Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 2:1-16
Si tienes hermanos y alguna vez viste que tus padres reprendían a tu hermano pero no a ti, sabías que pronto vendría tu turno. Era parte del protocolo. Es inevitable para mí no traer esta escena, porque puedo imaginarme aquí a la audiencia de Pablo escuchando la carta y a los de trasfondo judío escuchando el capítulo 1 y diciendo dentro de sí: Así es, es cierto, esos gentiles depravados y pecadores. Menos mal nosotros no somos así. Y de repente Pablo gira para dirigirse a ellos directamente: Pero tú también, que juzgas. ¡Cómo pudo leernos el pensamiento!
Este giro de Pablo de la tercera a la segunda persona es dramático, y es mejor ir acostumbrándonos porque el apóstol lo usará con frecuencia a lo largo de su carta. Es un interlocutor imaginario que hace preguntas y suposiciones, a quien Pablo le responde. Es como si estuviera anticipando la reacción de su audiencia y cortándola antes de que se forme.
Algunos ven una dificultad para abordar este capítulo 2 porque pareciera que Pablo pasa de referirse a la humanidad en general a una especie de moralistas de cualquier trasfondo religioso. Pero tenemos razones para pensar que Pablo se refiere aquí específicamente a moralistas de trasfondo judío, quienes probablemente pensaban que, al no practicar la homosexualidad y la idolatría como lo hacían los gentiles, entonces eran mejores.
Eso es típico del moralista, que siempre se compara con otro que está debajo de él. Pero los judíos tampoco están exentos del juicio de Dios, porque también han rechazado su bondad. Más adelante, Pablo va a desarrollar ese argumento, va a mostrar por qué un judío no puede tomar la Ley como su salvaguarda del juicio. Pero aquí lo que va a mostrar es que, dado el carácter justo de Dios y dado su carácter imparcial, toda persona que comete pecado está bajo el juicio de Dios. Sin excepciones.
Y esto es importante porque encaja en el argumento general que Pablo viene construyendo desde el capítulo 1. Allá acusó al pagano. Aquí acusa al moralista judío. Y en los versículos 17 al 29, que veremos en el siguiente sermón, acusará al judío que confía en tener la Ley y ser parte del pueblo de Dios. Todo esto para llegar a 3:23: “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Nadie es justo. Nadie es superior a otro. Y todos necesitan el mismo evangelio.
El argumento de este pasaje es este:
Dios juzgará con justicia e imparcialidad a todo hombre, por lo que nadie es superior a otro ni puede escapar del juicio.
Y lo vamos a ver en tres partes.
- Si juzgas a otros, te condenas a ti mismo (vv. 1-3).
- Si malgastas la bondad de Dios, te condenas a ti mismo (vv. 4-5).
- La justicia y la imparcialidad de Dios (vv. 6-11)
1. SI JUZGAS A OTROS, TE CONDENAS A TU MISMO (vv. 1 – 3)
Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas. Sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales cosas y haces lo mismo, que escaparás del juicio de Dios?
¡Eres inexcusable, oh hombre, tú que juzgas! Esa es la frase con la que Pablo voltea la mesa. El moralista que estaba cómodo señalando el pecado de los gentiles ahora se encuentra en el banquillo de los acusados. Y la razón es sencilla: tú, que juzgas, haces lo mismo. Quizás no de la misma manera, quizás no con los mismos pecados visibles que Pablo describió en el capítulo 1, pero el principio es el mismo. Delante de Dios, juzgar al otro mientras se practica el pecado es hipocresía, y la hipocresía no es un buen escondite para el día del juicio.
Pablo es muy preciso aquí. Dice “haces lo mismo”. Y eso debió haber golpeado fuerte al moralista judío que se sentía por encima del gentil. Porque el pecado no es solo lo que se ve por fuera. La avaricia, la envidia, la soberbia, el desprecio al prójimo, todo eso estaba en la lista del capítulo 1, y todo eso puede vivir cómodamente en el corazón de alguien que se considera moralmente superior. El moralista tiene el mismo problema que el pagano, solo que lo viste mejor.
Y fíjense en la pregunta retórica del versículo 3: “¿Y piensas, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” La respuesta es obvia. No escapará. El juicio de Dios es según verdad, dice Pablo. Dios no juzga por las apariencias ni por la reputación que uno tenga entre los hombres. Juzga según la verdad. Y la verdad es que el moralista es tan culpable como aquel a quien señala.
Hermanos, hay algo aquí que debemos llevar a casa. El moralismo surge de compararnos con la persona incorrecta. Siempre vamos a encontrar a alguien que nos haga ver bien en la comparación. Pero si quieres compararte con alguien, compárate con la santidad de Dios. Ahí se acaban las pretensiones. Y es que el Señor Jesús mismo lo dijo con claridad: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3). Debemos ser más rápidos para ver nuestro pecado antes que el pecado de los otros.
Pero el moralismo tiene otro peligro. El moralista recibe la alabanza de los hombres, y eso le da la sensación de que lo está haciendo bien. Pero mientras acumula aplausos humanos, se va alejando de Dios sin darse cuenta, porque su confianza ya no está en la gracia, sino en su propio desempeño. Y la gran tragedia del moralista es que termina lejos de Dios y lejos de las personas. No disfruta la compañía de nadie porque todo gira alrededor de sí mismo: de su bondad, de su justicia, de sus historias. Es una vida solitaria disfrazada de superioridad.
2. SI MALGASTAS LA BONDAD DE DIOS TE CONDENAS A TI MISMO (vv. 4 – 5)
¿O tienes en poco las riquezas de Su bondad y tolerancia y paciencia, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.
Pablo ahora toca algo que al moralista le va a doler más que la acusación del punto anterior. Le dice que la razón por la que ha podido seguir viviendo en su hipocresía es porque Dios ha sido bueno con él. Y esa bondad, esa paciencia, esa longanimidad de Dios no es un permiso para seguir pecando. Es una invitación al arrepentimiento.
El moralista mira la bondad de Dios y piensa: “Dios no me ha castigado, debe ser porque estoy bien”. Pero Pablo le dice que está leyendo la situación completamente al revés. La bondad de Dios no significa que lo esté aprobando, sino una oportunidad de acercarse y obedecerle. Y cada día que pasa sin arrepentimiento es un día que se desperdicia.
El texto dice: “Atesoras para ti mismo ira para el día de la ira”. El moralista piensa que está acumulando méritos delante de Dios, que su buen comportamiento externo le está sumando puntos. Pero lo que en realidad está acumulando es ira. Está llenando un tesoro, solo que no es un tesoro de bendición, sino de juicio. Cada acto de bondad de Dios que el moralista ignora, cada oportunidad de arrepentirse que deja pasar, se convierte en evidencia en su contra para el día del juicio. Es como alguien que recibe carta tras carta de advertencia y las tira a la basura pensando que nunca le van a cobrar. Pero el día de la cuenta llega.
Me resulta imposible leer estos versículos sin pensar en el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. El menor se fue, malgastó todo en inmoralidad, en prostitutas y licor, y cuando regresó, el padre lo recibió con fiesta. Pero el mayor, que se había quedado en casa todo ese tiempo, se enfureció. Y le dice al padre: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos”. Ese es el moralista. El que lleva la cuenta de sus buenas obras y se las reclama a Dios. Y la respuesta del padre es: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas”.
El hijo mayor vivió rodeado de la bondad del padre toda su vida y nunca la vio como razón para amarlo. La daba por sentada; peor aún, la usaba como argumento para sentirse superior al hermano. Nunca se arrepintió porque nunca pensó que lo necesitara. Eso es exactamente lo que Pablo está describiendo aquí. El moralista que menosprecia las riquezas de la benignidad de Dios porque está demasiado ocupado comparándose con el hermano menor.
Hermanos, esto debería llevarnos a hacernos una pregunta muy honesta. ¿Estoy confundiendo la paciencia de Dios con su aprobación? Si hay áreas de mi vida donde sé que estoy en pecado y no ha pasado nada, eso no significa que Dios esté de acuerdo. Significa que Dios está siendo paciente conmigo, y esa paciencia tiene un propósito: que me arrepienta.
3. LA JUSTICIA Y LA IMPARCIALIDAD DE DIOS (vv. 6-11)
Ahora bien, alguien podría estar pensando: “¿Pero es justo que Dios trate igual al que peca de manera escandalosa y al que peca de maneras menos visibles?” Es una pregunta legítima, y Pablo la responde de frente. Los versículos 6 al 16 son una defensa del carácter de Dios. Pablo afirma dos cosas al mismo tiempo: que Dios es justo, porque cada quien recibe lo que merece, y que Dios es imparcial, porque nadie será juzgado en relación a otro, sino en relación a Dios mismo. Y al mismo tiempo, que ese Dios justo e imparcial es bueno, y dará vida eterna a los que perseveran en hacer el bien.
Noten cómo Pablo organiza su argumento en los versículos 6 al 11. Lo hace con una estructura muy deliberada, un quiasmo, que concentra el peso en el centro.
Comienza en el versículo 6 diciendo: Dios pagará a cada uno conforme a sus obras.
En el versículo 7 describe a los que perseveran en hacer el bien: recibirán gloria, honra y vida eterna.
Luego, en el centro, en los versículos 8 y 9, Pablo pone el juicio más duro: ira e indignación, tribulación y angustia sobre toda persona que hace lo malo, “al judío primeramente y también al griego”.
Y después regresa: en el versículo 10, gloria, honra y paz a todo el que hace lo bueno.
Y cierra en el versículo 11 con la misma idea con la que empezó: no hay acepción de personas en Dios.
¿Ven lo que hizo Pablo? Abrió y cerró con el mismo principio: Dios juzga según las obras y no hace distinción de personas. Y en el centro puso la ira, la indignación, la tribulación. Eso es lo que Pablo quiere amplificar. Eso es lo que el moralista necesitaba escuchar. Que no importa quién seas, que no importa cuánta Ley hayas oído, que no importa cuánto sepas de las Escrituras: si practicas el pecado, enfrentarás el juicio de Dios.
Ahora, recuerden que en el capítulo 1, versículo 16, Pablo dijo que el evangelio es poder de Dios para salvación, “al judío primeramente y también al griego”. Esa frase era un privilegio. El judío tenía la prioridad en la gracia. Pero ahora, en el versículo 9, Pablo usa exactamente la misma frase, “al judío primeramente y también al griego”, y la aplica al juicio. La prioridad en la gracia es también prioridad en la responsabilidad. Si recibiste más luz, se te pedirá más cuentas. Eso debió haber golpeado al moralista judío como un balde de agua fría.
Y hermanos, eso por supuesto que tiene que ver con nosotros. Los que han crecido en la iglesia, los que conocemos las Escrituras, los que hemos oído el evangelio una y otra vez, tenemos una responsabilidad mayor. No podemos usar nuestro conocimiento como escudo mientras vivimos en desobediencia.
Dios no nos va a preguntar cuánto sabíamos, sino qué hicimos con lo que sabíamos.
Pero un gentil podría estar diciendo: —Un momento, si el juicio se basa en la ley, entonces nosotros no tenemos culpa. Y un judío podía estar diciendo: Si el juicio se basa en la ley, nosotros deberíamos estar exentos porque nosotros al menos la teníamos. Y Pablo responde: —Un momento, el juicio se basa en la ley, sí, pero en obedecerla y tanto judíos como gentiles la tenían. Unos de manera más clara que el otro, pero ambos la tenían y ambos la desobedecieron, así que son juzgados o puestos bajo juicio por esa misma ley.
Este texto no debe tomarse como un argumento a favor de la salvación por guardar las obras de la ley. Veremos más adelante que su meta no era producir salvación, sino revelar nuestro pecado y llevarnos a Cristo, pero aquí el argumento del Apóstol parece girar alrededor de lo siguiente: Si vas a usar la ley como una forma de excusa, entonces debes saber que ni por ser judío ni por ser gentil te hace más o menos salvo. El gentil tiene una ley, el judío tiene una ley; ambas son la ley de Dios y ambos la han desobedecido; ese es el punto.
Este pasaje deja claro entonces que en realidad nadie es sin excusa ante el Señor, incluso aquellos que no han escuchado nunca nada de las Escrituras; hay una ley básica escrita en sus corazones. A eso se refería el capítulo 1 cuando dice que lo que de Dios se conoce les es manifiesto por medio de las cosas creadas. Dios no solo ha revelado su gloria como el creador, sino que ha manifestado su carácter santo poniendo la ley en el corazón de los hombres, el impulso de hacer lo que es conforme a sus mandamientos, lo cual lo diferencia de los animales que actúan sin regla moral, pero incluso el hombre que se dice incrédulo sigue un estándar de moralidad que él pudiera decir que es “social” o que solo es impulsado por la necesidad del bien común, pero no es otra cosa que la ley de Dios escrita en el corazón. Sin embargo, el corazón humano es rebelde por naturaleza y se revela incluso contra esa ley básica, trayendo condenación.
Eso debe cambiar nuestra forma de presentar el evangelio; las personas necesitan ser convencidas de su maldad, de que han hecho lo malo ante los ojos del Señor y que su corazón es rebelde y solo entonces el evangelio, la buena nueva, tendrá sentido para ellos.
No hay buena noticia de salvación sin la mala noticia de nuestra condenación por haber sido rebeldes a Dios.
Pablo ha cerrado todas las puertas. El pagano está bajo juicio por rechazar lo que Dios reveló en la creación. El moralista está bajo juicio porque hace lo mismo que condena en otros. Y el que tiene la Ley está bajo juicio porque oírla no es lo mismo que obedecerla. Nadie es justo. Nadie es superior a otro. Y Dios juzgará con justicia e imparcialidad a todo hombre.
Pero este diagnóstico tan duro tiene un propósito. Pablo no está destruyendo para dejar escombros. Está preparando el terreno para el evangelio. Porque solo cuando entendemos que no tenemos forma de salvarnos a nosotros mismos, la gracia de Dios deja de ser un concepto y se convierte en la única esperanza que nos queda.
Hermano, si hoy te has visto reflejado en el moralista que Pablo describe, no endurezcas tu corazón. La bondad de Dios te está dando tiempo, y ese tiempo es para que te arrepientas. Ven a Cristo. No con tu justicia, que no alcanza. Ven con tu pecado, y él te dará la suya.
Ven a Cristo.
