porque solo sabe pedir que todo vuelva a ser como antes. La fe madura se entrega al desenlace que Dios quiera, y se nota porque puede decir «aquí estoy» sin saber cómo termina la historia.

3. El Rey rechazado que cruzó el Cedrón llorando

Ahora mira la escena completa desde más arriba. Mil años después de David, otro Rey, su Hijo mayor, cruzó el mismo torrente Cedrón de noche, subió al Monte de los Olivos a llorar y orar, y fue traicionado por el amigo que comía de su pan, tal como lo cantaba el Salmo 41 pensando en Ahitofel. David no es un tipo de Cristo en cada detalle, pero esta escena evoca al Varón de dolores con una nitidez que no hay que forzar. Y la diferencia entre los dos es todo el evangelio. David salía llorando por sus propios pecados, la cosecha de su terrado. Jesús salió llorando por los nuestros, sin un solo pecado propio que pagar. Donde David dijo «que haga conmigo lo que bien le parezca», Jesús oró «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42, NBLA). Y por esa obediencia, el Rey rechazado volvió a su ciudad para siempre, y volverá. Si hoy caminas tu propio monte de lágrimas, no lo caminas solo. Lo camina contigo uno que ya lo subió primero.

Reflexión y oración

Hay un Rey que salió llorando por pecados que no eran suyos, para que tú pudieras volver.

Señor, guárdanos de los aduladores y de convertirnos en uno de ellos. Danos la rendición de David, el «aquí estoy» que no exige conocer el final. Y gracias, Señor Jesús, porque cruzaste el Cedrón cargando lo nuestro, lloraste en el monte donde nosotros debíamos llorar, y por tu obediencia el camino de vuelta está abierto. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

2 Samuel 15, 2 Corintios 8, Ezequiel 22, Salmos 69

Pastor Jacobis Aldana, Iglesia Bíblica Soberana Gracia.

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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