Hoy llegamos a un día emocionante en la historia de Israel. Dos años habían pasado desde la noche en que salieron de Egipto. Más de un año entero llevaban acampados al pie del Sinaí. Y de pronto, en una mañana específica que el texto registra con detalle, la nube se levanta. Llegó el día. Israel parte.
Si has venido siguiendo este libro con nosotros, te darás cuenta de que todo lo que hemos visto desde el primer capítulo apuntaba justo a este momento.
Entendiendo el pasaje
Hagamos memoria de lo recorrido. En el capítulo 1, Dios mandó contar a su pueblo. Censo de los varones aptos para la guerra, tribu por tribu. En el capítulo 2, organizó el campamento alrededor del tabernáculo, declarando con la geografía misma que él era el Rey en el centro. En los capítulos 3 y 4, consagró a los levitas como sustitutos de los primogénitos y los preparó para cargar lo santo con temor. En el capítulo 5, mandó cuidar la pureza del campamento donde él habitaba. En el 6, dio la ley del nazareo y la bendición sacerdotal. En el 7, las tribus presentaron sus ofrendas día por día durante doce días. En el 8, fueron consagrados los levitas y se encendieron las lámparas del candelabro. En el 9, celebraron la segunda Pascua y aprendieron a moverse al ritmo de la nube.
Todo eso era preparación. Y aquí en el capítulo 10, llega el cumplimiento.
Antes de la salida, Dios manda hacer dos trompetas de plata. Solo los hijos de Aarón pueden tocarlas, y servirán para llamar al pueblo a asamblea, dar la orden de marcha, llamar a la guerra y a las fiestas. Son el sistema de comunicación del campamento. Y entonces, el día veinte del mes segundo del año segundo, la nube se levanta del tabernáculo y se mueve hacia el desierto de Parán. Israel parte. Marcha en orden, con Judá al frente, las tribus en las posiciones que Dios estableció, los levitas cargando el tabernáculo. Moisés invita a su cuñado Hobab a que los acompañe como guía. Y el capítulo cierra con la oración antigua que Moisés pronunciaba cada vez que el arca se ponía en marcha. «Levántate, Señor, y sean dispersados tus enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen».
Israel marcha hacia la tierra prometida. Y marcha con la certeza de que Dios mismo va delante.
Tres verdades bíblicas
- Toda preparación de Dios apunta a un envío. Mira hacia atrás un momento. Censos, orden, consagración, pureza, Pascua, nube. Diez capítulos completos de preparación. Pero la preparación tenía un día final. Y Dios no santificó a su pueblo para dejarlo acampado al pie de un monte. Lo santificó para llevarlo a una tierra. Esto es importante porque a veces nos cuesta entender por qué Dios nos hace pasar por temporadas largas de formación. Estudio, espera, disciplina, silencio. Pareciera que no avanzamos. Pero ningún tiempo en el Sinaí de Dios es desperdiciado. Llega el día en que la nube se levanta. Hermano, si Dios te ha estado formando, créele. Hay un envío que viene. Y todo lo que has aprendido tendrá su uso en la marcha.
- El pueblo de Dios marcha en orden y bajo la voz de su Rey. Mira cómo se mueve este pueblo. Hay un cuerpo organizado avanzando. Las trompetas marcan el momento. Cada tribu sabe su lugar. Los levitas cargan lo santo en el orden que Dios mandó. El arca va delante. Y Moisés ora antes de cada movimiento, invocando a Dios mismo como el que marcha al frente. La vida cristiana es así, marcha de pueblo bajo la voz de su Rey. Pertenecer a Cristo es pertenecer a su iglesia, su pueblo, su orden. Es escuchar las trompetas que él hace sonar y moverse cuando él manda moverse.
- Hay una tierra prometida hacia la cual marchamos. Israel marchaba hacia Canaán. Nosotros marchamos hacia la patria celestial. Hebreos 11 dice que los patriarcas anhelaban una patria mejor, una celestial, y por eso Dios no se avergonzó de llamarse el Dios de ellos, porque les había preparado una ciudad. Y eso, hermano, es lo que somos. Un pueblo en marcha. Tu vida cristiana es un camino con destino. Cristo es nuestro mejor Josué, el que va delante y el que nos lleva hasta el final. La fatiga del camino se compensa con la certeza del destino. Cada día que avanzas en él, estás más cerca de la heredad.
Reflexión y oración
Dios no nos santifica para quedarnos quietos. Nos santifica para avanzar hacia la patria que Él nos prometió.
Señor, gracias por todo lo que nos enseñaste en este primer tramo del libro de Números. Gracias porque has sido fiel para preparar a tu pueblo, en aquel día y en este. Y gracias porque la marcha es tuya. Tú vas delante con tu nube, tú haces sonar las trompetas, tú diriges los pasos. Levántate hoy sobre nuestras vidas, dispersa a tus enemigos delante de nosotros, y llévanos hasta la patria celestial que nos has prometido en Cristo. En su nombre, amén.
