Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 1:1-7
Texto bíblico: Romanos 1:1-7Todos hemos experimentado alguna vez ese deseo intenso por estar en algún lugar. Quizá después de un viaje largo, el deseo de ver a la familia que dejamos esperando. O ese lugar que admiramos desde niños y que un día, cuando se abre la mínima posibilidad de visitarlo, empieza a ocupar cada rincón del pensamiento. El corazón se adelanta al cuerpo, y uno ya está allá mucho antes de llegar.
Algo parecido le pasa a Pablo con esta iglesia en Roma. Lo vamos a leer en estos versículos. Pero con una diferencia notable: el motivo de Pablo no era turismo ni nostalgia. Su deseo de estar con ellos tenía que ver con compartir el evangelio con una iglesia que se había convertido para él en un motivo de gratitud.
La semana pasada abrimos esta carta y vimos tres cosas: conocimos a Pablo, un apóstol hecho apto por la gracia; conocimos el evangelio, un mensaje suficiente centrado en el Hijo de Dios; y conocimos a los destinatarios, una iglesia santa en medio de tensiones reales entre judíos y gentiles. Hoy Pablo va a abrir su corazón y nos va a dejar ver qué sentía por esta iglesia y por qué estaba tan decidido a visitarlos.
Y lo que espero poder persuadirlos esta mañana es de esto:
Anunciar el evangelio debe ser un deseo y también una necesidad.
Vamos a explorar esta idea en dos partes:
- El deseo de anunciar el evangelio (vv. 8-10)
- Las razones para anunciar el evangelio (vv. 11-15)
1. EL DESEO DE ANUNCIAR EL EVANGELIO (vv. 8-10)
Romanos 1:8-10 (RVR1960:
Primeramente, doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo. Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu, en el evangelio de su Hijo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones, rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros.
Pablo empieza con gratitud. Dice “primeramente, doy gracias a mi Dios”, y dado que en el resto del pasaje no aparece un “en segundo lugar”, es posible que esta sea una referencia a algo prioritario en su mente, algo que siempre estaba presente. De hecho, este patrón de comenzar con acción de gracias aparece en casi todas sus cartas. Pero lo que llama la atención aquí es el motivo, porque Pablo da gracias por una iglesia que él no plantó, que no conoce personalmente. La razón de su gratitud es que es obra del Señor, y eso le basta. Detrás de esto hay una mentalidad que haríamos bien en cultivar, y es la de alegrarnos no solo por aquello en lo que participamos directamente, sino por todo lo que contribuye al avance del Reino de Dios.
Y fíjense por qué da gracias: porque la fe de esta iglesia se divulga por todo el mundo. Recordemos lo que vimos la semana pasada: esta era una iglesia con tensiones internas entre judíos y gentiles. Pero Pablo no habla de la fe de los judíos de Roma o de la fe de los gentiles de Roma. Habla de la fe de la iglesia en Roma. Como si dijera: con todo y sus diferencias, lo que el mundo ve desde afuera es una iglesia que cree. Incluso con nuestras tensiones, la iglesia es una y debería comunicar ese testimonio al mundo.
Luego Pablo dice algo que revela mucho de quién era. “Dios, a quien sirvo en mi espíritu, en el evangelio de su Hijo, me es testigo de que sin cesar hago mención de vosotros en mis oraciones”. Esa expresión “en mi espíritu” podría referirse a la intensidad de su servicio — otras versiones traducen “con todo mi corazón”— o a la obra del Espíritu Santo de la que ya habló en los versículos anteriores. En cualquier caso, lo que vemos es a un hombre que oraba constantemente por esta iglesia. Los mencionaba siempre, sin cesar.
Y lo que pedía era que Dios le concediera, por su voluntad, poder visitarlos. Esa frase “por la voluntad de Dios” es más importante de lo que parece. Pablo tenía un deseo ardiente de ir a Roma, pero no daba por sentado que haciendo la obra de Dios recibiría automáticamente todo lo que deseaba. Presentaba ese anhelo ante el Señor y lo dejaba en sus manos. Cuando uno piensa en todo lo que Pablo logró — las iglesias que plantó, los viajes que emprendió, las cartas que escribió — uno no se imagina a alguien tan granular en su dependencia de Dios. Pero aquí lo vemos: incluso algo tan noble como visitar una iglesia era algo que él sometía a la voluntad del Señor.
Orar es eso, hermanos. Es rendir nuestra vida al completo señorío de Cristo. Pablo no se llama doulos, esclavo de Cristo, como veíamos la semana pasada, solo como título. Su vida entera estaba en las manos del Señor, y sus planes también.
2. LAS RAZONES PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO
(vv. 11-15)
Romanos 1:11-15 (RVR1960):
Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí. Pero no quiero, hermanos, que ignoréis que muchas veces me he propuesto ir a vosotros (pero hasta ahora he sido estorbado), para tener también entre vosotros algún fruto, como entre los demás gentiles. A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.
Habiendo visto entonces la declaración de intención y el deseo de Pablo de visitar esta iglesia, y cómo entendía que eso estaba en la sola potestad del Señor, veamos ahora cuáles eran los motivos. Y quiero pedirles que presten atención a esto porque nos muestra mucho de por qué se terminó escribiendo esta carta.
En realidad, no podríamos hablar de diversos motivos, sino de uno que se expresa de distintas maneras, y ese motivo es compartirles y anunciarles el evangelio.
En primer lugar, Pablo quería compartirles un don para su afirmación. Esa expresión “comunicaros algún don espiritual” muestra que Pablo entendía que había recibido algo del Señor que sabía que sería de provecho para ellos. La palabra “algún” es interesante porque se refiere a algo mucho más general que los dones listados en 1 Corintios 12 u otras listas. Pablo está pensando en algo más amplio, en cómo su propia experiencia de conversión, sus años de recorrido en el ministerio, podían ser útiles para edificar a esta iglesia. Recordemos que Pablo fue un judío a quien Dios llamó para ministrar a los gentiles, así que está pensando en cómo esa experiencia particular puede beneficiar a una congregación que necesitaba entender cómo judíos y gentiles caben juntos en el pueblo de Dios.
En segundo lugar, Pablo quería también recibir de ellos. Y esto es notable. Antes de que alguien piense que Pablo estaba sobreestimando sus capacidades — más adelante en la misma carta dirá que nadie debe tener un concepto de sí mismo más alto del que debe tener—, añade que está convencido de que la visita también le traería fruto a él. Pablo era consciente de lo tremendamente provechosa que es la comunión con otros hermanos, y estaba dispuesto a poner sus dones a disposición de otros tanto como a recibir de ellos. Todos somos indispensables en la iglesia porque todos estamos llamados a ministrarnos los unos a los otros.
En tercer lugar, Pablo quería obtener fruto entre ellos. Es posible que algunos en Roma tuvieran cierta expectativa de que Pablo les visitara; al final de la carta saluda a muchos que batallaron con él en el evangelio, y Pablo les deja en claro que la razón de no haber ido no es desinterés, sino que el Señor no se lo ha permitido. Sabemos por Hechos 19:21 y 23:11 que Pablo tenía este viaje en mente y en sus planes desde hacía tiempo. Pero como ya mencionamos, las cosas no siempre salen en el tiempo que queremos ni de la manera que queremos, sino en el tiempo y la manera de Dios. Y lo que Pablo esperaba de esta visita era “algún fruto”, posiblemente más convertidos o la confirmación de los que ya estaban, trayendo unidad entre ellos, como había sido su labor entre otras iglesias gentiles. Como bien señalaría un pastor comentando esta carta (Sugel Michelén): de no haber sido por esa espera, no tendríamos hoy la epístola a los Romanos.
Pero quizás la expresión más fuerte de todo este pasaje viene en el verso 14: “Soy deudor”. Deudor a griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios. Pablo no está pensando solo en los que tienen cultura y educación, sino también en aquellos que la sociedad consideraba bárbaros, personas sin formación. La Reina Valera del 60 captura la fuerza de esta palabra con más claridad: soy deudor. Se parece a otras expresiones que Pablo usa en otros lugares: “me es impuesta necesidad” y “¡ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Corintios 9:16). Pablo se está refiriendo a una necesidad imperiosa de que Cristo sea dado a conocer, porque el evangelio trae salvación al perdido y da gloria a Dios.
Como él mismo escribe en otra carta: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación… Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: “Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:17-20). Somos deudores de esas dos cosas. No a Dios, porque la salvación no se puede pagar, pero sí a la realidad de que otros como nosotros, cuando estábamos sin Cristo, están perdidos y lejos de Dios y necesitan conocer al Salvador. Y porque todo eso hace que Cristo sea más hermoso.
Aplicaciones
Puede ser que estas cosas que hemos mencionado se vean como algo exclusivo del apóstol Pablo, y que al tratarse de una narración, pensemos que no tienen aplicación para nosotros solo porque no podemos simplemente decir “¡Sé cómo Pablo!”. Es cierto que no podemos tomar este pasaje y aplicarlo de manera directa, porque eso no sería una buena forma de interpretar el texto. Pero sí podemos ver que esta forma de proceder del apóstol se encuentra respaldada por la enseñanza general de las Escrituras y es, por tanto, un llamado para nosotros. Como señala el comentarista Douglas Moo en su comentario a Romanos:
“Un procedimiento más sano consiste en examinar con detalle las narraciones en vista del resto de la Escritura, y sacar conclusiones solo cuando la enseñanza específica o principios generales que aparecen en otros lugares de la Biblia legitiman su aplicación”.
Así pues, con eso en mente:
• Todos nosotros en alguna medida tenemos algo que aportar a la edificación del cuerpo de Cristo. Dios nos ha equipado y cumplimos una función, y ninguna de esas funciones es más o menos importante que otra porque todas contribuyen al propósito de dar gloria a Dios.
• Debemos estar dispuestos a dar en la misma medida en que lo estamos de recibir. Nadie en la iglesia es imprescindible y nadie en la iglesia es todo suficiente. Nos necesitamos los unos a los otros. Aunque Pablo era un apóstol con una vasta experiencia, estaba convencido de que en la comunión con los hermanos él sería también confortado. Hemos sido diseñados para madurar en la medida en que fortalecemos nuestra vida de comunión unos con otros.
• Algo llamativo de este deseo de Pablo es ver cómo muchas veces dice haber sido impedido para ir a Roma. No sabemos a ciencia cierta qué era lo que le impedía ir, pero nos muestra que la voluntad de Dios no siempre es que todo salga cuando y como lo espero. A veces el plan del Señor es esperar.
• Todos, al igual que Pablo, tenemos la imperiosa necesidad de compartir el evangelio con otros, porque eso es lo que Dios usa para salvar a los perdidos y lo que trae gloria a su nombre. Si no nos vemos en esa necesidad, debemos revisar si realmente hemos entendido lo que significa haber sido salvados. El mismo asombro por lo que Dios ha hecho al rescatarnos debe empujarnos a compartir con otros esa buena noticia. ¡Ay de mí si no predico el evangelio!. Nos es impuesta esa necesidad.
• La predicación del evangelio no se limita a cierto grupo de personas. La oferta de salvación es algo que Dios extiende a toda criatura: personas de toda clase social, posición económica, apellido, educación. Debemos activamente buscar oportunidades para compartir el evangelio siempre y en todo momento.
Hemos visto entonces que la necesidad de compartir el evangelio no es algo exclusivo de Pablo. Es algo que resulta de Dios mismo, la consecuencia natural de nuestra salvación. Queremos ver a otros viniendo a Cristo y a Dios recibiendo gloria por eso.
Pero esto no tiene que ver con la evangelización exclusivamente. Después de todo, Pablo planeaba compartir el evangelio a una iglesia de salvos. Porque el evangelio también es proclamado cuando convivimos unos con otros, en una cultura de discipulado, de servicio, de poner todos nuestros dones al servicio de la iglesia. El evangelio salva al perdido, pero es también la vida misma de la iglesia, y ambas cosas dan gloria a Dios.
Mi amado hermano, si te has distanciado de la iglesia, espero que el Señor hoy inquiete tu corazón y ponga en ti un deseo renovado por compartir con otros del glorioso evangelio.
Y amigo, si tú has venido hoy y no tienes a Cristo, por favor, escucha el mensaje que ha sido predicado desde este púlpito: como si Dios te rogara por medio de todos nosotros, te rogamos, arrepiéntete de tu pecado y ven a Cristo. Escapa del juicio y conoce el tremendo regalo de ser llamado hijo de Dios, de ser perdonado, de ser parte de su pueblo.
Ven a Cristo.
