Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 1:16-17
Hemos visto en las semanas anteriores quién es Pablo, qué siente por esta iglesia y cuánto desea visitarlos. Vimos que se considera deudor a griegos y a no griegos, a los que les es impuesta la necesidad de predicar el evangelio. Pero quedan dos preguntas en el aire y son las más importantes de todas. ¿Qué tiene ese mensaje que produce tanta urgencia en el apóstol? ¿Por qué estaba tan convencido de que lo que tenía que decirles era tan necesario? Los versículos 16 y 17 nos dan la respuesta.
Y debo decirles que estos dos versículos han marcado momentos decisivos en la historia de la iglesia. Generaciones de creyentes han encontrado en estas palabras una claridad que les abrió los ojos al evangelio como si lo estuvieran leyendo por primera vez. Es un texto que merece toda nuestra atención, y quizás precisamente por eso corremos el riesgo de tratarlo con superficialidad, como si ya supiéramos lo que dice. Pero les pido que se acerquen a él esta mañana con ojos frescos, porque cuando uno se detiene a examinar lo que Pablo está diciendo aquí, descubre un mensaje que no tiene paralelo en ninguna otra cosmovisión ni en ninguna otra filosofía humana. El evangelio es una buena noticia digna de ser proclamada, y lo que vamos a ver hoy es por qué.
Y lo que espero poder persuadirlos esta mañana es de esto.
El evangelio revela el poder y la justicia de Dios para la salvación de todo el que cree.
Vamos a explorar esta idea en dos partes:
- El evangelio revela el poder de Dios (v. 16)
- El evangelio revela la justicia de Dios (v. 17)
1. EL EVANGELIO REVELA EL PODER DE DIOS (v. 16)
Romanos 1: 16 (RVR1960):
Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para salvación de todo el que cree, del judío primeramente y también del griego.
Pablo acaba de decir que es deudor, que tiene una necesidad imperiosa de predicar. Y ahora da la razón. “No me avergüenzo del evangelio.” Fíjense que esta declaración no sale de la nada. Pablo estaba escribiendo a Roma, la capital del imperio, una ciudad llena de filósofos, retóricos, personas con educación y poder. Y el mensaje que él llevaba era el de un judío crucificado en una provincia remota del imperio.
En Corinto ya había experimentado lo que eso significaba — allí el evangelio era “locura para los que se pierden” (1 Corintios 1:18). Así que Pablo sabe perfectamente que lo que predica no es un mensaje atractivo a los ojos de la lógica humana. Pero lejos de avergonzarse, está orgulloso de él. Y quiere que los romanos lo vean de la misma manera.
¿Y por qué ese orgullo? Porque ese mensaje aparentemente débil, aparentemente insensato, es poder de Dios. Fíjense en lo que dice el texto. No dice que el evangelio manifiesta el poder de Dios, o que conduce al poder de Dios. Dice que es poder de Dios. El evangelio en sí mismo es el poder sobrenatural de Dios obrando.
Cuando el evangelio se predica, Dios está actuando. Cuando alguien escucha el mensaje de la cruz y cree, lo que acaba de suceder es una obra de poder de Dios. Pablo lo sabe por experiencia propia: él fue un perseguidor de la iglesia al que ese mismo poder lo derribó camino a Damasco y lo convirtió en apóstol.
Y piensa en tu propia salvación. No sé cómo ha sido tu conversión, pero hay aquí entre nosotros personas para las que no existe ninguna otra forma de explicar por qué han creído y han sido sostenidas en el Señor, que no sea el hecho de que han sido transformadas en el interior de su ser. No hay nada que produzca ese tipo de salvación y ese tipo de resolución.
No existe un argumento, por muy lógico que suene, que persuada a alguien de abandonar su pecado, porque esa es una obra de Dios que destruye la ceguera y el poder del pecado, y que nos trae de las tinieblas a la luz.
Es interesante que en 2 Corintios 4 Pablo dice que “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). Los ciegos que no pueden ver, que están en tinieblas, en desorden y caos, solo pueden abrir los ojos para ver cuando un poder similar al que Dios usó en la creación obra en ellos para que vengan a la luz.
Mis amados, ese es el evangelio, el poder de Dios del que nadie debería sentir vergüenza. Hemos creído en un mensaje poderoso y glorioso.
Y ese poder tiene un propósito específico, y es la salvación. La palabra griega sotería es amplia, abarca mucho más que el momento de la conversión. Habla de rescate, de liberación, de ser sacado de un peligro mortal. Pablo está diciendo que el evangelio es la fuerza que Dios usa para rescatar personas de la condenación y traerlas a la vida.
Nada más en el mundo hace eso. Ninguna filosofía, ningún sistema moral, ningún esfuerzo humano tiene el poder de reconciliar a un pecador con Dios. Eso es exclusivo del evangelio.
El texto sigue diciendo: “a todo aquel que cree, al judío primeramente y también al griego”.
Este poder salvador no es exclusivo de un grupo. Pablo está pensando en la situación concreta de la iglesia en Roma, donde la tensión entre judíos y gentiles era palpable. Y lo que les está diciendo es que el evangelio iguala. El judío tiene prioridad histórica — la revelación vino a través de Israel, las promesas fueron dadas a Abraham—, pero el acceso a la salvación es el mismo para ambos.
La fe, eso debía ser para los romanos una invitación a dejar de verse como dos grupos separados, porque el evangelio que los salvó es el mismo y el Dios que los rescató es el mismo.
Debemos dejar muy en claro que la oferta de salvación por el evangelio es una oferta universal. El Señor llama a personas de todo tipo, de toda clase social, de toda lengua o nación; todos son llamados a creer y esta es una de las cosas impresionantes de este pasaje. El poder del evangelio está disponible para todo el que cree. No hay ninguna condición más de por medio. No hay ningún requisito adicional, solo creer, lo cual en la mente de Pablo implica el arrepentimiento y el abandono del pecado. Una renuncia a mi propia fuerza o justicia, un abandono de mi propio camino para acercarme al Padre.
Amigo, escucha eso: si tú estás aquí sin Cristo, solo necesitas creer.
Hermanos, ¿con cuánta frecuencia nos detenemos a considerar lo que tenemos en el evangelio? Este mundo abunda en mensajes que prometen cambiar nuestra vida — un nuevo método, una nueva terapia, una nueva filosofía— y, con todo respeto a lo que cada cosa pueda aportar, ninguna de ellas hace lo que el evangelio hace. El evangelio reconcilia al pecador con Dios. Eso debería producir en nosotros el mismo asombro que producía en Pablo. Y si ese asombro se ha enfriado, quizás es momento de volver a mirar la cruz como si fuera la primera vez.
Y quisiera también llamarlos a sentirse orgullosos de este evangelio. A no esconder este mensaje, a proclamarlo a todo aquel que tenga oportunidad. Cuando nos avergonzamos del evangelio, estamos escondiendo el poder de Dios, que es lo único que puede transformar al pecador. Sí, es cierto que el temor al rechazo puede paralizarnos. A menudo sabemos lo que la gente piensa del evangelio porque nosotros también lo pensábamos, pero deja que ellos vean cómo ese evangelio ha obrado en tu vida trayéndote de la muerte a la vida.
Y también esto debe llevarnos a descansar en cuanto a aquellos a quienes les hemos hablado y no vemos una respuesta. Nosotros no podemos mejorar el evangelio. Es lo que es y actúa con poder. Deja que sea. Predica el evangelio y deja que el poder de Dios haga el resto.
Tus hijos no necesitan mejores consejos o una disciplina más fuerte o eficiente; necesitan principalmente el evangelio.
Tu esposa no creyente no necesita más flores para verte como un esposo atractivo, necesita principalmente el evangelio.
Tus amigos no necesitan que seas cool y que encajes con ellos, necesitan principalmente el evangelio.
Pide al Señor oportunidades de compartirlo, pero especialmente de mostrar cómo ha obrado en tu propia vida.
Ahora bien, Pablo dice que el evangelio es poder de Dios para salvación. Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene el evangelio que lo convierte en ese instrumento de salvación? La respuesta está en el versículo 17, y tiene que ver con algo que la iglesia tardó siglos en entender correctamente.
2. EL EVANGELIO REVELA LA JUSTICIA DE DIOS
(v.17)
Romanos 1:17 (RVR1960):
Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: MÁS EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ.
¿Por qué el evangelio es poder de Dios para salvación? Pablo da la respuesta aquí, y es porque en él se revela la justicia de Dios. Y esta expresión, “la justicia de Dios”, es probablemente el concepto más importante de toda la carta. Es el tema que gobierna todo el argumento de Romanos de principio a fin.
Pero necesitamos entender bien a qué se refiere Pablo, porque durante siglos la Iglesia entendió esto de una manera que aterrorizaba en lugar de consolar.
Martín Lutero, el reformador, cuenta cómo luchó con este versículo. Él entendía “la justicia de Dios” como la justicia con la que Dios castiga a los pecadores, y eso lo llenaba de angustia porque sabía que ante esa justicia él no tenía esperanza. Pero escuchen lo que él mismo relata de su experiencia:
“Día y noche procuré meditar en el significado de estas palabras: ‘La justicia de Dios se revela por fe… como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.’ Luego, finalmente, Dios tuvo misericordia de mí, y yo principié a entender que la justicia de Dios es ese don de Dios por el cual un hombre justo vive, o sea la fe, y que esta frase, ‘La justicia de Dios revelada en el evangelio’, es pasiva, indicando que el Dios misericordioso nos justifica por fe, como está escrito: ‘El justo por la fe vivirá.’ Ahora sentí como que había nacido de nuevo completamente y que había entrado al paraíso. En el mismo momento, el rostro de la totalidad de la Escritura se volvió aparente para mí.”
Esta experiencia se parece a la de muchos de nosotros. El Señor abre nuestro entendimiento y entonces el evangelio comienza a ser claro y toda la Biblia cobra sentido. Es la obra del Espíritu Santo que nos abre el entendimiento y nos hace ver que con nuestra propia justicia no podemos ganar el favor de Dios, pero el Padre en Su misericordia proveyó el medio para que nosotros pudiéramos ser aceptos delante de Él.
El entendimiento de esta doctrina estuvo velado mucho tiempo, y no porque no estuviera clara en las Escrituras, sino porque fue entendida incorrectamente. Pero cuando se ve con claridad lo que Pablo está enseñando aquí, uno descubre que esta justicia de Dios es la única necesaria para mantenernos libres del juicio.
Es una declaratoria que Dios hace sobre nosotros, una justicia externa con la cual se nos viste, y todo eso por medio de la fe (ver 2 Corintios 5:21). Más adelante Pablo desarrollará este concepto en plenitud, pero aquí lo que está diciendo es que el evangelio revela que Dios declara justo al que cree en él y le da vida eterna. No es que seamos justos. Es que somos declarados justos por medio de Cristo. Es un acto judicial, una declaración de inocencia por parte del juez del universo y resultado de la fe.
La doctrina cristiana descansa completamente sobre esta realidad. ¿Cómo puede el hombre ser justificado delante de Dios? Cuando es declarado justo por el juez por medio de la fe. Cuando confía en Cristo como Salvador, es unido a Cristo de tal manera que toda la vida justa de Cristo le es transferida en el tribunal y todos sus pecados son transferidos a Cristo, quien los lleva a la tumba y paga por ellos. Ese intercambio glorioso sucede cuando creemos y nos arrepentimos. ¡Eso es maravilloso!
Tú y yo no hemos hecho nada para ganar el favor de Dios. Ni siquiera si fuéramos perfectos — lo cual es imposible — eso nos haría justos, porque nuestro corazón se sentiría orgulloso de tal justicia y en ese momento ya nos hacemos injustos. Es por medio de la fe y solo de la fe en Cristo que se obtiene la justicia y la vida eterna.
Y esto coincide con lo que el Antiguo Testamento ya venía diciendo. En Isaías 51:5-8 (Leer).
Dios declara que su justicia se acerca, que su salvación ha salido, y el contexto muestra que esa justicia no es la que destruye al pueblo, sino la que lo rescata. Es una justicia salvadora.
Cuando Pablo dice que en el evangelio se revela la justicia de Dios, está diciendo que Dios ha actuado para poner a los pecadores en una posición correcta delante de él, y que eso es un acto de gracia que viene por medio de la fe.
A eso se refieren precisamente estas palabras: “por fe y para fe”. Que la fe es el único instrumento. De principio a fin, de entrada a salida, la justicia de Dios se recibe por fe.
Pablo respalda esto citando al profeta Habacuc 2:4, “El justo por la fe vivirá”, una cita que también usa en Gálatas 3:11 con el mismo propósito, que la justicia no viene por las obras de la ley, sino por la fe. Así, parece que el sentido de esta declaración es este: El que es declarado justo por la fe, ese vivirá. Tendrá vida, vida eterna.
La justicia no se alcanza por obras, ni por esfuerzo, ni por pertenecer a un grupo étnico en particular. Se recibe creyendo en lo que Dios ha hecho en Cristo. Y esa es una noticia que debía hacer mucho eco en la iglesia de Roma especialmente, donde la tentación de medir la posición espiritual por el origen o las obras era constante.
Hermanos, la justicia de Dios no es algo que tengamos que producir. Es algo que hemos recibido. Y eso nos libera de la ansiedad de sentirnos nunca lo suficientemente buenos para Dios. Si tu relación con Dios dependiera de tu desempeño, tendrías razón en estar ansioso. Pero no depende de ti. Depende de Cristo, y de lo que él ya hizo.
La justicia que te sostiene delante de Dios no es la tuya. Es la de Cristo, recibida por fe.
Con estos dos versículos Pablo llega a su tesis. El evangelio es el poder salvador de Dios en el cual se revela su justicia. Y este concepto de la justicia de Dios es el que gobierna toda la carta. Uno puede mirar Romanos entero a través de esta lente.
● En los capítulos 1 al 3, Pablo va a mostrar que nadie es justo — ni el pagano, ni el moralista, ni el judío. Todos están bajo el juicio de Dios por su pecado.
● Luego, del capítulo 3 al 5, va a mostrar que por la fe en Cristo uno es declarado justo, que el Señor provee un medio de salvación que no depende de nosotros.
● Del capítulo 6 al 8, va a mostrar que los que han sido declarados justos ahora son esclavos de la justicia, que una vez que recibimos esa fe nos convertimos en esclavos del Señor y vivimos para él.
● En los capítulos 9 al 11, Pablo defiende la justicia de Dios, mostrando que Dios ha sido fiel a sus promesas tanto con judíos como con gentiles.
● Y del capítulo 12 en adelante va a mostrar cómo se ve una vida justa en la iglesia y en el mundo.
Y todo esto en el marco de una iglesia que experimentaba fricciones y el peligro de dividirse. Porque fíjense en lo que este argumento implica:
● Nadie es mejor que otro, porque todos están bajo el juicio de Dios por su pecado.
● Nadie es superior a otro, porque todos han recibido la misma justicia por la misma fe.
● Nadie puede presumir, porque todos son esclavos del mismo Señor.
● Y nadie puede menospreciar al otro, porque ambos — judíos y gentiles — han sido objetos de la misma fidelidad de Dios.
● Por lo tanto, todos deben vivir de manera que nadie se vea como superior al otro.
El evangelio nos iguala a todos en nuestros pecados y nos iguala a todos en la redención. Y al mismo tiempo nos dignifica a todos por medio de la fe.
Amado hermano, si te has alejado del Señor, recuerda que la justicia que te sostiene no depende de ti. Vuelve a Cristo. Él sigue siendo suficiente.
Y, amigo, si tú has venido hoy y no conoces a Cristo, escucha lo que Pablo está diciendo. Tú no puedes hacerte justo delante de Dios. No hay forma. Pero Dios te ofrece su propia justicia como regalo, recibida por fe. Arrepiéntete de tu pecado y confía en Cristo como tu Salvador. Él llevó tus pecados a la cruz y te ofrece su vida justa a cambio.
Ven a Cristo.
