Un camino abierto al refugio

«Te prepararás el camino, y dividirás en tres partes la tierra… para que todo homicida pueda huir allí» (Deuteronomio 19:3, NBLA)

Compartir:

Hoy abrimos un tramo nuevo. Seguimos en el segundo sermón de Moisés, escuchando, pero ya dejamos atrás las leyes sobre los líderes del pueblo, jueces, rey, sacerdotes y profetas. Ahora Moisés baja a la vida cotidiana, y el gran tema de aquí en adelante es uno solo, la justicia. Sed justos. Y empieza por lo más delicado de todo, la sangre.

Entendiendo el pasaje

Israel debía apartar ciudades de refugio repartidas por toda la tierra, con caminos preparados para llegar a ellas con rapidez. La pregunta es para qué servían. Eran para el que mataba a otro sin ninguna intención de hacerlo. El mismo texto da un ejemplo, dos hombres cortando leña, el hierro del hacha se zafa del mango, vuela y mata al compañero. En aquella cultura, el pariente más cercano del muerto tenía el deber de vengar la sangre, y podía alcanzar al homicida y matarlo antes de que nadie aclarara si había sido accidente o crimen. La ciudad de refugio le daba al inocente un lugar donde correr y ser juzgado con justicia, en vez de morir linchado por la furia del momento. Pero el refugio tenía un límite, no era para todos. El que mató con premeditación, con odio en el corazón, no podía esconderse ahí, a ese se le entregaba para que respondiera. Después el capítulo protege la tierra del vecino, prohibiendo mover los linderos para robar terreno, y cuida la verdad en los tribunales, exigiendo varios testigos y castigando al que mentía para hundir a otro. Todo el capítulo gira sobre una sola idea, la justicia protege al inocente y no deja libre al culpable.

Tres verdades bíblicas

1. La vida vale tanto que Dios abre caminos para protegerla.

Detente en el cuidado de Dios por la sangre humana. No quería que se derramara sangre inocente, ni la del que fue asesinado, ni la del que mató por accidente y terminaba linchado sin juicio. Por eso ordena medir distancias, repartir ciudades y hasta preparar los caminos, para que el que huye llegue a tiempo. Tú que me escuchas, vivimos en tiempos donde la vida humana se ha vuelto barata, donde se mata por un celular o por una discusión de tránsito. Y aquí está Dios, hace miles de años, construyendo todo un sistema para que ni una vida inocente se perdiera por la prisa de la venganza. El Dios al que servimos trata la vida como sagrada, y donde su justicia gobierna, la vida se protege.

2. La justicia de Dios distingue, no aplasta a todos por igual.

Mira la sabiduría de esta ley. El refugio era para el que mató sin querer, no para el asesino que mató con odio. Dios no mete a todos en el mismo saco, distingue entre el accidente y el crimen, entre la mano que tembló y el corazón que planeó. Esa es la marca de la justicia que viene de Dios, que no condena al inocente con el rigor ciego ni deja libre al culpable con la blandura cómoda. Y lo mismo cuida en los tribunales, donde la verdad tenía que sostenerse con varios testigos, y el que mentía para destruir a otro recibía el castigo que buscaba para su víctima. Hermano, sé tú una persona que distingue así, que no juzga parejo por rumores ni condena sin escuchar, porque la justicia que agrada a Dios pesa los corazones y los hechos, no la furia del momento.

3. Hay un Refugio al que Dios mismo te abrió el camino.

Aquí está lo más hermoso del capítulo, y mira hacia dónde apunta. Las ciudades de refugio son una de las figuras más claras de Cristo en toda la ley. Porque tú y yo, en cierto sentido, somos culpables de sangre, perseguidos por una sentencia justa que nuestro pecado merece. La muerte nos pisa los talones y no hay dónde escondernos por nuestros propios medios. Pero Dios, igual que preparó aquellos caminos hacia las ciudades, nos abrió un camino hacia un refugio seguro, y ese refugio es Cristo. El escritor de Hebreos usa esta misma imagen cuando dice que hemos huido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. El que llega a Cristo está a salvo del juicio, queda dentro de los muros, intocable. El que se queda afuera, no. Tan sencillo y tan serio como aquello, la diferencia entre vivir y morir era alcanzar la ciudad, y la diferencia entre la vida y la muerte eterna es llegar a Cristo.

Reflexión y oración

Dios no solo ofrece refugio al que huye de la condenación, sino que Él mismo abre el camino, y ese camino tiene nombre, se llama Jesús.

Padre, gracias porque eres un Dios justo que protege al inocente y trata la vida como sagrada. Gracias porque no nos dejaste a merced de la sentencia que merecíamos, sino que abriste un camino de salvación y pusiste un refugio delante de nosotros. Enséñanos a ser justos como Tú, a distinguir y no aplastar, a defender la verdad. Y haznos correr siempre a Cristo, nuestro refugio seguro, donde el juicio ya no nos alcanza. En su nombre, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 19, Salmos 106, Isaías 46, Apocalipsis 16

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

Escúchanos en

Disponible en todas las plataformas

WhatsApp

Canal diario

YouTube

Video devocional

Spotify

Podcast de audio