Llevamos tres días siguiendo a Balaam, ese adivino contratado para maldecir que solo logra bendecir. Hoy llegamos a la cumbre de toda la historia. Balac todavía espera su maldición, sube a Balaam a un cuarto monte, y lo que sale de la boca del vidente alcanza más lejos que cualquier bendición anterior. Es un anuncio del futuro lejano, una profecía sobre un Rey que vendría. Hoy abrimos Números 24, donde un hombre que no amaba a Dios termina anunciando al Mesías.
Entendiendo el pasaje
El capítulo recoge los dos últimos oráculos de Balaam. En el tercero, Balaam ya ni siquiera recurre a su brujería habitual. El texto dice que vino sobre él el Espíritu de Dios, y pronuncia una descripción de la abundancia que Israel disfrutaría en la tierra, agua, cosechas, seguridad, un reino. Balac estalla de furia, le ordena irse, le reclama el dinero perdido. Pero antes de marcharse, Balaam suelta un cuarto oráculo que nadie le pidió. Y ahí aparece la línea que atravesaría siglos, «una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel».
En el mundo antiguo, la estrella y el cetro eran imágenes de realeza. Balaam estaba anunciando un Rey. Israel vio un primer cumplimiento en David, trescientos años después. Pero los maestros de Israel pronto entendieron que la profecía apuntaba más lejos, al Mesías. Y el Nuevo Testamento lo confirma. Los magos del oriente siguieron una estrella hasta Belén buscando al Rey de los judíos, y el mismo Jesús, en el último capítulo de la Biblia, se llama a sí mismo «la estrella resplandeciente de la mañana». La profecía que Balaam pronunció sin entenderla del todo encontró su cumplimiento en Cristo.
Tres verdades bíblicas
1. Dios anunció a su Mesías por la boca menos digna de pronunciarlo
Detente a pensar en lo que está pasando aquí. Una de las profecías mesiánicas más claras del Antiguo Testamento, el anuncio de la estrella y el cetro, la pieza que conecta con la estrella de Belén y con el título que Cristo se da a sí mismo en Apocalipsis, no salió de la boca de Moisés, ni de un sacerdote consagrado, ni de un profeta fiel. Salió de la boca de Balaam, un adivino pagano de Mesopotamia, contratado para maldecir al pueblo de Dios, codicioso hasta el último día de su vida. Dios tomó ese instrumento sucio y pronunció por él una palabra limpia y eterna. Esto habla de cómo trabaja Dios. El valor del mensaje no depende de la dignidad del mensajero. Dios es tan soberano que puede poner verdad mesiánica en labios paganos sin que esa verdad se contamine, y tan generoso que se asegura de que su pueblo sea consolado aunque el canal sea improbable. Si Dios pudo anunciar a Cristo por la boca de Balaam, no subestimes los caminos por los que Él puede hacer llegar su verdad hasta ti.
2. Que Cristo sea anunciado es motivo de gozo, aunque el que lo anuncie no lo ame
Siglos después, el apóstol Pablo se encontró en una situación parecida. Estaba preso, y desde la cárcel veía que algunos predicaban a Cristo con buenas intenciones, pero otros lo hacían por envidia, por rivalidad, buscando hacerle daño a él mientras estaba encadenado. Pablo pudo haberse amargado. En cambio escribió una de las frases más libres del Nuevo Testamento, «¿qué importa? No obstante, de todas maneras, sea de pretexto o de verdad, Cristo es proclamado; y en esto me regocijo». Eso es exactamente lo que vemos en Números 24. Balaam no amaba a Dios, su corazón seguía con Balac y con el pago. Pero Cristo fue anunciado por su boca, y el pueblo de Dios salió fortalecido. Hermano que me escuchas, aprende esta libertad. Cuando escuches que Cristo es predicado, gózate en el mensaje aunque tengas preguntas legítimas sobre el mensajero. El tesoro del evangelio no se ensucia por las manos que lo cargan. Lo que importa es que la estrella sea señalada, y que alguien levante la vista y la siga.
3. Cuidado con conocer el evangelio de memoria y tener el corazón frío
Y sin embargo, hay un lado oscuro en esta historia que no podemos pasar por alto. Balaam vio la visión del Todopoderoso. Habló del Mesías. Pronunció bendiciones verdaderas, profecías que se cumplieron al pie de la letra. Tuvo en su boca más teología correcta que muchos creyentes. Y aun así, pocos capítulos después, Balaam muere bajo el juicio de Dios, porque su corazón nunca se rindió. Tenía el evangelio en la lengua y la muerte en el pecho. Jesús advirtió sobre esto con palabras que deberían quitarnos el sueño, «no todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Se puede saber teología, citar profecías, reconocer a Cristo con la boca, sonar impecable, y estar lejos de Él con el corazón. La pregunta de hoy, la que conecta con lo que vimos ayer, no es cuánto sabes del evangelio. Es si el evangelio te tiene a ti. Balaam conoció la luz y murió en tinieblas. Que no sea tu caso.
Reflexión y oración
Balaam vio la estrella de lejos y nunca caminó hacia ella; los magos vieron la misma estrella y dejaron todo para seguirla. Ver la luz no salva a nadie, lo que salva es caminar hacia ella hasta postrarse ante el Rey.
Padre nuestro, gracias porque tu plan de enviar a Cristo era tan firme que ni la boca de un adivino pagano pudo torcerlo, solo anunciarlo. Gracias por la estrella de Jacob, por el cetro de Israel, por el Rey que vino a Belén y que vendrá otra vez. Guárdanos de ser como Balaam, de tener tu verdad en los labios y la frialdad en el corazón. No nos dejes contentarnos con ver la estrella de lejos. Llévanos hasta Cristo y póstranos ante Él, para que nuestra boca y nuestro corazón te pertenezcan por completo. En el nombre de Cristo, nuestra estrella resplandeciente de la mañana, amén.
