Ayer dejamos a Moisés tendido en la lona. Fue ante Faraón con el mensaje de Dios, hizo todo según lo acordado, y el resultado fue desastroso. Faraón no solo se negó, sino que aumentó la opresión. El pueblo se volvió contra Moisés y Moisés le reclamó a Dios: «Tú no has hecho nada». Si esto fuera una película de boxeo, diríamos que el primer round fue demoledor y Faraón celebra porque cree que ganó. Pero ahora nos vamos a la esquina del ring, donde el Entrenador va a recordarle a su peleador por qué está ahí y de quién es esta pelea.
Entendiendo el pasaje
La respuesta de Dios a la frustración de Moisés es interesante, no lo regaña, pero tampoco le da la razón. Lo que hace es recordarle quién es Él. «Yo soy el Señor». Y a partir de ahí despliega cuatro promesas que abarcan todo lo que su pueblo necesita: «Los sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, los libraré de su esclavitud, los redimiré con brazo extendido y los tomaré por pueblo mío». Sacar, librar, redimir, tomar. Cada verbo es progresivo, cada uno añade algo al anterior. Dios estaba estaba cumpliendo el pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob. La liberación de Israel era el plan eterno de Dios de tener un pueblo en su lugar, bajo Su gobierno y para Su gloria.
Pero hay un detalle triste, el versículo 9 dice que Moisés llevó este mensaje al pueblo y ellos no lo escucharon «por la angustia de su espíritu y por la dura servidumbre». Las promesas más hermosas de Dios estaban ahí, completas, suficientes, pero el dolor les impedía recibirlas. La frustración había hecho su trabajo: destruir la capacidad de escuchar la verdad.
Tres verdades bíblicas
- Cuando nos sentimos derrotados, Dios nos recuerda quién es él — Mira lo que Dios hace aquí. No le da a Moisés un plan B ni le presenta una estrategia diferente. Le recuerda su nombre: «Yo soy el Señor». Y le recuerda su pacto: el mismo que hizo con Abraham, el mismo que sostuvo a Isaac, el mismo que acompañó a Jacob. Dios no cambia de plan cuando las cosas se ponen difíciles. Él reafirma lo que ya prometió. Cuando sientas que todo se desmorona, tu no necesitas una revelación nueva. sino volver a lo que Dios ya ha dicho.
- La redención de Dios tiene un costo y un propósito — De las cuatro promesas, hay una que merece atención especial: «los redimiré». Redimir significa pagar un precio para liberar a alguien. Dios no estaba comprándolos para sí. Y ojo con el propósito: «los tomaré por pueblo mío y yo seré su Dios». La liberación no era el fin, era el medio. El destino era pertenecer a Dios y vivir bajo su gobierno. Hay un peligro en un evangelio incompleto que solo busca que Dios resuelva nuestros problemas sin que haya un compromiso de obediencia. Dios no nos saca de Egipto para que vivamos como queramos. Nos saca para que le sirvamos a él. En efecto, no cambiamos de situación, cambiamos de amo.
- El dolor puede impedirnos escuchar lo que Dios ya ha dicho — El pueblo no rechazó las promesas de Dios porque fueran insuficientes. Las rechazó porque la angustia y la servidumbre habían destruido su capacidad de escuchar. Y esto es algo que vemos con frecuencia. La frustración puede destruir la fe cuando nos anclamos en expectativas falsas en lugar de anclarnos en la verdad de Dios. Ellos esperaban alivio inmediato y lo que recibieron fue más opresión. Y en ese dolor, las promesas de Dios sonaron a palabras vacías. Puede que tú estés ahí hoy. Puede que la angustia esté tan pesada que las promesas del Señor te parezcan lejanas. Pero el problema no está en las promesas, está en el ruido del dolor que no te deja escucharlas.
Reflexión y oración
Esta no era la pelea de Moisés. Era la de Dios. Y Dios no había perdido el primer round. De hecho, el capítulo arranca con una frase contundente: «Ahora verás lo que haré a Faraón». Lo que Moisés veía como fracaso, Dios lo estaba usando para abrir la puerta a su intervención directa. Las promesas de Dios siguen en pie aunque nosotros no las podamos escuchar bien en medio del dolor. Él saca, libra, redime y toma como suyos a los que ama. Eso no ha cambiado.
Señor, gracias porque cuando estamos tendidos en la lona, tú nos recuerdas quién eres. Perdónanos por las veces que la frustración nos ha impedido escuchar tus promesas. Ayúdanos a recordar que esta no es nuestra pelea, es la tuya, y que tú nunca pierdes. Gracias porque nos has redimido con un precio que nosotros jamás podríamos pagar y nos has tomado como tu pueblo. En el nombre de Jesús, amén.

