El Catecismo de Heidelberg, escrito cerca de 1563, comienza con una pregunta hermosa, ¿cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte? La respuesta es que no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a nuestro fiel Salvador Jesucristo. Pero la segunda pregunta es igual de importante, ¿cuántas cosas necesitas saber para vivir y morir felizmente? Y la respuesta menciona tres cosas. Cuán grandes son mis pecados, cómo puedo ser librado de ellos, y cómo debo expresar mi gratitud a Dios por tal liberación. Esa tercera parte, la gratitud, es lo que vemos en Éxodo 35.
Entendiendo el pasaje
Después de la crisis del becerro de oro, el pacto renovado y la promesa de que la presencia de Dios iría con el pueblo, los planes de construcción del tabernáculo se retoman. Israel ha pasado del llanto a la esperanza. Ahora es momento de poner manos a la obra. Y lo primero que Moisés hace es recordarles dos cosas. Primero, que ni siquiera algo tan importante como construir la casa de Dios justifica saltarse el día de reposo. Y segundo, que la construcción se haría con ofrendas voluntarias del pueblo.
Lo que sigue es una de las escenas más conmovedoras del libro. El pueblo comenzó a traer ofrendas con tal generosidad que los encargados tuvieron que pedirle a Moisés que los detuviera. Había más que suficiente. Hombres y mujeres trajeron oro, plata, bronce, telas, pieles, madera, especias y aceite. Todo lo que tenían disponible lo pusieron al servicio de la obra. Nadie fue obligado. Todo salió de corazones que habían sido tocados por la misericordia.
Tres verdades bíblicas
- Nuestro tiempo le pertenece al Señor antes que a cualquier obra — Es llamativo que antes de hablar de la construcción, Moisés insiste en guardar el día de reposo. Ni siquiera edificar el tabernáculo era excusa para descuidar la adoración. Hay una frase que lo resume bien, y es que no podemos amar más la obra del Señor que al Señor de la obra. Es posible que nos ocupemos tanto en actividades que consideramos buenas, incluso piadosas, que nos olvidemos de cultivar una relación genuina con Dios. Tener un tiempo consagrado para la adoración siempre ha sido el distintivo del pueblo de Dios. Y ese principio sigue vigente para nosotros.
- La generosidad nace de la gratitud, no de la obligación — ¿Qué impulsaba a este pueblo a dar con tanta abundancia? Acababan de romper el pacto, adoraron un becerro de oro, vieron morir a tres mil de los suyos y enfrentaron la posibilidad de perder la presencia de Dios para siempre. Pero Dios los perdonó, renovó el pacto y decidió seguir con ellos. Cuando alguien entiende la magnitud de ese perdón, la respuesta natural es la generosidad. Pablo recoge esta idea cuando les escribe a los corintios: «conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por amor a ustedes se hizo pobre». La ofrenda que agrada a Dios no sale de la presión sino de un corazón agradecido. Dios no necesita nuestros recursos, él es dueño del oro y la plata. Pero nos da el privilegio de participar en su obra como una forma de adoración y como una manera de proteger nuestro corazón del apego a las cosas que perecen.
- La transparencia en el uso de los recursos honra al Señor — Todo esto era público y visible. Las ofrendas no eran algo que Moisés administraba a su antojo. El pueblo podía ver lo que se recogía y cómo se usaba. Pablo mismo se cuidó de esto cuando organizó las ofrendas para los pobres de Jerusalén, enviando hermanos como testigos. Él decía que era importante hacer las cosas correctamente no solo delante de Dios sino también delante de los hombres. Es lamentable que muchos hayan usado la fe como pretexto para enriquecerse. Pero eso no quita lo que la Biblia enseña con claridad, que contribuir a la obra del Señor es un privilegio, y ese privilegio debe administrarse con integridad.
Reflexión y oración
El pueblo de Israel dio hasta que sobró. Y lo hicieron no porque fueran ricos sino porque habían entendido que todo lo que tenían venía de la mano de Dios y su presencia valía más que cualquier posesión. Cuando el evangelio penetra nuestro corazón, afecta la manera en que usamos nuestro tiempo y nuestros recursos.
Padre, gracias porque todo lo que tenemos viene de tu mano. Perdónanos por las veces que hemos amado más tus dones que a ti. Ayúdanos a ser generosos con gratitud, sabiendo que participar en tu obra es un privilegio que no merecemos. Que nuestro tiempo y nuestros recursos estén siempre al servicio de tu gloria. Amén.
