Un sacerdote antes del sacerdocio

«Entonces Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; él era sacerdote del Dios Altísimo. Y lo bendijo, diciendo: “Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra”.» (Génesis 14:18-19, NBLA)

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Ayer vimos a Lot alzar sus ojos, ver la llanura fértil del Jordán y escoger lo que parecía ser la mejor tierra. Puso sus tiendas cerca de Sodoma sin importarle la reputación de sus habitantes. Hoy las consecuencias de esa decisión llegan con fuerza. Génesis 14 nos presenta una guerra entre reyes, caos en la región, y a Lot llevado cautivo junto con todos sus bienes. La tierra que lucía como el huerto del Edén resultó ser un campo de batalla lleno de pozos de asfalto.

Pero este capítulo no termina en la guerra. Termina en un encuentro misterioso que el Nuevo Testamento retomará siglos después para revelarnos algo extraordinario sobre Cristo.

Entendiendo el pasaje

El capítulo comienza con una lista de nombres difíciles de pronunciar: reyes de ciudades antiguas que forman alianzas y van a la guerra. Cuatro reyes contra cinco. Sodoma y Gomorra caen, y entre los cautivos está Lot con toda su familia y posesiones. Cuando Abraham se entera, reúne a trescientos dieciocho hombres de su casa y sale a rescatarlo. Contra todo pronóstico, vence a los reyes invasores y recupera a su sobrino junto con todo lo que había sido tomado.

Abraham regresa victorioso. Y entonces sucede algo inesperado. Sale a su encuentro Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo. Le trae pan y vino, lo bendice en nombre del Dios creador del cielo y de la tierra, y Abraham le da el diezmo de todo el botín.

¿Quién es este Melquisedec? El texto no nos dice de dónde vino ni quiénes fueron sus padres. Aparece de la nada, bendice a Abraham, recibe su diezmo, y desaparece de la narrativa. Durante siglos su figura permaneció envuelta en misterio. Hasta que el autor de Hebreos la retoma y nos revela su significado.

En Hebreos 7, leemos que Melquisedec es «sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida, hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote a perpetuidad». Y aquí viene lo extraordinario: Cristo es sacerdote «según el orden de Melquisedec», no según el orden de Aarón o de Leví. Todavía faltaban generaciones para que naciera Leví, el bisnieto de Abraham de cuya descendencia vendrían los sacerdotes de Israel. Pero aquí, antes de todo eso, Abraham reconoce a un sacerdote superior. Le da el diezmo y recibe su bendición. El padre de la fe se inclina ante alguien mayor que él.

Melquisedec es una sombra de Cristo. Rey de Salem, que significa «paz». Sacerdote del Dios Altísimo. Trae pan y vino, los elementos que siglos después Jesús usaría para instituir la Cena del Señor. La simiente prometida no solo sería un descendiente que aplastaría la serpiente; sería también un sacerdote que mediaría entre Dios y los hombres. Un sacerdocio superior, eterno, que no dependía de genealogías humanas.

Tres verdades bíblicas

1. Las malas decisiones eventualmente traen consecuencias — Lot escogió Sodoma por lo que sus ojos vieron. Ahora está siendo arrastrado como cautivo de guerra. La tierra fértil se convirtió en campo de batalla. Abraham tiene que arriesgar su vida para rescatarlo. Esto no significa que cada dificultad sea consecuencia de un pecado específico, pero sí nos recuerda que las decisiones tienen peso. Lo que sembramos, cosechamos. Lot sembró en Sodoma y cosechó cautiverio.

2. La simiente prometida sería también sacerdote, y Melquisedec es su sombra — Desde Génesis 3 venimos rastreando la promesa de un descendiente que aplastaría la cabeza de la serpiente. Ahora vemos otra dimensión de esa simiente. Necesitamos más que un guerrero que derrote al enemigo; necesitamos un sacerdote que nos reconcilie con Dios. Melquisedec aparece como anticipo de ese sacerdocio superior. Sin genealogía terrenal, sin principio ni fin, bendiciendo al padre de la fe. Cristo cumple todo esto. Él es nuestro rey de paz y nuestro sacerdote eterno.

3. La fe verdadera reconoce a Cristo como superior — Abraham era el hombre de las promesas, el padre de naciones, el amigo de Dios. Y sin embargo, se inclina ante Melquisedec, le da el diezmo, recibe su bendición. La fe genuina no se exalta a sí misma; reconoce que hay alguien mayor. Hoy nosotros nos inclinamos ante Cristo, no porque seamos obligados, sino porque reconocemos que él es digno. Él es el sacerdote que satisfizo nuestra necesidad con su propio cuerpo y su propia sangre, prefigurados en aquel pan y vino que Melquisedec trajo a Abraham.

Reflexión y oración

Génesis 14 está lleno de reyes y batallas que apenas recordamos. Pero Melquisedec permanece. Su aparición breve y misteriosa resuena a través de toda la Escritura hasta llegar a Cristo. En medio del caos de este capítulo, en medio de guerras y rescates, Dios coloca una señal que apunta hacia el sacerdote perfecto que vendría. Hoy tenemos acceso a ese sacerdote. No necesitamos otro mediador. Cristo intercede por nosotros perpetuamente, según el orden de Melquisedec.

Señor Jesús, te reconocemos como nuestro sacerdote eterno. Gracias porque no necesitamos otro mediador; tú has abierto el camino al Padre. Gracias por el pan y el vino que nos recuerdan tu cuerpo entregado y tu sangre derramada. Como Abraham se inclinó ante Melquisedec, nosotros nos inclinamos ante ti, porque eres digno de toda honra. Amén.

Lecturas del plan

Génesis 14, Mateo 13, Nehemías 3, Hechos 13

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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