La guerra terminó y el rey vuelve a casa, y uno esperaría un capítulo de fiesta. Lo que encontramos es otra cosa, un regreso amargo, lleno de cuentas pendientes y de heridas que no cierran por decreto. Así vuelve la vida después de una crisis grande, y este capítulo es de una honestidad enorme sobre eso. Ganar la guerra no repara la casa. Y en medio de tanta amargura, David va a pronunciar las dos palabras más dulces que un culpable puede escuchar.
Entendiendo el pasaje
El capítulo está enmarcado en dos movimientos. El primero es la reprensión de Joab. El rey sigue llorando a Absalón mientras su ejército victorioso entra a la ciudad a escondidas, avergonzado, y Joab irrumpe en la casa con palabras duras y en parte injustas, hoy has avergonzado a los que te salvaron la vida, levántate y habla a tu pueblo o esta noche no te queda ni un hombre. David se levanta y se sienta a la puerta. El reino vuelve a tener rey. El segundo movimiento es el regreso por el Jordán, y el narrador lo arma como un espejo de la huida, los personajes del camino de ida reaparecen en el camino de vuelta. Simei llega primero, con mil benjaminitas, a pedir perdón por las piedras y las maldiciones. Mefiboset baja de Jerusalén sin lavarse la ropa ni arreglarse desde el día en que el rey partió, y por fin se conoce la verdad, Siba lo había calumniado y abandonado. La respuesta de David es un reparto ambiguo que no le hace justicia completa, y el texto lo deja así, sin resolver. Barzilai, el anciano generoso de Mahanaim, acompaña al rey hasta el río y no acepta recompensa. Y el capítulo cierra con Israel y Judá gritándose en la orilla por quién tiene más derecho al rey, una mecha encendida que mañana explota.
Tres verdades bíblicas
1. El duelo verdadero no te exime del puesto que Dios te dio
Joab fue brusco, y su reproche cargaba una amenaza que rozaba la insolencia. Y aun así David lo necesitaba, porque su llanto legítimo estaba dejando huérfano al pueblo que arriesgó la vida por él. Aquí hay una tensión interesante. Hay dolores que dan todo el derecho a llorar, y ninguno da derecho a abandonar a los que dependen de ti. Si estás atravesando un duelo con gente a cargo, hijos o una congregación, llora de verdad y delante de Dios, sin apuro. Y levántate a la puerta, porque tu casa sigue necesitando lo que Dios te encargó. Y prepárate para esto, a veces el que te lo recuerde no lo hará de la manera mas delicada, y aun así tendrá razón.
2. El perdonado perdona
Cuando Simei se postra ante el rey, Abisai vuelve a pedir su cabeza, ahora sí con la ley de su lado. Y David responde con dos palabras que le conocemos de otra parte. No morirás. Son casi las mismas que él escuchó de labios de Natán cuando su propio pecado merecía la muerte, el Señor ha quitado tu pecado, no morirás. El que las recibió de gracia encontró la manera de pronunciarlas sobre el hombre que lo apedreó en su hora más baja. Esa es la matemática del evangelio, perdonen como Dios los perdonó en Cristo. Entonces, si hoy te cuesta perdonar a tu Simei, sospecha primero de tu memoria. La dificultad para perdonar casi siempre es un problema de olvido, el que tiene fresco su propio «no morirás» encuentra cómo decírselo a otro. Vuelve a tu deuda cancelada, y desde ahí mira al que te apedreó.
3. El que conoció la gracia quiere al Rey más que a las tierras
La verdad sobre Mefiboset por fin sale a la luz. Su criado lo calumnió y lo abandonó, y él estuvo de duelo desde el día en que el rey salió de la ciudad. La respuesta de David decepciona, un reparto a medias que no le hace justicia completa, y el texto no lo excusa. Lo que brilla es la respuesta de Mefiboset. Que Siba se quede con todo, ya que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa. El hombre que llegó a la mesa por pura gracia nunca estuvo sentado ahí por las tierras. Tenía al rey, y con eso le bastaba. Examina tu propia fe con esa vara. Si Dios te quitara mañana lo que te ha dado y te quedara solamente Él, la pregunta es si eso te sigue pareciendo suficiente. El corazón alcanzado por la gracia puede perder la herencia sin perder el gozo, con tal de tener al Rey en casa.
El que recuerda su propio «no morirás» encuentra cómo decírselo a otro.
Señor, gracias por las dos palabras que nos salvaron la vida, y perdónanos por lo rápido que las olvidamos cuando alguien nos debe. Sostén a los que hoy lloran con gente a cargo, dales fuerza para levantarse a la puerta. Y danos el corazón de Mefiboset, que te quiere a ti por encima de todas las tierras, porque contigo en casa lo demás se puede soltar. En el nombre de Cristo, amén.
