Las dos sendas

«Pondré además Mi morada en medio de ustedes, y Mi alma no los aborrecerá. Andaré entre ustedes y seré su Dios, y ustedes serán Mi pueblo.» (Levítico 26:11-12, NBLA)

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El libro de Levítico empezó en el capítulo 1 con una pregunta enorme. Cómo se acerca un pueblo pecador a un Dios santo que ahora habita en medio del campamento. Hemos recorrido sacrificios, sacerdocio, pureza, ética, calendario, tierra, presencia. Y hoy llegamos al clímax ético del libro. Dios pone dos sendas delante del pueblo, bendición y maldición, y les explica hacia dónde lleva cada una. El capítulo suena severo al oído moderno, pero en su fondo es un llamado al pacto. Dios quiere que su pueblo camine bien. Por eso habla con claridad.

Entendiendo el pasaje

Al final de los códigos legales antiguos era común encontrar una sección de bendiciones y maldiciones. Hamurabi lo hacía. Los hititas también. Pero había una diferencia de fondo con Israel. En los pueblos vecinos, las maldiciones eran imprecaciones mágicas buscando que los dioses cayeran sobre los enemigos. En Israel funciona distinto. Las bendiciones y maldiciones de Levítico 26 son pedagogía del pacto. Dios le enseña a su pueblo que las decisiones tienen consecuencias concretas, y que él ha puesto la vida por un camino y la ruina por el otro.

Las bendiciones vienen primero (vv. 1-13). Lluvia, cosecha abundante, paz con los vecinos, victoria, seguridad. Y el clímax de todas las bendiciones es una frase que corona todo el libro. «Pondré mi morada en medio de ustedes». Dios va más allá de regalar cosas; se entrega él mismo. Esa promesa era tan grande que siglos después Pablo la citaría en 2 Corintios 6:16 aplicándola a la iglesia. Después vienen las maldiciones (vv. 14-39), en cinco escalones crecientes, cada uno introducido con la frase «si aun así no me obedecieren, volveré a castigarlos siete veces más por sus pecados». El patrón muestra paciencia, porque cada escalón es una oportunidad para que el pueblo responda. Y cuando el capítulo llega al peor escenario, el exilio, ocurre algo inesperado. En vez de cerrar con juicio, Dios abre una puerta. «Si confesaren su iniquidad… yo me acordaré de mi pacto» (vv. 40-42). La última palabra del capítulo la tiene la fidelidad de Dios.

Tres verdades bíblicas

  1. El pacto se camina con los pies — Mira los verbos del versículo 3. Andar en los estatutos, guardar los mandamientos, ponerlos por obra. En el hebreo del Antiguo Testamento, “andar” significa costumbre de vida. Es la forma en que una persona existe cada día. Dios le pide al pueblo que la santidad sea su manera de caminar, el ritmo con el que se levantan, trabajan, hablan y duermen. Aquí hay un recordatorio para ti. La vida de fe se mide por lo que haces de lunes a sábado, por la manera en que tratas a tu esposa, a tus hijos, a tu jefe, al que te atiende en el banco. La santidad tiene pies. Cuando vive solo en las palabras de una confesión dominical y queda en silencio los demás días, algo anda mal.
  2. La cima de la bendición es la presencia de Dios — Este capítulo lista cosas buenas que cualquier pueblo desearía. Lluvia oportuna, cosecha segura, paz social, victoria sobre los enemigos. Pero Dios llega más alto todavía. En los versículos 11 y 12 alcanza la cima y dice algo que cambia la jerarquía de las bendiciones. «Pondré mi morada en medio de ustedes… andaré entre ustedes y seré su Dios». Todo lo demás eran regalos. Esto es Dios mismo regalándose. Y aquí el hilo llega hasta ti con fuerza. Cuando Pablo retoma esta promesa en 2 Corintios 6, dice que nosotros somos morada de Dios. El mismo Dios que prometió acampar entre los israelitas habita hoy por su Espíritu en quien cree en Cristo. Si entiendes eso, las otras bendiciones encuentran su lugar. Son regalos de Dios, pero Dios mismo es el regalo mayor.
  3. La fidelidad de Dios sobrevive al fracaso del pueblo — El final del capítulo es lo que le da a Levítico 26 su peso evangélico. Después de describir el peor castigo posible, el exilio entre las naciones, Dios abre una ventana inesperada. «Si confesaren su iniquidad… yo me acordaré de mi pacto». Fíjate en quién es el sujeto del verbo recordar. El que recuerda es Dios, acordándose de su propio compromiso con un pueblo que lo ha olvidado. El pacto se sostiene desde el lado de Dios. Esto anticipa lo que Pablo dirá en 2 Timoteo 2:13, que si nosotros somos infieles, él permanece fiel, porque negarse a sí mismo le es imposible. Por eso podemos vivir con esperanza aun cuando fallamos. Cristo cumplió el pacto que nosotros quebramos, y Dios sigue acordándose de sus promesas porque está acordándose de su Hijo.

Reflexión y oración

Levítico 26 nos pide reconocer que el camino del pacto tiene dirección y tiene consecuencias, y que Dios habla fuerte porque ama. Las bendiciones muestran cómo quiere Dios que vivamos. Las advertencias muestran cuánto le importa nuestro rumbo. Y la promesa final muestra que su fidelidad es más grande que nuestro fracaso. Hoy estás en una de las dos sendas. La buena noticia es que la gracia de Cristo te permite volver a caminar si te has salido, y te sostiene si estás caminando bien.

Padre, gracias por darnos palabra clara sobre cómo vivir. Gracias por la firmeza con que adviertes y por la ternura con que prometes acordarte de nosotros cuando volvemos. Que tu presencia sea nuestra cima, más que cualquier otra bendición que podamos pedir. Enséñanos a caminar contigo cada día, con los pies puestos en el camino que lleva a tu morada. En el nombre de Jesús, amén.

Lecturas del plan

Levítico 26, Salmos 33, Eclesiastés 9, Tito 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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