Un Dios, una nación, una promesa

«También le dijo Dios: “Yo soy el Dios Todopoderoso. Sé fecundo y multiplícate; una nación y multitud de naciones vendrán de ti, y reyes saldrán de tus entrañas.”» (Génesis 35:11, NBLA)

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Llegamos a un punto importante en Génesis. Es como si el autor hiciera una pausa para recapitular antes de seguir adelante. Y en esa pausa, Dios habla. Reafirma su pacto. Repite su promesa. Y lo hace en un lugar que Jacob conoce bien: Betel, el mismo sitio donde veinte años atrás un joven fugitivo soñó con una escalera que conectaba el cielo con la tierra.

Entendiendo el pasaje

Todo comienza con una orden: «Sube a Betel y quédate allí, y haz un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú». Dios llama a Jacob de regreso al lugar donde todo empezó. Pero antes de subir, Jacob hace algo significativo. Reúne a toda su familia y les dice: «Quiten los dioses extraños que hay entre ustedes, purifíquense y cambien sus vestidos». ¿Recuerdas los ídolos que Raquel robó de la casa de Labán? Aquí finalmente se entierran. Debajo de una encina, en Siquem, Jacob sepulta los dioses ajenos que su familia había cargado todo este tiempo. Antes de volver a encontrarse con Dios, hay cosas que dejar atrás.

En Betel, Dios se le aparece y le confirma el nombre: «Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás Jacob; tu nombre será Israel». Y entonces viene la promesa. Escúchala con atención porque ya la hemos oído antes: «Sé fecundo y multiplícate. Una nación y multitud de naciones vendrán de ti, y reyes saldrán de tus entrañas. La tierra que di a Abraham y a Isaac, te la daré a ti». Son las mismas palabras. El mismo pacto hecho con Adán en el huerto, renovado con Noé después del diluvio, confirmado a Abraham bajo las estrellas, repetido a Isaac en Gerar. Y ahora entregado a Israel en Betel. Dios no ha cambiado. Su plan avanza, pero él sigue siendo el mismo.

El capítulo también registra los nombres de los doce hijos de Jacob. Es como un acta de nacimiento de lo que serán las doce tribus de Israel. Piensa en todo lo que hemos visto: rivalidad entre Lea y Raquel, concubinas usadas como herramientas, competencias por dar a luz más hijos. Nada de eso fue limpio. Y sin embargo, de esos doce nombres Dios levantará una nación entera. Lo que comenzó como una pareja en el Edén ahora se encamina a convertirse en un pueblo.

Pero no todo es promesa en este capítulo. Raquel muere dando a luz a Benjamín. El último hijo de Jacob nace con dolor y pérdida. Jacob la entierra en el camino a Belén. Un detalle que no es menor: siglos después, en esa misma zona, nacería el Rey que Dios prometió aquí.

Tres verdades bíblicas

1. Antes de encontrarnos con Dios, hay ídolos que enterrar — Jacob no subió a Betel cargando los dioses de su familia. Los enterró primero. Es fácil querer acercarnos a Dios sin soltar lo que nos aleja de él. Cargamos ídolos que no siempre son figuras de madera. Son seguridades falsas, apegos que ocupan el lugar que solo Dios debería tener. Volver a Dios requiere honestidad. Requiere mirar lo que llevamos escondido y dejarlo atrás.

2. Dios es fiel a un mismo pacto a través de generaciones — «Sé fecundo y multiplícate.» Esas palabras resuenan desde el Edén. Dios las dijo a Adán, a Noé, a Abraham, a Isaac, y ahora a Israel. El pueblo de Dios ha crecido de una pareja a una familia, de una familia a un clan. Ahora Dios promete una nación y reyes. El plan se expande pero el Dios detrás del plan no cambia. Su fidelidad no depende de la nuestra. Jacob mintió, manipuló y huyó toda su vida. Dios siguió cumpliendo lo que prometió.

3. Dios construye su pueblo a partir de historias rotas — Mira los nombres de los doce hijos. Nacieron de cuatro mujeres diferentes, en medio de celos y competencias. Rubén deshonró a su padre acostándose con Bilha. Simeón y Leví masacraron una ciudad. Raquel murió en el camino. Nada aquí es perfecto. Y sin embargo, de estas historias imperfectas Dios tejió el fundamento de su pueblo. De Judá vendría David. De David vendría Cristo. Dios no espera familias perfectas para cumplir sus propósitos. Trabaja con lo que hay y hace algo hermoso con ello.

Reflexión y oración

Este capítulo cierra un ciclo. Jacob ha vuelto a la tierra prometida, ha enterrado sus ídolos, ha recibido la confirmación de su nuevo nombre. Las piezas están en su lugar. De aquí en adelante, la historia de un hombre se convierte en la historia de una nación.

¿Hay algo que necesitas enterrar antes de seguir caminando con Dios? ¿Algún ídolo que has cargado demasiado tiempo? Y cuando mires tu propia historia con todas sus imperfecciones, recuerda: el Dios que hizo promesas a Jacob es el mismo que hoy te sostiene. Él no ha cambiado.

Señor, gracias porque eres el mismo ayer, hoy y siempre. Gracias porque tu fidelidad no depende de la nuestra. Ayúdanos a enterrar los ídolos que cargamos y a volver a ti con el corazón limpio. Y cuando veamos nuestras historias rotas, recuérdanos que tú siempre has trabajado con personas imperfectas para cumplir propósitos perfectos. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 35-36, Marcos 6, Job 2, Romanos 6

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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