En el capítulo anterior Natán le dijo a David que la espada no se apartaría de su casa. Hoy la vemos entrar. Te aviso desde ya que este es un capítulo que duele leer, y el narrador quiso que doliera, porque lo que pasó en la casa del rey le sigue pasando a familias del pueblo de Dios, y callarlo nunca ha protegido a nadie. Si hay un día de esta serie para escuchar despacio, es este.
Entendiendo el pasaje
El capítulo se mueve en tres tiempos. Primero el plan. Amnón, el primogénito, desea a su media hermana Tamar, y su primo Jonadab, un hombre astuto para el mal, le diseña el acceso, fíngete enfermo y pide que ella venga a cocinarte. El hilo de los consejeros que sembramos el domingo da aquí su fruto más amargo. Después el crimen, y lo decimos con la sobriedad que el texto merece. Tamar razonó, apeló a la ley, ofreció salidas, dijo la verdad («no se hace así en Israel»), y Amnón no escuchó su voz y la forzó. En el instante siguiente, el texto registra que la aborreció con un odio mayor que su supuesto amor, y la echó a la calle. Y el tercer tiempo son las dos respuestas que faltaron. Tamar quedó desolada en casa de Absalón, con la túnica de las hijas vírgenes del rey rasgada y ceniza en la cabeza. David se enojó mucho, y no hizo nada. Absalón calló dos años, y cobró con el método exacto de su padre, un banquete, vino y una orden a los siervos. Fíjate en los ecos, Amnón repitió los verbos del terrado (vio, deseó, tomó) y Absalón repitió el procedimiento contra Urías. La casa está cosechando la siembra de su cabeza.
Tres verdades bíblicas
1. Tus hijos no aprenden de lo que predicas, aprenden de lo que te vieron hacer
David jamás les enseñó a sus hijos a tomar lo prohibido ni a eliminar estorbos con sigilo. Se los mostró. Y la lección entró por donde entran las lecciones que de verdad se aprenden, por los ojos. El pecado que tú llamas privado está entrenando a alguien que te mira de cerca, y suele regresar amplificado en la generación siguiente, sin las virtudes que en ti lo frenaban. David pecó y se arrepintió quebrado, Amnón pecó y no derramó una lágrima. Si eres padre, o si alguien más joven te tiene de referencia, esta verdad te toca. La pregunta ya no es qué les estás diciendo. Es qué te están viendo hacer cuando crees que nadie mira.
2. El deseo que se consiente no ama, consume
El versículo 15 es la radiografía. El texto dice que el odio con que Amnón la aborreció fue mayor que «el amor con que la había amado», y ahí el narrador nos obliga a corregir el vocabulario, porque eso nunca fue amor, era deseo vestido de amor. Y esa confusión no se quedó en el palacio de David. Es la cultura de nuestro tiempo, que quiere justificar toda clase de perversiones en nombre del amor. Pero el amor no es una expresión subjetiva y emocionalista de lo que te hace sentir bien. El amor no hace nada indebido, así lo define Dios, y nos cayó en el plan hace apenas cuatro días (1 Corintios 13:5). El amor es puro. El amor se sacrifica por el otro, el deseo sacrifica al otro. Si hoy te están ofreciendo «amor» en el territorio de lo que Dios prohibió, aplica la prueba de Amnón. Lo que te presiona o te usa ya te dijo lo que es. Y lo que obtiene lo que quiere y te desecha nunca te amó.
3. El silencio del que debía hacer justicia multiplica el mal
David se enojó mucho, dice el texto, y ahí se acaba su participación. El rey que juzgó con furia al rico de la parábola no juzgó al violador de su propia casa, y ese vacío de justicia lo llenó Absalón con un asesinato. Es la verdad que vimos el domingo cumpliéndose puertas adentro, la justicia aplazada le abre la puerta al siguiente pecado. Y aquí una palabra aparte, para ti que cargas una historia como la de Tamar. A ella la calló su agresor y la desatendió su padre, y quedó desolada en casa de su hermano. Dios no la calló. Su voz quedó en la Escritura para siempre, diciendo la verdad, y su nombre quedó dignificado en la página sagrada mientras el de su agresor quedó en vergüenza eterna. Si los hombres que debían protegerte guardaron silencio, ese silencio no es el veredicto de Dios sobre ti. Dios vio, Dios lo llama vileza, y el Juez de toda la tierra no se queda enojado sin hacer nada. Busca ayuda en tu iglesia, habla con tus pastores, porque el Dios que registró el dolor de Tamar no desprecia el tuyo.
Señor, este capítulo nos deja en silencio delante de ti. Ten misericordia de las Tamar que nos escuchan. Sana lo que los hombres callaron y dales la certeza de que tú viste y tú juzgas. Guárdanos de sembrar en secreto lo que no queremos cosechar en nuestros hijos. Líbranos del deseo que se disfraza de amor, y haz de nuestras casas lugares donde la justicia no se calle. En el nombre de Cristo, amén.
