La serpiente levantada en el desierto

«Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta; y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguno, y este miraba a la serpiente de bronce, vivía» (Números 21:9, NBLA)

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Hay capítulos del Antiguo Testamento que parecen escenas sueltas hasta que el Nuevo Testamento las recoge y nos enseña lo que siempre habían sido. Números 21 es uno de esos capítulos. Una serpiente de bronce sobre un asta, en medio del desierto, mirando a un pueblo que se moría. Y casi mil quinientos años después, Jesús se sienta de noche con un maestro de Israel llamado Nicodemo y le dice estas palabras, «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre». Hoy abrimos uno de los pasajes más cristológicos del libro.

Entendiendo el pasaje

Números 21 narra cinco escenas. El capítulo abre con la victoria sobre los cananeos de Arad después de un voto al Señor, una nota esperanzadora, la nueva generación empieza a ver triunfos. Pero la cuarta escena es el corazón del capítulo. El pueblo, agotado por el desvío que tuvieron que hacer alrededor de Edom, se queja contra Dios y contra Moisés con palabras durísimas, «¿por qué nos han hecho subir de Egipto para morir en el desierto? No hay alimento ni agua, y nuestra alma siente fastidio por este alimento miserable». Llaman miserable al maná, al pan del cielo que Dios les daba cada mañana. Y entonces Dios envía serpientes ardientes que muerden al pueblo, y muere mucha gente. El pueblo reconoce su pecado y le pide a Moisés que interceda. Moisés ora, y la respuesta de Dios sorprende muchísimo. Le manda hacer una serpiente de bronce, ponerla sobre un asta, y cualquier mordido que la mirara, viviría. El capítulo cierra con dos victorias militares sobre Sehón y Og. El tono del libro está cambiando, el pueblo empieza a caminar hacia la tierra.

Tres verdades bíblicas

1. El veneno empezó con una queja contra el camino que Dios escogió

Mira de dónde sale todo esto. El pueblo no se quejó de algo absurdo, se quejó de algo entendible, estaban agotados por dar la vuelta a Edom. Pero su frustración los llevó a un lugar peligroso, atacaron tanto al siervo de Dios como a Dios mismo, y llamaron miserable al maná. Despreciaron la provisión que los había sostenido durante cuarenta años. El veneno no entró al campamento desde afuera, entró desde el corazón ingrato y bajó hasta las palabras, hasta que Dios respondió con serpientes literales.

Hermano que me escuchas, cuídate de quejarte de los caminos largos por los que Dios mismo te está llevando hacia su promesa. Las vueltas no son señales de abandono. Y cuando empezamos a llamar miserable a lo que Dios provee, a la iglesia donde nos puso, al cónyuge que nos dio, a la mesa que comemos, ya estamos abriendo la puerta a un veneno que muerde por dentro.

2. La salvación se recibe mirando, no haciendo

Aquí está lo escandaloso de la historia. Dios no le dijo a Moisés que destruyera las serpientes. No le dio un antídoto, no le mandó hierbas, no le pidió oraciones largas ni sacrificios. Le dijo, haz una serpiente de bronce, ponla en un asta, y el que la mire vivirá. Un mordido podía estar agonizando, sin fuerzas, con el veneno corriendo por las venas, y bastaba con girar el rostro y mirar. Solo mirar. La salvación venía como un regalo a quien levantara los ojos.

Eso es lo más difícil de aceptar para el corazón humano, porque queremos hacer algo. Nos parece poco mirar. Queremos pagar, queremos colaborar, queremos demostrar que nos lo merecemos. Pero Dios diseñó la salvación a propósito para que entrara por una puerta estrecha y ancha al mismo tiempo, la mirada de fe. Hermano, si hoy llevas el veneno del pecado en las venas, no se te pide que te lo cures. Se te pide que mires al que fue levantado.

3. Jesús es el que fue levantado, y todos los términos de la tierra son llamados a mirar

Aquí Jesús mismo abre el cofre. En Juan 3, le dice a Nicodemo, «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree tenga en él vida eterna». Esa palabra, «levantado», es la misma que Jesús usa después para hablar de la cruz. La serpiente de bronce era sombra anticipada del Mesías clavado en un madero. Y la forma es importante. Se levantó la imagen de lo que estaba matando al pueblo. Pablo lo dice en 2 Corintios 5, Cristo «al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros». Cristo se hizo serpiente en la cruz, cargó la maldición, para que mirándolo fuéramos sanados.

Y mira lo que dice Isaías 45, «vuélvanse a mí y sean salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay ningún otro». Todos los términos. El asta de bronce era para una nación, la cruz es para el mundo. El pescador en Chile, la mamá en Tokio, el universitario en El Cairo, el que hoy me escucha en Santa Marta o en Bogotá o en Madrid. Todos están invitados a mirar al Levantado y vivir. No cuesta mucho mirar. Es una mirada de fe que reconoce que el remedio no está en uno mismo.

Reflexión y oración

El veneno de la serpiente entra por una mordida, la salvación de Dios entra por una mirada. La distancia entre la muerte y la vida es la dirección en la que el alma decide girar el rostro. Y la pregunta de hoy es solo esa, ¿a dónde estás mirando?

Padre nuestro, gracias porque la salvación que nos das no depende de nuestro esfuerzo, depende de tu Hijo levantado. Perdónanos cuando nos quejamos de los caminos largos por los que nos llevas, y cuando llamamos miserable lo que tú nos provees. Sana hoy a los mordidos. Aplica la mirada de fe a los que escuchan. Cristo levantado, atráenos a ti, porque todos los términos de la tierra somos llamados a mirarte y vivir. En tu nombre, amén.

Lecturas del plan

Números 21, Salmos 60-61, Isaías 10, Santiago 4

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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