Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 1:1-7
No cabe duda de que la carta a los Romanos tiene una relevancia significativa para la iglesia, como el resto de las Escrituras, pero esta en particular ha sido considerada por cristianos a lo largo de los siglos como un resumen de las verdades centrales del evangelio. Para muchos, Romanos ha sido la puerta por la que han entrado al evangelio; para otros, una fuente de esperanza y un compendio de argumentos sobre en qué creer y cómo vivir lo que se cree.
Romanos no tiene un único tema con el que pueda identificarse. Aquí se habla de justificación por fe, de la condición caída del hombre, del alcance de la obra de Cristo, de nuestra batalla entre la carne y el Espíritu, de la importancia de ser considerados el pueblo de Dios; pero hay un tema que aparece como un hilo dorado atravesando el centro de todo ese lienzo colorido: el evangelio. Podríamos decir que Romanos es eso, una carta sobre el evangelio. Sobre la buena noticia de cómo el Señor nos ha salvado para que ahora vivamos como un pueblo, sintiendo una misma cosa, viviendo para Dios y viviendo los unos para los otros.
De allí toma nombre y título nuestra serie: Por fe y para fe. A riesgo de ser simplista, Romanos trata acerca de creer por fe en el evangelio y vivirlo por fe como Su pueblo.
Algo importante que quisiera quitar y al mismo tiempo poner en sus mentes antes de entrarnos a los versículos que hoy nos competen: espero, a lo largo de todas las semanas y meses que vienen, convencerlos de que Romanos no es un tratado de teología sistemática y espero persuadirlos de que debemos acercarnos a esta carta con un corazón sencillo, esperando no solo ser instruidos en verdades teológicas que me ayuden a parecer más sabio y conocedor, sino más aún, esperando amar más a Cristo y amarnos más los unos a los otros. Después de todo, esto es una carta a una iglesia con unas características particulares y su propósito fue hablar a personas, como tú y como yo, y no ser solo un libro grande que exhibimos en nuestra biblioteca para que quienes nos visiten puedan ver lo inteligentes que somos.
En la mañana de hoy consideraremos los versos 1-7, donde presentaremos los elementos alrededor de los cuales gira esta carta: Pablo, un apóstol, el glorioso evangelio que proclamaba y la iglesia a la cual se dirigía.
Y espero que se lleven en sus mentes esta idea:
El evangelio es suficiente para hacernos aptos y santos.
Y vamos a explorar esta idea a la luz de los siguientes encabezados:
- Pablo: un apóstol apto (v. 1)
- El evangelio: un mensaje suficiente (vv. 2-4)
- Los destinatarios: una iglesia santa (vv. 5-7)
1. PABLO: UN APÓSTOL APTO (v.1)
Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios.
Esta carta fue escrita desde Corinto, alrededor del año 57 después de Cristo, durante el tercer viaje misionero de Pablo. Han pasado más de veinte años desde su conversión en el camino a Damasco. Es un hombre maduro, un veterano del evangelio que escribe a una iglesia que él nunca fundó y que hasta ahora nunca ha visitado. Aun así, se dirige a ellos con la autoridad que le da el evangelio mismo, porque el evangelio pertenece a Dios y por eso tiene algo que decirle a toda iglesia en todo lugar.
Fíjense cómo se presenta: siervo, llamado, apartado. Tres palabras que lo definen enteramente por su relación con Cristo. Es un doulos, un esclavo de Jesucristo. Es llamado a ser apóstol. Y es apartado para el evangelio de Dios.
Esa palabra “apartado” es fascinante. En griego es aphorismenos, y tiene una implicación importante: Pablo era fariseo, y la palabra pharisaios viene de una raíz que también significa “separado”. Como fariseo, Pablo se había separado de la gente para ser santo. Ahora, como apóstol, Dios lo aparta para el evangelio, es decir, para ir hacia la gente. La gracia tomó esa misma disposición de consagrarse y la redirigió por completo.
Porque, fíjense, Pablo siempre conecta su apostolado con la gracia de Dios. En otro lugar dice: “Yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:9-10). Y a Timoteo le escribe: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Es decir que la aptitud de Pablo como apóstol descansa por completo en la gracia. El perseguidor fue hecho predicador porque Dios así lo quiso, y fue constituido apóstol para el evangelio de Dios — su vida entera quedó reorientada hacia una misión mucho más grande que él.
Hermanos, eso es lo que hace la gracia: te hace apto. Lo que Dios hizo con Pablo es extraordinario en su escala, pero la gracia que obró en él es la misma que obra en nosotros. Puede que ninguno de nosotros llegue a ser el apóstol Pablo, pero cada uno de nosotros ha experimentado esa misma gracia de Dios en Cristo. Y esa gracia también nos aparta para algo, también nos da un propósito y una dirección. Por la gracia de Dios somos lo que somos y eso impulsa un servicio con gratitud.
Así que piensa por un momento: ¿cómo te defines hoy? ¿Todavía te estás presentando por lo que fuiste, por tus limitaciones? Lo que somos y lo que hacemos está marcado por la gracia que nos ha redimido; ella nos da identidad y nos apunta a un propósito. Porque la gracia tiene algo que decir sobre quién eres ahora.
Veamos ahora más detalles de ese evangelio que Pablo menciona, para el cual fue apartado.
2. EL EVANGELIO: UN MENSAJE SUFICIENTE (vv.2-4)
Que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos.
Ya conocimos al mensajero: un hombre apartado por gracia. Ahora Pablo quiere que conozcamos el mensaje. Y lo primero que hace es darle raíces. Este evangelio, dice, fue prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras. Es decir, lo que Pablo predica no es una novedad que se le ocurrió en el camino a Damasco. Cuando Pablo anuncia a Cristo, está anunciando lo que Moisés, Isaías y David ya anticipaban. El evangelio tiene historia, tiene profundidad, viene de lejos.
Y en el centro de ese evangelio está una persona. Pablo pudo haber definido el evangelio como un sistema de creencias, un código moral, un programa de transformación personal. Pero lo define como un mensaje acerca de su Hijo. El evangelio es Jesús. Esa convicción es la que va a sostener todo el argumento de la carta, porque más adelante Pablo va a decir que este evangelio es aquello de lo que no se avergüenza, porque es poder de Dios para salvación (1:16). Lo que resume aquí en dos versículos lo va a desplegar a lo largo de dieciséis capítulos.
Ahora, Pablo presenta a este Hijo desde dos ángulos que vale la pena observar: del linaje de David según la carne y declarado Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos. Pablo está mostrando quién es Cristo en toda su plenitud. Por un lado, es el descendiente de David, el cumplimiento de la promesa mesiánica que Israel esperaba — un hombre en toda la plenitud, de carne y hueso, insertado en la historia. Por otro lado, fue declarado Hijo de Dios con poder por la resurrección. Esa palabra “declarado” es importante: la resurrección no lo convirtió en Hijo de Dios, lo manifestó públicamente como tal. La resurrección es la vindicación de lo que Cristo siempre fue.
Entonces, para Pablo, el evangelio es algo muy concreto: la noticia de cómo Dios resolvió el problema del pecado enviando a su Hijo al mundo. Un descendiente de David que vivió, murió y resucitó. Un evento en la historia que traería consecuencias para la eternidad, tanto para los que creen como para los que rechazan.
Y esto es lo que quisiera que grabemos en nuestras mentes esta mañana: Pablo le está recordando el evangelio a una iglesia que ya cree. Puede parecer elemental, pero hay una razón pastoral detrás. Una iglesia que deja de poner el evangelio en el centro empieza a buscar su identidad en otras cosas — en sus preferencias, en sus tradiciones, en quién tiene razón sobre qué. Y cuando eso pasa, las divisiones crecen. El mensaje de Cristo es lo más importante que una iglesia puede tener presente, porque es lo único suficiente para mantenerla unida.
Pero fíjense en algo que Pablo hace en el verso 5: dice que por medio de él — es decir, por medio de este Cristo resucitado — recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones, entre las cuales están también ustedes. ¿Escuchan eso? Entre las cuales están también ustedes. Pablo los incluye. Este evangelio glorioso, prometido desde el Antiguo Testamento, centrado en el Hijo de Dios, los alcanza a ellos también. Y eso nos lleva a preguntarnos: ¿quiénes eran exactamente estas personas a las que Pablo les escribe?
3. LOS DESTINATARIOS: UNA IGLESIA SANTA (vv.5-7)
…llamados de Jesucristo; a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Estas personas a las que Pablo les escribe no son figuras abstractas. Son personas con nombre y apellido en una ciudad concreta, y el mensaje de Romanos no puede entenderse si perdemos de vista quiénes eran y qué estaban viviendo. Porque Romanos no se escribió al aire. No se escribió para concentrar un compendio de doctrinas que pudiéramos organizar en categorías teológicas. Romanos es una carta, y eso es importante tenerlo en mente hoy y a lo largo de toda la serie.
Roma era la ciudad más estratégica del mundo antiguo, y su iglesia probablemente fue fundada por judíos creyentes que regresaron después de Pentecostés. Sabemos por el libro de los Hechos que había judíos de Roma presentes aquel día (Hechos 2:10). Así que esta iglesia nació con un carácter marcadamente judío. Pero alrededor del año 49, el emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma — Lucas mismo lo menciona cuando habla de Priscila y Aquila (Hechos 18:2). Y durante esos años de ausencia, la iglesia siguió creciendo, ahora bajo el liderazgo de creyentes gentiles, con sus propias costumbres, sus propias formas de adorar, su propia cultura de fe. Cuando los judíos regresaron después de la muerte de Claudio, se encontraron con una iglesia que ya no se parecía a la que habían dejado. Y eso generó tensiones profundas. Unos sentían que les habían cambiado la fe; otros sentían que los recién llegados querían imponerles la suya.
Es en ese contexto donde Romanos cobra vida como carta. Porque si la leemos con estos lentes, empezamos a ver cómo Pablo aborda esa tensión a lo largo de todo su argumento.
En los capítulos 1 y 2 les dice: todos son pecadores, judíos y gentiles por igual.
En el capítulo 3: todos necesitan al mismo Salvador. En los capítulos 4 y 5: todos han recibido la misma justicia, la misma gracia.
En el capítulo 8: todos viven por el mismo Espíritu.
E incluso en los capítulos prácticos, del 12 al 15, Pablo sigue abordando esas disputas: el débil y el fuerte, la comida, los días, cómo tratarse los unos a los otros. Todo apunta en la misma dirección.
Entonces esta es una carta para una iglesia que estaba en peligro de dividirse. La iglesia de la ciudad más importante del mundo antiguo, la iglesia más estratégica, estaba fracturándose por dentro. Ahora empezamos a entender el interés particular de Pablo en visitarlos, algo que exploraremos en las próximas semanas.
Pero lo que quiero que veamos ahora es cómo Pablo se dirige a ellos en estos versículos. Miren las palabras que usa: amados de Dios, llamados a ser santos. A una iglesia dividida, Pablo le recuerda que todos ellos son amados por el mismo Dios y llamados con el mismo llamamiento. La santidad que comparten viene de Dios, y eso los hace un solo pueblo.
Hermanos, eso tiene mucho que decirnos. Romanos se escribe para recordarnos como iglesia que nadie es mejor creyente que otro. No existen creyentes de segunda categoría.
Romanos se escribe para advertirnos que tenemos el peligro de idolatrar nuestras tradiciones, nuestras preferencias, nuestra forma particular de vivir la fe, y poner en riesgo la iglesia de Cristo por cosas que al final no son el evangelio.
Romanos se escribe para recordarnos que somos el pueblo de Dios, santos por su llamado, pero todavía susceptibles a los estragos del pecado, incluyendo el pecado de la división.
Romanos se escribe para llamarnos a mirar a Cristo y mantenernos unidos, a concebir el evangelio como nuestro centro para no perder de vista que nos pertenecemos los unos a los otros.
Hoy hemos abierto esta carta y en apenas siete versículos Pablo nos ha mostrado tres cosas. Nos mostró a un hombre que fue hecho apto por la gracia — un perseguidor transformado en apóstol. Nos mostró un evangelio que es suficiente — prometido desde la antigüedad, centrado en el Hijo de Dios, con poder para alcanzar a todas las naciones. Y nos mostró una iglesia que fue hecha santa por ese mismo evangelio — personas, con tensiones, pero amadas por Dios y llamadas con un mismo llamamiento.
El evangelio es suficiente para hacernos aptos y santos.
Puede que hoy, amigo, no te sientas ni apto ni santo. Puede que estés aquí esta mañana cargando un peso que no sabes cómo soltar, sintiéndote descalificado, lejos de Dios. Pero escucha lo que estos versículos nos han dicho: el evangelio capacitó a Pablo — al perseguidor de la iglesia, al primero de los pecadores — y lo hizo apóstol. Ese mismo evangelio separó a esta iglesia en Roma para ser pueblo de Dios, con todas sus fracturas y tensiones. Ese mismo evangelio del Señor Jesucristo es el que hoy te está hablando a ti. Y lo que te dice es que en Cristo puedes ser ambas cosas: apto y santo. Ven a Cristo hoy. Él es suficiente.
Eso es lo que Pablo quiso que los romanos entendieran, y es lo que nosotros necesitamos entender al comenzar esta serie. Puede que este no haya sido el sermón más práctico que escuchen en mucho tiempo, pero les aseguro que lo que hemos puesto sobre la mesa hoy es el fundamento de todo lo que viene. Porque en las próximas semanas vamos a caminar con Pablo por esta carta y vamos a ver cómo el evangelio toca cada área de nuestra vida: nuestra condición de pecado, nuestra justificación, nuestra lucha diaria, nuestra esperanza y nuestra vida juntos como pueblo de Dios.
Así que vengan con hambre, vengan con expectativa y, sobre todo, vengan dispuestos a dejarse transformar por el evangelio que hizo apto a Pablo y que nos ha hecho santos a nosotros.
