Escucha, Israel: un solo Dios, todo el corazón

«Escucha, oh Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:4-5, NBLA)

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Si le pides a alguien que cite un pasaje de Deuteronomio, casi seguro dirá el Shemá. Aquí está la base de todo lo que Dios espera de su pueblo, la confesión que Israel rezó por generaciones y que el mismo Señor Jesús recogió como el mandamiento más grande. Entrar al capítulo 6 es entrar al corazón del libro.

Entendiendo el pasaje

La palabra con que abre el pasaje, shemá, significa escuchar, pero no un oír de pasada, sino un oír que se rinde y obedece. Lo primero es la confesión, el Señor uno es. Un solo Dios, sin rivales, sin competencia, en medio de naciones que tenían un dios para cada cosa. Y de esa confesión sale la conclusión natural. Si Él es el único, entonces le pertenece todo el ser, el corazón, el alma y las fuerzas, no una parte reservada los domingos. Estas palabras debían grabarse en casa, enseñarse a los hijos al levantarse y al acostarse, hablarse a toda hora. Y enseguida viene una advertencia que conviene escuchar bien. Cuando lleguen a la tierra, dice Moisés, y vivan en casas que no construyeron y coman de viñas que no plantaron, tengan cuidado, no se vayan a olvidar del Señor que los sacó de Egipto. El peligro no sería el hambre. Sería la abundancia.

Tres verdades bíblicas

1. Escuchar a Dios es obedecerle, no solo oírlo.

Shemá no es prestar oído un rato y seguir con lo tuyo. En la Biblia, escuchar y obedecer son casi la misma palabra. El que oye de verdad, responde. Tú que me escuchas hoy, hay mucha gente que oye la Palabra cada domingo, asiente con la cabeza, hasta se emociona, y el lunes vive como si nunca hubiera oído nada. Eso no es escuchar en el sentido que Dios le da. Escuchar a Dios deja huella en cómo vives, o no fue escuchar.

2. Un solo Dios reclama todo el corazón, no un pedazo.

Fíjate cómo la confesión lleva directo al mandamiento. Porque el Señor es uno, lo amarás con todo. Un Dios único no acepta un amor repartido. Y el rival de Dios casi nunca es el ateísmo, hermano. Es el corazón dividido, ese que le da a Dios un rincón y reparte el resto entre el dinero, el trabajo, una relación, la imagen propia. Dios no pide el primer lugar entre muchos, pide el único lugar. Pregúntate hoy con honestidad qué le está disputando a Dios el centro de tu corazón.

3. El mayor peligro no es el desierto, es la abundancia.

Mira el aviso de Moisés. El riesgo de olvidar a Dios no llega cuando falta el pan, llega cuando sobra. En el desierto, con las manos vacías, Israel clamaba a diario. Pero Moisés sabía que la casa llena y la mesa servida adormecen el alma más rápido que el hambre. Cuando todo nos va bien empezamos a creer que fue obra nuestra, y el Dios que nos llenó las manos se vuelve un recuerdo lejano. Tú que hoy tienes salud, trabajo y comida, ahí está tu prueba más difícil, no en la escasez sino en la hartura que te hace sentir que ya no necesitas a nadie.

Reflexión y oración

Escuchar de verdad a Dios es amarlo con todo, y ese amor completo que nosotros damos a medias, Cristo lo dio entero en nuestro lugar.

Padre, Tú eres el único Dios, y no hay otro a tu lado. Perdónanos el corazón repartido, el amor a medias que tantas veces te ofrecemos. Líbranos del olvido que llega con la abundancia, y enséñanos a recordarte tanto en la mesa llena como en el desierto. Gracias por Cristo, el único que te amó con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas, y que por su obra hace aceptable nuestro amor incompleto. Danos oídos que escuchen y obedezcan. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 6, Salmos 89, Isaías 34, Apocalipsis 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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