Hogar, dulce hogar

«Pondrás el altar delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el arca del testimonio, donde Yo me encontraré contigo.» (Éxodo 30:6, NBLA)

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A mediados del siglo XIX, John Howard Payne escribió un poema que terminaría convertido en una de las frases más repetidas de la cultura occidental, «hogar, dulce hogar». El poema habla de un exiliado que, sin importar cuánto esplendor vea en otros lugares, anhela volver a su humilde cabaña. Hay algo en esa imagen que conecta con lo que venimos viendo en Éxodo. Dios ha sacado a su pueblo de la esclavitud, lo ha formado en el desierto, ha diseñado un lugar para habitar con ellos, les ha mostrado el camino para acercarse y los ha vestido para entrar. Y ahora, en el capítulo 30, por fin entramos al interior del tabernáculo para ver cómo es la vida de los que permanecen en la presencia de Dios.

Entendiendo el pasaje

Éxodo 30 describe cuatro elementos que completaban el servicio dentro del tabernáculo. El primero es un altar pequeño, recubierto de oro, destinado exclusivamente a quemar incienso. Estaba ubicado justo antes del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. El segundo es una ofrenda de rescate que cada israelita debía dar al ser censado, la misma cantidad para ricos y para pobres. El tercero es una fuente de bronce donde los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies antes de entrar a servir, bajo pena de muerte si no lo hacían. Y el cuarto es un aceite aromático preparado con especias y aceite de oliva, reservado exclusivamente para consagrar a los sacerdotes y los objetos del tabernáculo.

Estos cuatro elementos parecen misceláneos a primera vista, pero tienen un hilo común. Todos describen lo que Dios espera de quienes habitan en su presencia. No basta con llegar, hay que saber cómo permanecer.

Tres verdades bíblicas

  1. El incienso es la señal de que Dios está en casa — Cuando Israel estuvo al pie del Sinaí, lo que vieron fue un monte envuelto en humo porque el Señor había descendido en fuego. Ahora, dentro del tabernáculo, el humo del incienso comunicaba exactamente lo mismo. Dios está aquí. Isaías tuvo una visión parecida cuando vio al Señor en su trono y la casa se llenó de humo. Su reacción inmediata fue sentirse indigno, consciente de su pecado como nunca antes. Y es que estar cerca de la gloria de Dios produce eso en nosotros. No un misticismo vago ni una emoción pasajera, sino una reverencia que nace de reconocer quién es él y quiénes somos nosotros. Contemplar su gloria nos hace más conscientes de nuestra necesidad de un redentor.
  2. La ofrenda de rescate es adoración con lo que tenemos — Dios pidió que cada israelita contribuyera con la misma cantidad, unos cinco gramos de plata, sin importar su condición económica. No era un cobro por haberlos liberado. Era el reconocimiento de que ahora pertenecían a un nuevo dueño y que el sostenimiento del servicio en la tienda era responsabilidad de todos. Pablo retoma esta idea cuando le escribe a los corintios sobre la generosidad de las iglesias de Macedonia, y el argumento que usa no es la obligación sino el evangelio: «conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por amor a ustedes se hizo pobre». Nuestra generosidad nace de ahí, de haber recibido primero. Cuando se desconecta la ofrenda del evangelio, se pervierte su sentido. Pero cuando entendemos que dar es una respuesta de gratitud al Dios que se dio por nosotros, deja de ser una carga y se convierte en adoración.
  3. Habitar en la presencia de Dios requiere purificación y consagración continuas — La fuente de bronce estaba a la entrada de la tienda y los sacerdotes debían lavarse antes de servir. No era un tema de higiene sino de santidad. Y el aceite de la unción, preparado con especias y reservado exclusivamente para el servicio del tabernáculo, señalaba que los que se acercan a Dios deben ser apartados. Nadie podía replicar ese aceite ni usarlo para fines comunes. Juan escribe que la unción que recibimos de Cristo permanece en nosotros, y se refiere al Espíritu Santo que nos aparta del mundo y nos enseña a permanecer en él. La vida del creyente no es un evento de un solo día. Es un caminar diario de arrepentimiento, de lavarnos con la Palabra, de ser apartados por el Espíritu para vivir conforme a lo que Dios espera de nosotros.

Reflexión y oración

Estábamos fuera, separados de Dios. Pero hemos sido traídos de vuelta al hogar. Hemos sido vestidos, recibidos y aceptados por un Padre que salió a buscarnos. Vivir en su presencia no es algo que damos por sentado, es algo que nos lleva a adorarle con reverencia, con nuestros bienes, con vidas que buscan ser puras y consagradas. Cuando entendemos lo que significa haber sido perdonados y reconciliados con Dios, entonces sí podemos decir con todo el peso de esas palabras, hogar, dulce hogar.

Padre, gracias porque nos has traído de vuelta a tu presencia. Gracias porque en Cristo el camino quedó abierto y podemos habitar contigo. Danos un corazón reverente, generoso y dispuesto a ser purificado cada día. Que nuestra vida entera sea una expresión de adoración al Dios que nos recibió en casa. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 30, Juan 9, Proverbios 6, Gálatas 5

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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