Fuego volvió a ser del cielo

«Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron sus respectivos incensarios, y después de poner fuego en ellos y echar incienso sobre él, ofrecieron delante del Señor fuego extraño, que Él no les había ordenado.» (Levítico 10:1, NBLA)

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Ayer cerramos con una escena gloriosa. Fuego cayó del cielo, consumió la ofrenda sobre el altar y el pueblo se postró en adoración. Fue el momento más alto del sacerdocio recién inaugurado. Hoy abrimos Levítico 10 y lo que encontramos es escalofriante. Otra vez cae fuego de la presencia del Señor. Pero esta vez no consume una ofrenda. Consume a dos sacerdotes. El mismo Dios, el mismo fuego, pero dos desenlaces completamente distintos.

Entendiendo el pasaje

Nadab y Abiú eran hijos de Aarón. Habían sido consagrados junto con su padre en Levítico 8. Habían presenciado el fuego del cielo en Levítico 9. Conocían las instrucciones. Sabían cómo funcionaba el sistema que Dios había establecido. Y aun así, tomaron sus incensarios, pusieron fuego en ellos y ofrecieron delante del Señor lo que el texto llama «fuego extraño, que él no les había ordenado». La respuesta de Dios fue inmediata. Salió fuego de su presencia y los consumió, y murieron delante del Señor.

Entonces Moisés le dijo a Aarón algo que necesitamos escuchar con atención. «Esto es lo que el Señor habló, diciendo: “Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y ante todo el pueblo seré honrado”». Y después viene una de las frases más conmovedoras de todo el Antiguo Testamento. «Aarón guardó silencio.»

Tres verdades bíblicas

  1. El fuego que ayer aceptó la ofrenda, hoy consumió al oferente — El contraste entre Levítico 9 y 10 es por lo menos impactante. Apenas un capítulo antes, el fuego de Dios había descendido como señal de aceptación. El pueblo celebró. Todo parecía marchar bien. Y de pronto, ese mismo fuego destruye a dos de los sacerdotes recién consagrados. Eso nos obliga a tomar en serio algo que nuestra cultura tiende a suavizar, y es que la santidad de Dios tiene un peso que no se puede ignorar. El mismo Dios que recibe con gozo al que se acerca como él indica, rechaza con severidad al que se acerca como se le antoja. No son dos dioses distintos. Es el mismo Dios, con el mismo carácter, actuando con la misma coherencia. La gracia de Dios es inmensa, pero su santidad no se negocia. Y Levítico 10 nos lo recuerda con una claridad que incomoda.
  2. «Que él no les había ordenado» es la raíz de todo el problema — Fíjate en lo que el texto dice que ofrecieron fuego extraño «que él no les había ordenado». El problema fue la fuente de autoridad. Ellos decidieron por su cuenta cómo acercarse a Dios. Inventaron su propia manera de adorar. Y eso fue suficiente para provocar el juicio. Hay una lección aquí que va más allá de los incensarios y el incienso. Dios no nos deja la libertad de inventar cómo nos acercamos a él. Él ha establecido el camino, y ese camino es Cristo. No hay atajos, no hay rutas alternativas, no hay innovaciones que podamos agregar al plan que Dios ya trazó. La adoración que Dios acepta es la que se ofrece en sus términos, no en los nuestros.
  3. El silencio de Aarón dice más que cualquier palabra — Después de que Moisés le explica el significado de lo que acaba de suceder, el texto dice simplemente «Aarón guardó silencio». Acababa de perder a dos de sus hijos y se quedó en silencio. Hay momentos donde la santidad de Dios nos confronta de una manera tan directa que las palabras no alcanzan. Aarón entendió que Dios tenía razón, aunque le doliera hasta los huesos. Entendió que sus hijos habían cruzado una línea que Dios había trazado con claridad. Y en ese silencio hay algo que nos enseña sobre la madurez espiritual. A veces la respuesta más honesta ante la disciplina de Dios no es protestar ni justificarnos. Es callar y reconocer que él es santo y que nosotros no siempre entendemos el peso de lo que hacemos ante su presencia.

Reflexión y oración

Levítico 10 es un capítulo que nos sacude. Después de la gloria del capítulo 9, nos recuerda que acercarse a Dios es un privilegio serio. Dios no es un concepto con el que podemos jugar ni una fuerza que podemos manipular. Es el Dios vivo, santo, que ha provisto un camino de acceso y que espera que lo usemos con reverencia. La buena noticia es que en Cristo ese camino está abierto de par en par. Pero la advertencia de Nadab y Abiú sigue vigente. No nos acerquemos a Dios con ligereza, como si diera igual cómo lo hacemos.

Padre, perdónanos por las veces que hemos tratado tu presencia con ligereza. Perdónanos cuando hemos inventado nuestras propias formas de acercarnos a ti en lugar de seguir el camino que tú estableciste. Gracias porque en Cristo tenemos un acceso seguro y verdadero. Danos temor santo, no miedo, sino reverencia ante quien eres. Amén.

Lecturas del plan

Levítico 10, Salmos 11-12, Proverbios 25, 1 Tesalonicenses 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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