Hasta ahora pareciera que Faraón es el que está jugando con Dios, que él tiene las cartas y que cada vez que quiere se retracta de su palabra. Pero este capítulo nos muestra que la realidad es exactamente al revés. Es Dios quien ha estado llevando las cosas a este punto. Y el propósito es uno que tal vez no esperábamos: burlarse de los dioses de Egipto y dejar en evidencia que lo que los egipcios consideraban poderoso, en realidad era menos que nada delante del Dios verdadero.
Entendiendo el pasaje
La palabra que Dios usa aquí es fuerte. Él le dice a Moisés que todo esto ha sido «para que cuentes a tu hijo y a tu nieto cómo me burlé de los egipcios». Nos cuesta imaginarnos a Dios burlándose, pero lo que está haciendo es dejar en ridículo a los falsos dioses, mostrar que no tienen poder alguno. Es una escena parecida a la de Elías con los profetas de Baal, cuando les decía que se sacaran sangre a ver si su dios les respondía.
Y las dos plagas de este capítulo apuntan exactamente ahí. Con las langostas, Dios ataca lo que los egipcios creían protegido por Ra, el dios sol, a quien consideraban el creador de todo y que supuestamente se había encarnado en Faraón. Los egipcios le ofrecían sacrificios en cada cosecha agradeciéndole su protección contra las langostas. Pues bien, Dios trae un viento con tantas langostas que cubrían el sol. Todo lo que quedaba de sus cosechas fue devorado. La protección de Ra resultó ser una mentira.
Y luego vienen las tinieblas. Tres días de una oscuridad tan densa que casi se podía palpar. Nadie podía ver al otro. Esto no era un eclipse, porque el sol sí alumbraba la tierra de los israelitas. Era la mano de Dios mostrando que Ra, el dios sol, el supuesto poder detrás de Faraón, no tenía absolutamente nada. La luz viene del Creador. De YHWH. Diez eventos llevamos ya, y diez veces hemos leído que el corazón de Faraón fue endurecido.
Tres verdades bíblicas
- Las señales de Dios son para ser contadas de generación en generación — Mira el propósito que Dios declara al inicio del capítulo: «para que cuentes a tu hijo y a tu nieto». Las plagas no eran solo para Faraón ni solo para los egipcios. Eran para que el pueblo de Dios las recordara y las transmitiera. La memoria es un instrumento de formación espiritual. Dios quiere que sus hijos cuenten lo que él ha hecho. Tus hijos y nietos necesitan escuchar de tu boca lo que Dios ha hecho en tu vida. No lo des por sentado. Lo que no se cuenta, se olvida, y lo que se olvida, se pierde.
- Los falsos dioses siempre quedan en evidencia — Ra no pudo proteger las cosechas. Ra no pudo dar luz. Todo lo que Egipto consideraba seguro, todo aquello en lo que habían depositado su confianza, quedó en ridículo ante el Dios verdadero. Hoy no adoramos estatuas con cabeza de halcón, pero sí depositamos nuestra confianza en cosas que prometen seguridad y no pueden cumplirla. El dinero, la posición, las relaciones, la estabilidad que creemos tener. Tarde o temprano, todo falso dios queda en evidencia. Solo el Señor permanece.
- Sin la obra de Dios en nuestro corazón, estaríamos como Faraón — Diez señales. Diez veces endurecido. Es difícil entender cómo alguien puede ver tanto poder y seguir resistiéndose. Pero la verdad es que el poder reconocer al Señor es algo que solo debemos al milagro de la regeneración. Nadie puede venir a él a menos que él lo traiga. Si no fuera porque el Señor obró en nosotros, estaríamos en la misma condición de Faraón, cegados por nuestro propio pecado. Puede ser que estés viendo esto con tus hijos, con tu esposo, tu esposa o con alguien que amas. A pesar de que les hablas del Señor, siguen en pos de sus propios caminos. No pierdas la esperanza. El mismo Dios que endurece también se compadece. Recuerda que en un tiempo tú y yo fuimos como Faraón. Sigue orando, sigue clamando: Señor, convierte ese corazón de piedra en uno de carne.
Reflexión y oración
Toda esta confrontación nos deja ver algo que debemos grabar en nuestra mente: no hay poder en este mundo que pueda hacerle frente a Dios. Todo falso dios cae. Todo reino que se levanta contra él termina en tinieblas. Pero también nos deja ver la misericordia asombrosa de que nosotros, que merecíamos la misma oscuridad, hemos recibido luz. Y esa luz tiene nombre: Jesús, la luz del mundo.
Padre, gracias porque has dejado en evidencia que no hay nadie como tú. Gracias porque nos has sacado de las tinieblas a tu luz admirable. Te pedimos por aquellos que amamos y que todavía tienen el corazón endurecido. Tú eres el único que puede abrir sus ojos. Haz tu obra en ellos, Señor. Y ayúdanos a contar a nuestros hijos y nietos lo que tú has hecho, para que tu nombre sea conocido de generación en generación. En el nombre de Jesús, amén.

