El capítulo de hoy toca una herida que quizás muchos cargan de cerca, el divorcio. Antes de cualquier cosa quiero hablarle con honestidad y con ternura a tres personas que tal vez me escuchan esta mañana. Al que ya pasó por un divorcio y todavía le duele. Al matrimonio que en silencio lo está considerando. Y al que mira todo esto sin saber qué pensar. Para los tres tiene Dios una palabra hoy.
Entendiendo el pasaje
Lo primero que hay que aclarar, porque casi siempre se entiende mal, es que Moisés no está mandando el divorcio aquí, ni lo está inventando, ni lo está bendiciendo. Si lees el pasaje con cuidado, es una larga condición. Si un hombre se casa, y repudia a su esposa por algo que le desagrada, y ella se casa con otro, y ese segundo marido también la deja o muere, entonces, esa es la única orden, el primer marido no puede volver a tomarla. El divorcio ya existía en la sociedad por la dureza del corazón humano, y lo que Dios hace es ponerle un freno legal para que no se desborde el daño. La carta de divorcio, que hoy nos suena fría, era en realidad una protección para la mujer. En aquella cultura, una esposa repudiada quedaba en el aire, sin documento, sin herencia, sin manera de rehacer su vida, a merced del capricho del hombre que la echó. Ese certificado la liberaba legalmente y le devolvía la dignidad de empezar de nuevo. Dios estaba protegiendo a la vulnerable del abuso del fuerte. Y el resto del capítulo respira esa misma compasión, el recién casado libre un año entero para hacer feliz a su esposa, la prohibición de quitarle al pobre lo que necesita para dormir, el pago del jornalero el mismo día, y el cuidado del huérfano, la viuda y el extranjero.
Tres verdades bíblicas
1. Dios regula el mal que no logra impedir, para amparar al que sufre.
Mira la sabiduría y la ternura de Dios en esta ley. Frente a un corazón humano endurecido que ya estaba repudiando esposas, Dios no se queda de brazos cruzados, pone un límite para que al menos la mujer no quede destruida. Es lo que a veces llamamos el mal menor. Dios preferiría que no hubiera divorcio en absoluto, pero ante la dureza que no se va a quitar de un día para otro, interviene para que el más débil no pague el precio más alto. Esto nos enseña algo del corazón de Dios. Cuando hay daño de por medio, Él siempre se pone del lado del que lleva las de perder, no del lado del que tiene la fuerza para hacer daño. Dios mira a la mujer que iba a quedar en la calle, y la protege.
2. Que Dios lo permitiera no significa que Dios lo quisiera.
Y aquí está el corazón de todo el asunto, hermano, y quiero que lo escuches con claridad. Siglos después, los fariseos se acercaron a Jesús con este mismo pasaje y le preguntaron por qué Moisés había mandado dar carta de divorcio. Y Jesús los corrigió en una sola palabra. Moisés no lo mandó, dijo, Moisés se los permitió por la dureza de vuestro corazón, pero al principio no fue así. Esa frase ordena todo el debate. Dios permitió el divorcio como se permite un mal que no se puede arrancar de golpe, pero nunca fue su diseño. En tiempos de Jesús había una escuela de rabinos que lo permitía solo por algo grave, y otra que lo permitía por casi cualquier cosa, hasta porque la esposa quemara la comida. Y Jesús barrió con la permisividad y los devolvió al principio, al jardín, donde Dios unió a un hombre y una mujer en una sola carne y dijo que lo que Él juntó no lo separe el hombre. El matrimonio, en el plan de Dios, es un pacto de por vida. Nuestra cultura lo trata como un contrato que se rompe cuando deja de convenir, pero Dios lo toma con una seriedad que el mundo perdió. Y a ti, matrimonio que hoy estás cansado, que en silencio ya estás pensando en soltar, te hablo con amor y con firmeza. Antes de romper lo que Dios llamó una sola carne, lucha, busca ayuda, arrodíllate, porque Dios honra al que pelea por su pacto, y muchas veces la obra del Señor está del otro lado del cansancio.
3. Hay un Esposo que jamás repudia a su pueblo.
Pero sé que entre los que me escuchan hay corazones devastados, gente que peleó y aun así el matrimonio se rompió, gente que fue abandonada sin haberlo buscado. Y para ti tengo la palabra más hermosa del capítulo, aunque no esté escrita en sus líneas, sino en lo que todo esto anticipa. Porque mientras el hombre de este pasaje repudia a su esposa por dureza de corazón, Dios se presenta en toda la Biblia como el Esposo que nunca abandona a la suya. En el libro de Oseas, Israel le es infiel una y otra vez, lo traiciona de la peor manera, y aun así Dios dice te desposaré conmigo para siempre. Esa promesa tomó cuerpo en Cristo, el Esposo que amó a su iglesia y se entregó por ella. Fíjate en el contraste que parte el alma. Donde un hombre entrega una carta de divorcio a la esposa que no le agrada, Cristo entregó su propia vida por una novia que no lo merecía, para limpiarla y hacerla suya para siempre. Por eso el matrimonio es tan sagrado, porque retrata el pacto de un Dios que jamás suelta la mano de los que ama. Y si tu matrimonio terminó, escucha esto, hay un Esposo que no te va a repudiar nunca, que conoce tu herida, y en cuyos brazos hay sanidad para el corazón roto.
Reflexión y oración
Dios toma el matrimonio con una seriedad tan grande porque retrata su propio pacto inquebrantable con nosotros, el del Esposo fiel que nunca repudia a los suyos.
Padre, gracias porque tomas en serio lo que nosotros tratamos a la ligera, y porque siempre proteges al que lleva las de perder. Sostén a los matrimonios que hoy tambalean, dales fuerza para luchar por lo que uniste. Y abraza a los que cargan la herida de un divorcio, recuérdales que en Cristo tienen un Esposo que jamás los abandona. Sánanos, perdónanos, y enséñanos a honrar el pacto como Tú lo honras. En el nombre de Cristo, amén.
