Escrito claro, para que respondas

«Escribirás muy claramente sobre las piedras todas las palabras de esta ley» (Deuteronomio 27:8, NBLA)

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Ayer cerramos el segundo sermón de Moisés, el bloque «Escucha», con el canasto de primicias y la doble declaración del pacto. Hoy se abre el tercero y último, «Escoge», que va desde aquí hasta la muerte de Moisés en el monte Nebo. El giro es claro. «Escucha» fue Dios diciéndole a su pueblo todo lo que el pacto pide. «Escoge» es el momento en que el pueblo tiene que responder. Una palabra que se escucha y nunca se contesta queda en el aire. Moisés sabe que no cruzará el Jordán, así que antes de despedirse pone a Israel frente a la decisión más seria de su vida.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 27 describe una ceremonia que Israel debía celebrar al entrar a la tierra, entre dos montes vecinos, el Ebal y el Gerizim. El pueblo levanta piedras grandes, las revoca con cal y escribe sobre ellas «todas las palabras de esta ley» (v. 8), para que la voluntad de Dios quede a la vista de todos. Construye un altar y ofrece sacrificios, holocaustos que se entregan enteros a Dios y ofrendas de paz que se comparten con el sacerdote y el necesitado. Y al final los levitas proclaman una lista de doce maldiciones sobre quien quebrante el pacto en secreto, mientras todo el pueblo responde en voz alta «Amén» (vv. 15-26).

Luego el capítulo 28 abre las dos listas que definen el bloque entero. Si Israel obedece, vendrán sobre él las bendiciones, en la ciudad y en el campo, al entrar y al salir (vv. 1-14). Si abandona al Señor, vendrán las maldiciones, descritas con las mismas imágenes pero al revés (vv. 15-19). Un comentarista observa algo que conviene oír desde ya: estas advertencias son la voz misericordiosa de un Dios que dice «no dejéis que esto os pase». No nacen de la venganza. Nacen del amor de Quien advierte porque no quiere que su pueblo sufra. Mañana entraremos en el grueso de esa lista. Hoy nos quedamos en el umbral.

Tres verdades bíblicas

1. Dios escribió su palabra clara para que nadie quede sin saber

Mira el detalle del mandato. La ley no se guarda en un cofre ni se confía a la memoria de unos pocos sacerdotes. Se escribe sobre piedra, a la intemperie, y se ordena que se escriba «muy claramente» (v. 8). Dios no escondió su voluntad en un acertijo para iniciados. La puso donde el sabio y el iletrado, el sacerdote y el campesino pudieran leerla por igual. Y la escribió sobre piedra porque Moisés iba a morir, pero su palabra no. El predicador es frágil, la palabra permanece. Tú que me escuchas hoy tienes esa misma palabra abierta sobre tu mesa, más accesible de lo que ningún israelita soñó. El día que estés delante de Dios no podrás alegar que la letra era confusa o que nunca te llegó. La pregunta nunca fue si podías entenderla. Fue si la ibas a obedecer.

2. Antes de escoger, Dios manda construir un altar

Fíjate en el orden de la ceremonia, porque dice más de lo que parece. Entre la ley escrita en piedra y el «Amén» del pueblo, Dios manda levantar un altar y derramar sacrificios (vv. 5-7). El pueblo no llega a la decisión apoyado en su propia fuerza de voluntad. Llega adorando, sobre sangre derramada. Y el altar reúne dos cosas que Dios nunca quiso separar. El holocausto se entregaba entero a Él, porque es lo primero y merece lo mejor. La ofrenda de paz se compartía con el sacerdote y con el pobre, porque la gratitud que sube a Dios baja también hasta el hermano. Hermano que me escuchas, escoger a Dios no nace de que aprietes los dientes y te esfuerces más. Nace de un altar, de reconocer que sin un sacrificio que te cubra no tienes con qué presentarte. La obediencia es la respuesta de quien ya fue recibido, no el precio para que lo reciban.

3. La bendición y la maldición se encontraron en una cruz

Aquí está el corazón del bloque que hoy empieza. El pueblo dice «Amén» a las maldiciones, aceptando que quebrantar el pacto trae condena, y el capítulo 28 pone las dos sendas frente a frente, bendición por obedecer y maldición por abandonar. El problema es que la historia de Israel demostró cuál de las dos se ganó. Nadie guardó el pacto entero. Y aquí entra Aquel de quien ya hablamos al pie del madero. Pablo lo dice sin rodeos, «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros» (Gálatas 3:13, NBLA), porque está escrito que maldito es todo el que cuelga de un madero. En la cruz, Cristo dijo su propio «Amén» a la maldición que nosotros habíamos firmado, para que la bendición prometida a Abraham llegara hasta ti. Tú escoges hoy parado del lado de la bendición. No porque la merezcas. Porque Otro se paró en el monte de la maldición en tu lugar.

Reflexión y oración

La decisión más seria de tu vida ya tuvo quien respondiera bien por ti, y eso es lo que te da fuerzas para responder.

Padre, gracias porque escribiste tu palabra clara, para que no anduviéramos a tientas adivinando tu voluntad. Gracias porque antes de pedirnos una respuesta nos diste un altar, y porque ese altar apuntaba a la cruz de tu Hijo. Reconocemos que no guardamos el pacto, que la maldición era nuestra por derecho. Y te bendecimos porque Cristo la cargó entera, para que hoy podamos escoger la vida desde el lado de la bendición. Haznos un pueblo que responde «Amén» con la boca y con la vida. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 27:1-28:19, Salmos 119:1-24, Isaías 54, Mateo 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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