Es más fácil hablar de justicia que practicarla. Todos estamos a favor de la justicia en abstracto. El problema llega cuando la justicia le cuesta algo al que debe aplicarla — cuando el favorecido es alguien que no nos cae bien, o cuando la mayoría presiona en la dirección equivocada. Ahí es donde se ve de qué está hecho realmente el corazón.
Entendiendo el pasaje
Después de las leyes sobre propiedad, Dios vuelve a un tema que ha aparecido repetidamente en estos capítulos: el trato entre personas. Éxodo 23:1-13 tiene tres movimientos. El primero regula la justicia en los pleitos — no dar falso testimonio, no seguir a la mayoría para torcer el derecho, no favorecer al poderoso ni tampoco al pobre por lástima. El segundo extiende esa justicia incluso al enemigo. El tercero conecta el descanso semanal y el año sabático con el cuidado de los más vulnerables.
Lo que une los tres movimientos es una misma convicción: el carácter de Dios se refleja en cómo su pueblo trata a los demás, especialmente a los que no tienen con qué defenderse.
Tres verdades bíblicas
1. La justicia no distingue
Las primeras leyes del capítulo son incómodas porque van en todas direcciones. No darás falso testimonio. No seguirás a la multitud para hacer el mal. No te inclinarás ante el poderoso para torcer el juicio. Pero tampoco pervertirás el derecho del pobre por compasión mal aplicada.
Ese último punto es el más sorprendente. Podríamos pensar que favorecer al pobre siempre es lo correcto. Dios dice que no — que la justicia no puede depender de la simpatía que despierte alguna de las partes. Cuando la compasión reemplaza a la verdad en un tribunal, deja de ser compasión y se convierte en otra forma de injusticia.
El principio es simple y exigente: la justicia debe seguir a la verdad, no a las presiones ni a los afectos.
2. Incluso el enemigo merece trato justo
Los versículos 4 y 5 son de los más contraculturales del libro. Si el buey de tu enemigo se ha extraviado, devuélvelo. Si el asno de quien te aborrece ha caído bajo su carga, ayúdalo a levantarlo. No como opción — como mandato.
Dios no está pidiendo que finjas que no hay conflicto. Está pidiendo que el conflicto no te autorice a tratar mal a otro ser humano. Hay algo en el otro que trasciende lo que siente hacia ti o lo que tú sientes hacia él, y eso debe ser respetado.
Siglos después, Jesús elevaría este principio al nivel más alto posible: amad a vuestros enemigos. Y la razón que da es reveladora — porque así hace el Padre, que hace salir su sol sobre buenos y malos. El trato justo al enemigo no es ingenuidad. Es imitar a Dios, que nos amó cuando éramos sus enemigos.
3. El descanso también es amor al prójimo
El año sabático — dejar descansar la tierra el séptimo año — tenía una dimensión que va más allá de lo ceremonial. Lo que creciera ese año sin cultivar no era para el dueño: era para los pobres, para los que no tenían tierra propia. El descanso de uno se convertía en provisión del otro.
Hay aquí una idea que vale la pena sostener: la adoración y la compasión no son compartimentos separados. Una misma ley servía para honrar al Señor y para cuidar al necesitado. Dar a Dios el primero y lo mejor — tiempo, recursos, fuerzas — no termina en Dios. Termina derramándose sobre los que están alrededor.
La pregunta práctica es directa: ¿a quién beneficia mi obediencia? Si la respuesta es solo yo, algo falla.
Reflexión y oración
Justicia con el que pleitea, bien con el que me aborrece, generosidad con el que no tiene. Ninguna de estas cosas viene naturalmente. Todas van contra la corriente del corazón humano que tiende a protegerse, a favorecer a los suyos y a guardarse lo propio. Por eso estas leyes no son solo normas de convivencia — son una descripción del carácter de Dios que su pueblo debe reflejar.
Señor, haznos justos cuando nos cuesta serlo, generosos con quienes no lo merecen según nuestro criterio, y compasivos con los que no tienen voz. Que nuestro trato al prójimo diga algo verdadero sobre quién eres tú. Amén.
