Si hemos seguido esta historia como una pelea de boxeo, diríamos que han pasado nueve rounds. Dios ha mostrado su poder sobre el agua, la tierra, los animales, los cuerpos y el cielo. Ha ridiculizado a Ra, ha dejado en evidencia que los dioses egipcios no pueden proteger nada, y ha hecho distinción entre su pueblo y Egipto. Pero Faraón sigue de pie, endurecido, convencido de que puede resistir. Ahora viene el último round. Un solo golpe. Y este va directamente contra el dios principal de Egipto: Faraón mismo y su descendencia.
Entendiendo el pasaje
Lo primero que debemos notar es que esto no es una plaga más. Cuando revisamos la palabra que se usa en la traducción griega del Antiguo Testamento, no es la misma que se usó para las plagas anteriores. Es la palabra para «golpe» o «herida». Y tiene sentido, porque esto no se parece en nada a lo que hemos visto. No es una transformación del agua ni una invasión de insectos. Es el cumplimiento de una advertencia que Dios había hecho desde el capítulo 4, cuando le dijo a Moisés: «Deja ir a mi hijo para que me sirva, pero te has negado a dejarlo ir. Yo mataré a tu hijo, a tu primogénito». Faraón retuvo al hijo de Dios, ahora Dios tomaría al hijo de Faraón. Es justicia retributiva. Lo que Dios anuncia, lo cumple.
Y mira cómo describe el Señor lo que va a hacer. Él dice: «Yo saldré por en medio de Egipto». La misma expresión que se usa en Génesis 41 cuando José, después de ser nombrado segundo al mando, «salió y recorrió toda la tierra de Egipto» para consolidar su gobierno. Ahora es el Señor mismo quien recorre Egipto, pero no como un funcionario. Como Soberano y como Juez. Esta tierra nunca le perteneció a Faraón. Le pertenece al Señor.
El golpe iría contra todo primogénito. En la cultura egipcia, los primogénitos eran los herederos por derecho divino. Se suponía que los dioses no morían y menos los hijos de los dioses. Pero el Dios vivo y verdadero estaba a punto de dejar a Faraón sin nadie a quien heredar. Las plagas anteriores ridiculizaron a los dioses falsos de Egipto. Esta va contra el dios principal: la pretensión de divinidad de Faraón mismo.
Tres verdades bíblicas
- Todo lo que Dios anuncia se cumple — Puede ser que lleguemos a dar por sentado que las promesas de Dios se cumplen, sin detallar que él ha anticipado cada cosa sobre su pueblo y que ninguna ha quedado por tierra. Lo que dijo a Abraham sobre la esclavitud y la liberación, se cumplió. Lo que dijo a Moisés sobre el endurecimiento de Faraón, se cumplió. Lo que advirtió en el capítulo 4 sobre el primogénito, ahora se cumple. Eso nos da razones más que suficientes para confiar en un Dios cuya Palabra no regresa vacía. Lo que él ha prometido sobre tu vida, sobre su iglesia, sobre el futuro, se cumplirá.
- Dios recorre la tierra como Soberano y como Juez — Faraón creía que Egipto era suyo y que sus dioses lo respaldaban. Pero el Señor recorre esa tierra como quien es dueño de todo. Y su recorrido trae juicio. Todo primogénito moriría, desde el hijo de Faraón hasta el hijo de la sierva. Antes de que pensemos en esto como un acto de crueldad, pensemos en ello como un acto de justicia, porque la paga del pecado es la muerte. Un día el Señor recorrerá toda la tierra como Juez, y entonces será tarde para quienes no hayan encontrado refugio en él. Qué horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, pero qué tremenda esperanza encontramos en ese mismo Dios.
- Dios hace distinción entre los suyos y los que no lo son — En medio de tanto juicio hay una frase que brilla: «Contra ninguno de los israelitas, ni siquiera un perro ladrará». Mientras Egipto sería devastado, Israel estaría en paz. Pero no porque lo merecieran. Lo veremos con más detalle mañana, pero adelantemos algo: la razón por la que los israelitas no morirían no era su bondad ni su mérito. Se requería la sangre de un inocente para salvar la vida del culpable. Un cordero debía morir para que el primogénito viviera. Y esto no es más que un glorioso anticipo de lo que Dios haría siglos después, cuando él mismo proveyó a su Hijo como el Cordero que derramó su sangre para que no fuéramos contados entre los llevados a juicio.
Reflexión y oración
El anuncio está hecho. El último golpe está por caer. Pero antes de que caiga, Dios va a dar instrucciones a su pueblo sobre cómo prepararse. Lo que viene mañana es una de las noches más importantes de toda la Biblia, la noche en que la sangre de un cordero marcará la diferencia entre la vida y la muerte. Quédate atento, porque lo que Dios está a punto de hacer cambiará para siempre la historia de su pueblo.
Señor, gracias porque todo lo que dices se cumple. Gracias porque eres Soberano sobre toda la tierra y porque en medio de tu juicio justo hay misericordia para los tuyos. Abre nuestros ojos para ver que solo en ti hay refugio. Que no seamos como Faraón, endurecidos ante tu poder, sino que corramos a ti mientras hay tiempo. En el nombre de Jesús, amén.

