Las excusas del llamado
Soy padre de dos hijos en etapa de crecimiento y una de las cosas que enfrento muy a menudo es el hecho de que me desafíen a argumentar cada instrucción que les doy: «¿Y por qué tengo que ir yo? ¿Por qué no mandas a mi hermano? ¿Tiene que ser ahora?». Confieso que no siempre soy tan paciente como para responder con largas explicaciones ante lo que me parecen más excusas que verdaderos interrogantes. Pues bien, hoy nos asomamos a una escena similar en la cima de una montaña: un hijo de 80 años, testarudo e incrédulo, poniendo objeciones, y un Padre que es el Dios eterno, que no tiene que dar explicaciones a nadie, pero que está allí, respondiendo amorosa y pacientemente.
Entendiendo el pasaje
Ayer vimos cómo Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente y cómo la santidad del Señor hizo que Moisés temblara y cubriera su rostro. Dios le dio una orden clara: «Ven, te enviaré a Faraón para que saques a mi pueblo de Egipto». Uno esperaría que después de semejante encuentro, Moisés saliera corriendo a obedecer. Pero lo que sigue es una cadena de objeciones que nos resulta desesperante y al mismo tiempo muy familiar. «¿Quién soy yo?», «¿quién me envía?», «¿cómo puedo probarlo?», «no soy elocuente», «envía a otro». Cinco excusas, una tras otra.
Ahora bien, hay una línea muy delgada entre un sentido legítimo de insuficiencia y la incredulidad disfrazada de humildad. Y Moisés la cruzó. Pero lo que llama la atención es la respuesta de Dios. Él no se desespera. A cada objeción responde con paciencia: a la insuficiencia le responde con su presencia, a la duda sobre su identidad le revela su nombre eterno, y a la pregunta sobre cómo probarlo le da tres señales concretas.
Tres verdades bíblicas
- Dios responde nuestras excusas con su presencia — Moisés preguntó «¿quién soy yo?» y Dios no le dijo «tú sí puedes» ni «no digas eso, eres un gran líder». La respuesta fue otra: «Yo estaré contigo». La suficiencia no está en el instrumento sino en quien lo envía. Y ojo que esto es importante para nosotros, porque a veces estamos esperando dones y habilidades extraordinarias para servir al Señor. Dios le preguntó a Moisés: «¿Qué tienes en la mano?». Una vara de pastor. Nada impresionante. Pero eso fue suficiente. La pregunta sigue vigente para ti y para mí: ¿qué tienes en la mano? Bueno, eso le basta a Dios.
- Las señales de Dios apuntan a su poder sobre todo lo que el mundo adora — Dios le dio a Moisés tres señales, y ninguna era un truco espectacular. Cada una era un mensaje directo contra Egipto. La vara convertida en serpiente desafiaba la cobra sagrada que adornaba la corona de Faraón, el símbolo de su poder. La mano leprosa y sanada mostraba que las enfermedades que Egipto consideraba incurables estaban bajo el dominio del Señor. Y el agua del Nilo convertida en sangre atacaba lo que los egipcios adoraban como fuente de vida y fertilidad. Dos reinos se iban a enfrentar, el de Dios y el de Faraón, y el de Dios iba a prevalecer por medio de la debilidad de un libertador impensado. Pero estas señales también le hablaban a Moisés: Dios podía usar lo que él tenía en la mano, podía hacer puro lo impuro, y el mismo río que debía haberlo ahogado de niño ahora sería instrumento de juicio en sus manos.
- La mayor señal ya fue dada — Muchas personas usan textos como este para pedir señales a Dios, para buscar confirmaciones sobrenaturales antes de obedecer. Pero cuando los fariseos pidieron una señal a Jesús, él respondió: «Señal no les será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches» (Mt 12:39-40). La muerte y resurrección de Cristo es la señal definitiva del poder y la misericordia de Dios. No necesitamos buscar zarzas ardientes ni voces extraordinarias. Dios ya ha hablado por medio del Hijo, y tenemos en su Palabra la palabra profética más segura. Eso debe motivarnos a conocer más lo que Dios ya ha revelado para que podamos obedecer mejor.
Reflexión y oración
Si hay algo que este pasaje deja claro es la tremenda paciencia del Señor. A pesar de nuestra testarudez, él sigue siendo fiel. Conoce nuestras debilidades, se acuerda de que somos polvo y nos ayuda en medio de ellas. Somos objetores empedernidos porque olvidamos la realidad de sus promesas. Pero él no nos suelta. Qué bendita esperanza.
Señor, gracias por tu paciencia con nosotros. Perdónanos por las veces que disfrazamos nuestra incredulidad de humildad y ponemos excusas para no obedecerte. Ayúdanos a confiar en que tú eres suficiente, que no necesitamos más capacidad sino más dependencia de ti. Gracias porque en Cristo ya nos has dado la señal más grande de tu amor. En su nombre, amén.

