No todo sacrificio es por pecado

«Cuando alguien presente una ofrenda de cereal al Señor, su ofrenda será de flor de harina.» (Levítico 2:1, NBLA)

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Cuando pensamos en sacrificios en la Biblia, casi siempre pensamos en sangre, en pecado, en la necesidad de que algo muera para que alguien sea perdonado. Y sí, eso es parte importante de lo que Levítico enseña. Pero no es todo. Hoy llegamos a dos sacrificios que nos muestran otro lado de la relación con Dios, un lado que muchos creyentes todavía no han descubierto. Resulta que Dios no solo quiere perdonarnos. Quiere sentarse a comer con nosotros.

Entendiendo el pasaje

Levítico 2 presenta la ofrenda de cereal, y lo primero que llama la atención es que no hay ningún animal involucrado. No hay sangre. El oferente trae flor de harina, aceite e incienso. Son productos del trabajo cotidiano, lo que cualquier familia israelita tendría en su casa. Esta ofrenda era una expresión de gratitud, una manera de decirle a Dios «lo que tengo viene de ti y te lo devuelvo con agradecimiento».

Levítico 3 presenta el sacrificio de paz, y aquí ocurre algo que no habíamos visto hasta ahora. Parte del animal se quemaba para Dios sobre el altar. Parte se le entregaba al sacerdote. Y parte se la quedaba el oferente para comerla con su familia. Era una comida compartida en la presencia de Dios. El oferente, su familia, el sacerdote y Dios mismo participando de la misma ofrenda. Cuando entiendes eso, el sacrificio de paz deja de ser un ritual extraño y se convierte en algo parecido a una cena familiar donde Dios tiene un lugar en la mesa.

Tres verdades bíblicas

  1. Dios quiere nuestra gratitud, no solo nuestro arrepentimiento — La ofrenda de cereal nos enseña algo que a veces olvidamos. La relación con Dios tiene espacio para la gratitud sencilla y cotidiana. No todo acercamiento a Dios tiene que nacer de una crisis o de la conciencia del pecado. El israelita podía llegar al tabernáculo simplemente para decir «Señor, gracias por lo que me has dado». Harina y aceite, lo ordinario de la vida, presentado ante Dios como reconocimiento de que todo viene de su mano. Hay algo liberador en eso. Nuestra relación con Dios no gira únicamente alrededor del pecado. También gira alrededor de la gratitud por el pan de cada día, por el trabajo, por las cosas sencillas que a veces damos por sentadas.
  2. Dios nos invita a su mesa, no solo a su altar — El sacrificio de paz es quizás el más sorprendente de todos los sacrificios de Levítico. Porque aquí Dios no está pidiendo que se le entregue algo. Está invitando a compartir algo. La imagen es una comida donde Dios, el sacerdote y la familia del oferente participan juntos de la misma ofrenda. Piensa en lo que eso significa. El Dios cuya gloria era tan intensa que Moisés no podía entrar al tabernáculo ahora comparte mesa con una familia cualquiera de Israel. Esa es la clase de relación que Dios quiere. Cercana, íntima, como la de alguien que te invita a comer a su casa. No es casualidad que Jesús, siglos después, pasara tanto tiempo comiendo con la gente. Y no es casualidad que una de las últimas imágenes que tenemos de Cristo resucitado en el libro de Apocalipsis sea la de alguien que está a la puerta y toca, esperando que le abran para cenar juntos.
  3. Dios diseñó una relación completa, no un trámite religioso — Si miramos los tres primeros sacrificios de Levítico en conjunto, vemos una progresión que dice mucho. El holocausto habla de entrega total. La ofrenda de cereal habla de gratitud. El sacrificio de paz habla de comunión. Dios quiere todo de nosotros, pero también quiere darnos algo de vuelta. Quiere que lo conozcamos, que disfrutemos su presencia, que nos sentemos a su mesa. Nuestra relación con Dios no se basa solo en que nos ha librado del pecado por el sacrificio de su Hijo, nos ha invitado a una relación cercana con él. Eso es lo que estos sacrificios anticipan y lo que en Cristo vivimos de manera plena.

Reflexión y oración

Es fácil reducir nuestra vida con Dios a una lista de pecados por confesar y problemas por resolver. Y sí, todo eso tiene su lugar. Pero Levítico 2 y 3 nos recuerdan que hay más. Hay espacio para la gratitud sencilla y hay una invitación abierta a sentarnos a la mesa con él. Dios no es solo el juez que perdona. Es el anfitrión que comparte su mesa con los suyos.

Padre, gracias por querer más que nuestro arrepentimiento. Gracias por invitarnos a tu mesa, por querer una relación cercana con nosotros. Que no reduzcamos nuestra vida contigo a un trámite religioso. Enséñanos a disfrutar tu presencia, a ser agradecidos por lo cotidiano y a sentarnos a tu mesa cada día. En Cristo, amén.

Lecturas del plan

Levítico 2-3, Juan 21, Proverbios 18, Colosenses 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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