Llegamos a uno de los capítulos más densos y significativos de todo Génesis. Jacob está a punto de morir, y reúne a sus doce hijos para pronunciar sobre cada uno de ellos una palabra final. Pero estas no son simplemente palabras de despedida. Son declaraciones sobre el futuro de cada tribu, palabras que Dios mismo respaldaría con el tiempo. Ayer vimos cómo Jacob bendijo a Efraín y Manasés. Hoy lo vemos extendiendo esa bendición a todos sus hijos, aunque no todas las palabras son iguales. Algunas son bendiciones abundantes; otras son más bien consecuencias de decisiones pasadas.
Entendiendo el pasaje
Lo primero que llama la atención es el orden. Rubén era el primogénito. Por derecho, a él le correspondía la preeminencia, la doble porción, el liderazgo de la familia. Pero Jacob le dice: «Eres inestable como el agua; no tendrás la preeminencia». ¿Por qué? Porque Rubén se acostó con Bilha, la concubina de su padre, años atrás. Jacob no lo había olvidado. El pecado tuvo consecuencias.
Después vienen Simeón y Leví, segundo y tercero en línea. Pero ellos también quedan descalificados. Jacob recuerda la masacre de Siquem, cuando engañaron a los hombres de la ciudad y los mataron para vengar a su hermana Dina. «Maldita su ira, porque fue feroz», dice Jacob. Sus tribus serían dispersas en Israel.
Así que el liderazgo pasa al cuarto hijo: Judá. Y aquí viene la bendición más extraordinaria del capítulo. «Judá, te alabarán tus hermanos… El cetro no se apartará de Judá, ni la vara de gobernante de entre sus pies, hasta que venga Siloh». Judá recibiría el gobierno, y de su línea vendría aquel a quien pertenece el reino. Los reyes de Israel saldrían de Judá. David sería de Judá. Y el Mesías, el Rey eterno, también.
El capítulo continúa con palabras para cada hijo. Algunas son breves, otras más extensas. Zabulón habitaría junto al mar. Dan juzgaría a su pueblo, y efectivamente Sansón, uno de los jueces, fue de la tribu de Dan. Benjamín sería lobo arrebatador, y siglos después Saúl, el primer rey guerrero de Israel, sería benjamita. Cada palabra encontraría su cumplimiento.
La bendición de José es especialmente hermosa. Jacob recuerda todo lo que su hijo sufrió: «Los arqueros lo atacaron con amargura, lo asaetearon y lo aborrecieron». Pero también recuerda quién lo sostuvo: «Su arco permaneció firme… por las manos del Poderoso de Jacob». José había sido probado, pero Dios lo guardó. Y ahora recibe bendiciones abundantes, bendiciones de los cielos y del abismo, bendiciones de los pechos y del vientre.
Finalmente, Jacob da instrucciones sobre su muerte. No quiere ser enterrado en Egipto. Su cuerpo debe descansar en la cueva de Macpela, donde están Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y donde él enterró a Lea. Aunque murió en Egipto, su esperanza estaba en la tierra prometida. Y después de dar estas instrucciones, Jacob recoge sus pies en la cama y exhala su último aliento.
Tres verdades bíblicas
- El pecado tiene consecuencias que afectan generaciones — Rubén perdió la primogenitura por un pecado cometido años atrás. Simeón y Leví perdieron bendición por la violencia de Siquem. Jacob no olvidó. Y Dios tampoco. Esto no significa que Dios no perdone, porque sabemos que lo hace. Pero el perdón no siempre elimina las consecuencias. Las decisiones que tomas hoy pueden tener repercusiones que van más allá de ti mismo, que afectan a tus hijos y a los hijos de tus hijos. Vive con esa sobriedad. Lo que haces importa más de lo que crees.
- Dios escoge según su propósito, no según el orden humano — Judá no era el primogénito. Era el cuarto. Pero recibió el cetro. Este patrón se repite una y otra vez en la Escritura. Abel sobre Caín. Isaac sobre Ismael. Jacob sobre Esaú. Efraín sobre Manasés. David, el menor de sus hermanos, ungido como rey. Dios no sigue las reglas de herencia humana. Escoge al menor, al inesperado, al que humanamente no correspondía. Si te sientes descalificado por tu posición, por tu historia, por tu origen, recuerda que Dios no mira lo que el hombre mira. Él escoge según su propósito.
- De Judá vendría el Rey eterno — «Hasta que venga Siloh, y a él sea la obediencia de los pueblos». Esta es una de las promesas mesiánicas más antiguas y claras del Antiguo Testamento. El cetro permanecería en Judá hasta que viniera aquel a quien verdaderamente pertenece el gobierno. Siglos después, en un pesebre de Belén, ciudad de Judá, nació un niño. Mateo registra su genealogía: hijo de David, hijo de Judá. El León de la tribu de Judá vino a reclamar su trono. Las palabras de un anciano moribundo en Egipto encontraron su cumplimiento en Jesús. Él es Siloh. A él pertenece la obediencia de los pueblos.
Reflexión y oración
Jacob recogió sus pies en la cama y murió. Pero antes de partir, dejó palabras que marcarían el destino de doce tribus y, a través de una de ellas, el destino del mundo entero. De Judá vendría el cetro. De Judá vendría el Rey. Hoy, ese Rey vive y reina. Y un día, toda rodilla se doblará ante él y toda lengua confesará que Jesús es el Señor.
Señor Jesús, tú eres el León de la tribu de Judá, el cumplimiento de las promesas antiguas. Gracias porque el cetro te pertenece y tu reino no tendrá fin. Ayúdanos a vivir con la sobriedad de saber que nuestras decisiones importan, y con la esperanza de saber que tú reinas sobre todas las cosas. A ti sea la obediencia de nuestras vidas. Amén.

