Llegamos al final. Josué, ya al borde de la muerte, reúne a todo Israel en Siquem para un último acto. Y el lugar no es casualidad. Siquem fue donde Abraham puso el pie al llegar a Canaán, siglos atrás, cuando todo esto era apenas una promesa. Es también donde el pueblo renovó el pacto recién cruzado el Jordán. Josué cierra el círculo justo donde empezó todo. Antes de despedirse, quiere dejar a su pueblo frente a una sola pregunta, ¿a quién van a servir?
Entendiendo el pasaje
Para sentir el peso de este momento, recordemos de dónde venimos. El libro empezó con una orden, «levántate y pasa este Jordán» (1:2), y desde ahí avanzó en tres tramos, que fuimos recorriendo. Entrar a la tierra, con el cruce del río en seco y la caída de Jericó. Conquistarla, campaña tras campaña del sur al norte, hasta que la tierra descansó de la guerra. Y repartirla como herencia, tribu por tribu, con las ciudades de refugio, la porción de los levitas y los discursos de despedida. De un pueblo a la orilla de un río a un pueblo asentado en su tierra. Todo eso está detrás de la escena de hoy.
Y en Siquem, Josué hace tres cosas. Cuenta la historia de una manera muy particular (24:2-13), pone al pueblo a decidir (24:14-15), y sella un pacto levantando una gran piedra como testigo antes de enviarlos a casa. Poco después muere, a los ciento diez años, y el texto lo despide con el título que resume su vida entera, «siervo del Señor» (24:29).
Tres verdades bíblicas
1. Todo fue gracia
Fíjate cómo la cuenta. En su repaso, el que hace todo es Dios. «Yo tomé a vuestro padre Abraham», «yo os saqué de Egipto», «yo os entregué la tierra». Y lo remata con una frase que lo dice todo, «os di una tierra por la cual no trabajasteis, y ciudades que no edificasteis» (24:13).
Ese es el resumen de todo el libro, y de toda la Biblia. Lo que Israel tenía en las manos no lo había ganado, lo había recibido. Cada victoria fue Dios peleando por ellos, cada pedazo de tierra fue un regalo. Y con nosotros es igual. Todo lo que somos delante de Dios es gracia, algo que no trabajamos ni merecimos. Empezar por ahí nos pone en el lugar correcto, el del que recibe, no el del que cobra.
2. Escoge hoy a quién servir
La gracia no deja al que la recibe con los brazos cruzados. Pide respuesta. Por eso Josué, después de recordarles todo lo que Dios hizo, los pone contra la pared, «escojan hoy a quién van a servir» (24:15). No sirve una fe de inercia, la que se hereda sin más o la que se profesa a medias. Hay que decidir, y decidir hoy. Y Josué no les pide nada que él no haga primero, «yo y mi casa serviremos al Señor». Empieza por su propia casa, porque la fidelidad a Dios no se queda en un discurso para los demás, arranca en el hogar de uno.
Cuando el pueblo responde que sí, Josué les contesta, «no podrán servir al Señor» (24:19). No los está desanimando. Les está diciendo que esto es en serio, que servir a Dios es un pacto que reclama el corazón entero y no una emoción pasajera. Los quería decididos con los ojos abiertos, no entusiasmados a la ligera o solo con al emoción superficial.
3. El siervo que apunta al Siervo
Y llegamos así al final de la vida de Josué, y por lo tanto al final de la serie de devocionales en este emocionante libro. A Josué se le despide como «siervo del Señor» (24:29). Toda su vida cabe en esa palabra, siervo. Llevó al pueblo a la tierra prometida y le dio descanso de sus enemigos. Cumplió su misión.
Pero hubo algo que este Josué no pudo dar. El descanso que consiguió quedó incompleto, siempre faltaba tierra, siempre faltaba pelea. Por eso Hebreos dice que si Josué les hubiera dado el verdadero reposo, Dios no habría hablado de otro día (Heb 4:8-9). Josué también fue una sombra, un anticipo. El Josué mayor, Jesús, es quien de verdad mete a su pueblo en el descanso definitivo, un descanso que ya no se pierde.
Y ahí se responde el «escojan hoy». Podemos escoger servir a Dios porque el Siervo mayor nos sirvió primero. No llegamos a él por nuestra fuerza, llegamos porque él vino a buscarnos, peleó nuestra batalla y nos aseguró la herencia. Servimos, no para ganarnos nada, sino como respuesta a Aquel que ya lo ganó todo por nosotros. El libro se cierra diciendo que Israel sirvió al Señor todos los días de Josué (24:31).
Pero mañana abrimos Jueces, y veremos que la generación siguiente olvidó, y que el pacto que hoy juran con firmeza se romperá una y otra vez. Esa historia, con sus caídas, nos dejará una certeza, que necesitamos un Salvador que no falle donde nosotros fallamos. Un mejor y verdadero Salvador.
Reflexión y oración
La gran lección del libro cabe en una línea, todo fue gracia, y a esa gracia se le responde escogiendo hoy servir al Dios que nunca ha fallado.
Padre, gracias por todo este recorrido por el libro de Josué, donde nos mostraste que de principio a fin la historia la escribiste tú, por pura gracia. Como aquel siervo tuyo, hoy queremos decir delante de todos, yo y mi casa serviremos al Señor. Sabemos que por nuestras fuerzas no podríamos, y por eso ponemos los ojos en Jesús, el Josué mayor, que nos sirvió primero y nos aseguró un descanso que no se pierde. Guárdanos fieles en el camino que sigue, y que nunca olvidemos lo que has hecho por nosotros. En el nombre de Cristo, amén.
