Idolos: la mentira de los falsos dioses

«Entonces el Señor habló a Moisés: “Desciende, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido. Bien pronto se han apartado del camino que Yo les mandé. Se han hecho un becerro de fundición y lo han adorado”.» (Éxodo 32:7-8, NBLA)

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En Colombia, según cifras oficiales, por cada tres matrimonios que se celebran hay un divorcio. Y cuando uno analiza las causas, la mayoría no son graves en el sentido tradicional. Son parejas que no estaban preparadas, que no se comprendieron, que no quisieron ceder. Lo que revela ese panorama es algo más profundo que un problema legal, y es que como sociedad hemos perdido el entendimiento de lo que significa un pacto. Lo vemos como un contrato que se rompe cuando deja de convenirnos. Y esa imagen nos ayuda a entender lo que ocurre en Éxodo 32, porque lo que sucede al pie del Sinaí es precisamente eso, la ruptura de un pacto recién firmado.

Entendiendo el pasaje

Mientras Moisés estaba en la cima del monte recibiendo las instrucciones para el tabernáculo, el pueblo abajo se impacientó. Llevaban cuarenta días sin noticias de su líder y decidieron actuar. Se congregaron alrededor de Aarón con una petición que suena más a exigencia, «haznos un dios que vaya delante de nosotros». Aarón accedió, recogió los aretes de oro del pueblo, fundió un becerro y le construyó un altar. Al día siguiente ofrecieron sacrificios y celebraron una fiesta que incluía las prácticas de los cultos paganos que habían conocido en Egipto.

Lo más perturbador es que el pueblo no creía estar abandonando a Dios. En su mente, el becerro era una representación del Dios que los había sacado de Egipto. No estaban violando el primer mandamiento sino el segundo. No podían vivir con un Dios invisible, necesitaban algo tangible, algo que pudieran ver y tocar. Y en ese intento de hacer a Dios manejable, terminaron fabricando un ídolo. Todo esto sucedía mientras Dios, arriba en el monte, estaba preparando un lugar para venir a vivir con ellos.

Tres verdades bíblicas

  1. La idolatría nace cuando dejamos de esperar en Dios — El pueblo no aguantó cuarenta días. Querían seguir hacia la tierra prometida, querían reclamar las promesas, pero no estaban dispuestos a esperar los tiempos de Dios. Así que armaron su propio plan. Y eso se parece mucho a lo que nos pasa cuando la respuesta del Señor tarda más de lo que esperamos. Nos precipitamos, armamos alternativas, cruzamos líneas. El becerro de oro no siempre tiene forma de becerro. A veces tiene la forma de un trabajo que se convierte en nuestra identidad, de una relación que ponemos por encima de Dios, o de cualquier cosa que usamos como sustituto de su presencia porque no aguantamos el silencio. Pablo les advirtió a los corintios que lo que le pasó a Israel fue escrito como ejemplo para nosotros, «para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron».
  2. Dios provee un mediador que intercede por su pueblo — Cuando Dios le dice a Moisés lo que está pasando abajo, su resolución es consumir al pueblo en su ira y empezar de nuevo con Moisés. Pero Moisés se pone en medio. Y lo más notable de su oración es que no apela a los méritos del pueblo, porque no los tenía. Apela a la gloria de Dios, a su reputación entre las naciones y al pacto que hizo con Abraham, Isaac e Israel. Moisés intercede mirando a Dios, no al pueblo. Y Dios desiste de su ira. Esa escena es una sombra de algo mucho mayor. Moisés ofreció ponerse en lugar del pueblo, pero Dios no aceptó su vida como pago suficiente. Sin embargo, siglos después, Dios sí aceptó la vida de su propio Hijo. Cristo descendió de la presencia del Padre, vio nuestro pecado de frente, cargó la ira que merecíamos y resucitó para sentarse a interceder permanentemente por nosotros. Él es el mediador que Moisés solo pudo anticipar.
  3. La misericordia de Dios no elimina las consecuencias, pero preserva el pacto — Hubo castigo. Moisés bajó del monte, rompió las tablas de la ley como señal visible de que el pacto estaba roto, destruyó el becerro y lo dio a beber al pueblo como recordatorio amargo de su traición. Tres mil hombres que se mantuvieron firmes en su rebeldía murieron ese día. Las consecuencias fueron serias. Pero Dios no desechó a su pueblo para siempre. La rebelión rompió las tablas, pero no rompió al Dios que las había escrito. Y esa es la diferencia entre nuestros pactos humanos y el pacto de Dios. Nosotros rompemos y nos vamos. Dios castiga, pero permanece. Su misericordia no es debilidad ni indecisión, es la expresión de un amor que no depende de la fidelidad del otro sino de la suya propia.

Reflexión y oración

Este capítulo nos confronta con una pregunta incómoda. ¿Qué becerros hemos fabricado mientras esperamos que Dios actúe? ¿Qué cosas hemos puesto en el lugar que solo le corresponde a él? La buena noticia es que tenemos un mediador mejor que Moisés. Uno cuya intercesión sí fue aceptada, cuya vida sí fue suficiente y cuya obra nos garantiza que el pacto de Dios con nosotros no puede ser roto, porque no depende de nuestra fidelidad sino de la de Cristo.

Padre, perdónanos por las veces que nos hemos impacientado y hemos fabricado nuestros propios ídolos. Gracias porque tu misericordia es más grande que nuestra rebeldía. Gracias por Cristo, nuestro mediador, que cargó la ira que merecíamos y hoy intercede por nosotros ante tu presencia. Ayúdanos a esperarte con paciencia y a no poner nada en el lugar que solo te corresponde a ti. Amén.

Lecturas del plan

Éxodo 32, Juan 11, Proverbios 8, Efesios 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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