El capítulo entero gira sobre dos verbos, acordarse y olvidar. Moisés sabe que el peor enemigo de Israel en la tierra no serán los cananeos, será su propia memoria corta. Y la lección que no deben olvidar la aprendieron pasando hambre.
Entendiendo el pasaje
Moisés les explica para qué sirvieron los cuarenta años en el desierto, porque no fueron un castigo sin propósito. Dios los humilló y los dejó tener hambre, y luego los alimentó con el maná, para enseñarles que la vida no se sostiene en el pan sino en la palabra que sale de la boca de Dios. El desierto tuvo cuatro propósitos, y conviene tenerlos claros. Dios quebró su orgullo, probó lo que había en su corazón, les enseñó que Él es fiel, y los disciplinó como un padre disciplina al hijo que ama. Durante esos años ni la ropa se les gastó ni los pies se les hincharon, porque el Señor sostenía cada detalle. Pero enseguida viene el aviso. Cuando entren a la tierra buena, construyan casas y se llenen las manos de riqueza, el peligro será que el corazón se ensoberbezca y digan que fue su propia fuerza la que les dio todo, olvidando al Dios que los sacó de Egipto. El desierto enseña a depender. La abundancia tienta a olvidar.
Tres verdades bíblicas
1. El desierto no fue abandono, fue escuela.
Mira los cuatro propósitos que Moisés enumera. Dios humilla, prueba, enseña y disciplina, y todo tiene un fin. Querido oyente, esa temporada dura por la que pasas o pasaste no fue señal de que Dios te soltó la mano, fue su aula, el lugar de la disciplina. El hambre te enseñó algo que la abundancia jamás te habría enseñado, a depender de Él y no de tu despensa. El escritor de Hebreos (Heb 12) lo dice igual, que ninguna disciplina parece causa de gozo en el momento, sino de tristeza, pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Lo que hoy te duele, en el Señor tiene un propósito y mañana dará su fruto.
2. No vives del pan, vives de lo que Dios dice.
El maná le enseñó a Israel que la provisión no venía del recurso en sí, sino de la palabra del Dios que lo daba cada mañana. El hombre cree que se sostiene de lo material, del sueldo, de la comida, de la seguridad guardada, pero todo eso se acaba. Lo que sostiene de verdad es la palabra del que provee. Por eso, cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto a convertir piedras en pan, el Señor respondió citando este mismo versículo. Donde Israel falló su prueba con hambre, Cristo aprobó la suya. Él vivió de cada palabra del Padre, y Él mismo es el Pan de vida que sacia el hambre que ningún alimento alcanza a llenar.
3. La prueba más difícil no es el hambre, es la hartura.
Esta es la advertencia que más cuesta oír. El olvido de Dios no llega cuando falta, llega cuando sobra. Agur lo pidió con sabiduría, no me des pobreza ni riqueza, dame solo el pan que necesito, no sea que me sacie y te niegue diciendo quién es el Señor, o que empobrezca y robe. Cuánta gente busca a Dios cuando está en necesidad, le ora, le ruega, le promete, y apenas Dios resuelve el problema, lo abandona. Eso es miserable, hermano. No tenemos un Dios utilitario, uno al que se usa cuando hace falta y se deja cuando ya no. El que abandona a Dios apenas se le acaba el problema nunca buscó a Dios, buscó la solución. La hartura desnuda lo que de verdad había en el corazón.
Reflexión y oración
Recordar de dónde viene el pan es lo único que impide que el pan termine ocupando el lugar de Dios. Que nos olvidemos del dador por concentrarnos solo en la dádiva.
Padre, gracias por los desiertos que nos enseñaron a depender de Ti, y gracias por la mesa que hoy nos sacia. Líbranos de la soberbia que dice «mi fuerza me dio esto», y del corazón utilitario que te busca en la necesidad y te olvida en la abundancia. Que no seamos de los que te dejan cuando se les acaba el problema. Enséñanos a vivir de cada palabra tuya, y a saciarnos en Cristo, el Pan de vida que descendió del cielo. En su nombre, amén.
