Levántate y pasa

«Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que Yo les doy a los israelitas» (Josué 1:2, NBLA)

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Hoy abrimos un libro nuevo, pero no empezamos una historia nueva. Josué es el siguiente capítulo de algo que viene rodando desde hace mucho. Antes de meternos en él, conviene pararnos un momento en la orilla del Jordán, junto a este pueblo, y mirar atrás para entender de dónde venimos. Porque lo que está por pasar solo se entiende a la luz de todo lo anterior.

Entendiendo el pasaje

Recordemos el camino. En Génesis, este pueblo descubrió quién es Dios, uno solo, el que hizo todo lo que existe. En Éxodo lo vio partir el mar, rescatarlos de Egipto y darles su ley, y así supieron de quién eran. En Levítico aprendieron cómo acercarse a un Dios santo sin perecer en el intento, cómo adorarlo. Números los puso a prueba y los fue curtiendo a lo largo de cuarenta años de desierto. Y Deuteronomio, ya en la frontera, los sentó a escuchar a Moisés enseñarles a recordar lo que Dios hizo, a escuchar lo que pide y a escoger su camino. Aquellos esclavos que salieron de Egipto son ahora un pueblo entrenado, parado al borde del río, listo para entrar. Ahí arranca Josué.

Y este libro cuenta una sola cosa, cómo Dios cumple lo que prometió siglos antes. Por eso, aunque está lleno de batallas, el héroe es Dios mismo, que entrega la tierra y da el reposo. Josué pelea, pero la victoria siempre la firma Dios. El libro se mueve en tres tiempos. Primero la entrada (caps. 1–5), cuando cruzan el Jordán, conocen a Rahab y acampan en Gilgal. Después la conquista (caps. 6–12), con Jericó, el tropiezo de Hai y las campañas por la tierra. Y al final el reparto y la decisión (caps. 13–24), cuando cada tribu recibe su herencia y Josué deja al pueblo frente a una pregunta: ¿a quién van a servir? Toda esa travesía la cerrará una sola frase que resume el libro entero, «no faltó ninguna palabra de todas las buenas promesas que el Señor había hecho» (Josué 21:45). Esa es la razón de ser de Josué.

Tres verdades bíblicas

1. Dios siempre termina lo que empieza

Fíjate en cómo habla Dios de la tierra. «Yo se lo he dado» (1:3), dice, cuando el pueblo todavía no ha pisado ni un metro de Canaán. Habla en pasado porque para él la promesa ya está resuelta. Y no es una promesa de ayer; nació cuando Dios le dijo a Abraham que esa tierra sería de su descendencia, hace más de cuatrocientos años, atravesando esclavitud, plagas y desierto. Dios no se cansó por el camino. No dejó la obra a medias.

Tú que me escuchas hoy, esa es la clase de Dios con quien tratas. El que empezó algo en tu vida no acostumbra abandonarlo cuando se complica. Lo que él inicia, lo lleva hasta el final, aunque a ti te toque vivir el tramo que se siente más largo y más oscuro. La historia de Josué es la prueba de que Dios llega tarde a nada de lo que prometió.

2. El verdadero protagonista de este libro es Dios mismo

Aquí hay algo que conviene tener claro desde el primer día, o leeremos el libro al revés. Si Josué fuera un héroe de músculos y estrategia, Dios no habría tenido que repetirle tres veces «sé fuerte y valiente» (vv. 6, 7, 9). A un valiente de nacimiento no se lo dices ni una. Josué tenía miedo, como cualquiera frente a un río imposible y ciudades amuralladas. Su fuerza venía de otro lado: «No te dejaré ni te desampararé» (1:5). El que pelea es Dios; Josué solo confía y obedece.

Y eso te quita un peso de encima. Cuando midas la batalla que tienes enfrente, no la pongas contra tus propias fuerzas, porque siempre vas a salir corto. Ponla contra la promesa de Aquel que va contigo. La valentía cristiana nunca fue creerse fuerte; siempre fue saber quién camina al lado.

3. Toda la travesía apunta al descanso que da Cristo

El nombre Josué es el mismo nombre de Jesús, y los dos significan «el Señor salva». Ese nombre compartido es una flecha puesta a propósito. Josué metió al pueblo a la tierra y les dio reposo tras cuarenta años sin casa, pero fue un descanso a medias, una sombra de algo mayor. El escritor de Hebreos lo dice sin rodeos, y es que si Josué les hubiera dado el verdadero reposo, Dios no habría hablado después de otro día (He. 4:8-9). Quedaba pendiente un descanso que ningún territorio podía dar.

Ese descanso tiene nombre, y es Cristo. El primer Josué hizo cruzar a Israel por el Jordán; el verdadero Josué nos cruza a nosotros de la muerte a la vida, a un reposo que ya nadie nos arrebata. Por eso, mientras recorremos este libro, vamos a estar mirando más allá de Josué. Y la misma promesa que lo sostuvo frente al río, Jesús nos la repite con su propia boca: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20).

Reflexión y oración

No somos espectadores de una historia antigua; somos el pueblo que sigue caminando hacia el mismo descanso.

Padre, gracias porque tu historia con tu pueblo nunca se quedó a medias. Gracias porque lo que prometiste a Abraham lo cumpliste con Josué, y lo que comenzaste en nosotros lo terminarás en Cristo, nuestro verdadero Josué. Hoy, al abrir este libro, queremos aprender a confiar como aprendió aquel pueblo, a creerte y a movernos cuando tú dices «ahora». Recuérdanos a cada paso que el héroe de la historia eres tú, y que vas con nosotros hasta el final. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Josué 1, Salmos 120-122, Isaías 61, Mateo 9

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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