Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 1:18-32
¿Hacia dónde va el mundo? ¿Por qué tanta maldad? ¿Va a parar en algún momento este tren que se dirige al abismo?
Es posible que esas preguntas estén en nuestra mente cuando nos sentamos frente a la televisión o a scrollear nuestras redes sociales. Y es posible que sean preguntas que resultan más de la impotencia y del cansancio de verlo por tanto tiempo, que ya no son una búsqueda genuina de respuesta, sino una exclamación, una queja al aire. Pero si tuviéramos que resumir en una frase pequeña la respuesta al gran problema del mal, diríamos esto: el hombre ha dado la espalda a la verdad de Dios y ha sido entregado a su propia maldad.
Es justo de eso de lo que hablaremos en la mañana de hoy. En este pasaje que parece ser un cambio abrupto en el tono cálido y emotivo que Pablo traía hasta ahora. Tanto, que si no fuera por el “porque” con el que comienza el versículo 18, diríamos que Pablo escribió esto en un momento muy distinto.
Pero la narrativa sigue ahí. En los versículos anteriores vimos que Pablo se declara orgulloso del evangelio porque es poder de Dios para salvación, y que en ese evangelio se revela la justicia de Dios por fe. Esa era la buena noticia. Ahora viene la mala. Porque resulta que con el mismo verbo con el que Pablo dice que la justicia de Dios se revela en el evangelio, ahora dice que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. La revelación de la justicia y la revelación de la ira van juntas. El evangelio es poder de Dios para salvación precisamente porque sin él lo único que queda es la ira.
Y lo que Pablo va a hacer desde aquí hasta el capítulo 3, versículo 23, es construir un caso contra toda la humanidad. Va a mostrar que el pagano, el moralista y el judío están bajo el juicio de Dios. Nadie escapa y eso es relevante para la iglesia en Roma, donde judíos y gentiles se miraban con sospecha, porque Pablo va a demoler toda base para sentirse superior al otro. Todos están bajo el mismo pecado, y todos necesitan el mismo evangelio.
El argumento de este pasaje en particular es este:
Oponerse a la verdad de Dios trae como consecuencia el aumento del pecado y la justa ira de Dios.
Y lo vamos a ver en tres movimientos.
El diagnóstico general del problema (18 al 23), donde vemos el pecado desde arriba como un mal global. Luego, las consecuencias del problema, en los versículos 24 al 31, donde vemos el pecado desde abajo como un mal extendido. Y finalmente, la profundidad del problema, en el versículo 32, donde vemos el pecado hacia abajo como un mal profundo.
1. EL DIAGNÓTICO: UN MAL GLOBAL (vv. 18 – 23)
Romanos 1: 18-23 (RVR1960):
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad. Lo primero que Pablo pone sobre la mesa es la ira de Dios. Y vale la pena detenernos aquí un momento, porque cuando escuchamos la palabra “ira”, tendemos a asociarla con lo que conocemos de la ira humana o incluso con lo que los griegos decían de sus dioses.
Los dioses del Olimpo se enojaban por capricho. Zeus lanzaba rayos porque lo provocaban, Hera destruía vidas por celos, Poseidón hundía barcos porque se sentía irrespetado. Era una ira emocional, impredecible, visceral. Y muchas personas, incluso creyentes, cuando leen que Dios tiene ira, piensan en algo parecido. Piensan en un Dios que pierde la paciencia, que explota, que reacciona desde el enojo, pero la ira de Dios en las Escrituras es algo completamente distinto porque esta es la respuesta justa y necesaria de un Dios santo frente al pecado. No es que Dios pierda el control; es que su santidad demanda justicia. Así que la ira de Dios no es un defecto de su carácter, sino una expresión de su perfección.
Un Dios que viera el mal y no reaccionara contra él no sería bueno, sería indiferente. Ynuestro Dios no es indiferente ante el pecado.
Y la razón por la que esta acusación es tan contundente está en lo que Pablo dice a continuación, en los versículos 19 y 20. Porque lo que se conoce de Dios les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
Fíjense en lo que Pablo está diciendo. La rebeldía del hombre no ha sido por ignorancia. Dios nunca ha pretendido esconderse. Desde el principio ha dejado su firma en lo que creó. En unas formas más borrosas que en otras, sí, pero siempre visible. Como dice el salmista, los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos (Sal 19). Hay una señal del Creador siempre visible en el cielo, en la complejidad de lo que nos rodea, en el orden del universo. Y los que corren dándole la espalda a ese Creador no lo hacen porque no sabían, sino porque han considerado más la necedad de su propio corazón endurecido.
Y esto es relevante para la iglesia en Roma. Porque quizás algunos de los griegos en la congregación podían sentirse menos responsables. Al fin y al cabo, ellos no habían recibido la Ley, no habían tenido las promesas, no habían escuchado a los profetas como los judíos. Pero Pablo les cierra esa puerta. Dios se ha revelado de una manera especial a Israel, eso es verdad. Pero eso no significa que haya sido invisible para el resto de la humanidad. Todo lo contrario. Su eterno poder y deidad han estado a la vista desde la creación del mundo. Nadie puede decir “yo no sabía”. Más adelante, Pablo va a desarrollar esto con más detalle y va a ser categórico: no hay excusa.
Pablo también dice que esta ira se revela “contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad“. Es decir, el problema no es que los hombres no tuvieran acceso a la verdad. La tuvieron y la conocieron, pero la detuvieron, la suprimieron, la cambiaron y eso es lo que hace tan grave la condición humana.
Esto no empezó ayer. Cuando Dios puso a Adán en el huerto, le dio todo lo que necesitaba y una sola instrucción. Y lo que hizo Adán fue exactamente lo que Pablo está describiendo aquí: tuvo la verdad de Dios frente a él, clara y directa, y decidió creerle a la serpiente. Prefirió la mentira. Cambió la palabra de Dios por una promesa falsa, la de ser como Dios. Y desde ese momento la humanidad ha repetido ese patrón una y otra vez: tener la verdad disponible y aun así elegir la mentira.
Pablo lo describe en los versículos 21 al 23 como una degradación progresiva. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Sus razonamientos se hicieron vanos, su corazón se ennegreció. Y terminaron cambiando la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. ¿Ven la dirección? Es una caída. Va de arriba hacia abajo. Del Dios vivo a los ídolos de piedra, y en últimas cuentas al espejo, porque toda idolatría termina siendo una adoración a nosotros mismos, a nuestros deseos, a nuestra autonomía.
Y esto no es algo que Pablo inventó. El Antiguo Testamento ya lo había denunciado de formas muy gráficas. El Salmo 106:20 dice: “Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba“. Piensen en eso. La gloria del Dios que abrió el mar, que los sacó de Egipto con mano poderosa, la cambiaron por un becerro de oro. Y Jeremías dice algo igual: ¿Acaso alguna nación ha cambiado sus dioses, aunque ellos no son dioses? Sin embargo, mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha” (Jeremías 2:11).
Fíjense en lo absurdo. Ni siquiera los paganos cambian sus dioses falsos, pero Israel cambió al Dios verdadero, por lo que no tiene ningún valor. Eso es lo ridículo del pecado. Eso es lo irracional de darle la espalda a la verdad de Dios.
Y hermanos, antes de pasar al siguiente punto, quiero que consideremos esto. Pablo está describiendo a la humanidad en general, pero esta tendencia no nos es ajena. Cada vez que algo en nuestra vida ocupa el lugar que le corresponde a Dios, estamos reemplazando la verdad de Dios por la mentira y estamos cayendo en el mismo absurdo. Sea nuestro trabajo, nuestra comodidad, nuestra imagen, nuestros planes, estamos repitiendo en pequeña escala lo que Pablo describe aquí a gran escala. La idolatría no siempre tiene forma de estatua. A veces tiene forma de agenda, de cuenta bancaria, de esa cosa que si nos la quitan, sentimos que no podemos vivir. El diagnóstico de Pablo alcanza a todos, y eso incluye a los que estamos sentados aquí esta mañana.
2. LAS CONSECUENCIAS: UN MAL EXTENDIDO (vv. 24 – 31)
Romanos 1:24-31 (RVR1960):
Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia;
Hasta aquí, Pablo ha descrito el problema en términos generales. Los hombres conocieron a Dios, lo rechazaron y cambiaron su gloria por ídolos. Pero ahora el apóstol va a mostrar que esto no es un asunto de mera preferencia, como si darle la espalda a Dios fuera simplemente una opción filosófica sin consecuencias. Rechazar la verdad de Dios desata algo. Y lo que sigue en el texto es una de las descripciones más duras de toda la Escritura sobre lo que sucede cuando una sociedad se aleja de su Creador.
Hay un patrón en estos versículos que quiero que noten. Tres veces Pablo dice “Dios los entregó”. En el versículo 24, Dios los entregó a la inmundicia. En el versículo 26, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En el versículo 28, Dios los entregó a una mente reprobada. Y cada una de esas entregas viene como respuesta a algo que ellos hicieron primero. Ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y Dios los entregó. Ellos cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y Dios los entregó. Ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, y Dios los entregó. ¿Ven lo que está pasando? Dios no los empuja al pecado. Los suelta. Los deja ir a la corriente del río de su propia maldad. Es como si Dios dijera: Quieres vivir sin mí, te voy a mostrar cómo se ve eso.
Algunos llaman libertad al acto de vivir conforme a su pecado, pero no se dan cuenta de que en realidad es esclavitud.
La primera expresión de ese rechazo es la idolatría. Pablo ya lo mencionó en los versículos anteriores, pero aquí lo desarrolla en sus consecuencias concretas. Cambiaron al Creador por la criatura y cuando el hombre pone en el trono algo que no es Dios, todo lo demás se desordena.
La idolatría no es solo un pecado entre otros, es la raíz de la que brotan todos los demás pecados. Cuando Dios deja de ser Dios en la vida de una persona o de una sociedad, algo tiene que ocupar ese lugar y lo que lo ocupa siempre termina siendo más pequeño que Dios, más frágil, más tiránico que el Dios verdadero.
La segunda expresión es la inmoralidad sexual, y Pablo se detiene particularmente en el pecado de la homosexualidad. Y quiero que entendamos bien por qué Pablo pone este pecado aquí y de esta manera. Dios estableció un mundo que se mueve por leyes. Hay un orden en la creación que refleja el diseño del Creador. Cuando el hombre rechaza a Dios, empieza a rechazar también las leyes que Dios inscribió en la naturaleza.
La homosexualidad, según Pablo, es la manifestación de que el hombre ya no tiene ley que le domine, ni siquiera la ley natural. Es el colmo del rechazo a toda forma de ley que Dios ha dado. Pablo dice que “cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza” — y ese lenguaje de “cambiar” es el mismo que ha venido usando. Cambiaron la gloria de Dios, cambiaron la verdad de Dios y ahora cambian el orden natural de Dios. Es una progresión descendente que no se detiene.
Esto no es nuevo en las Escrituras. Piensen en Sodoma y Gomorra; cuando los ángeles llegan a la ciudad, los hombres de Sodoma rodean la casa de Lot exigiendo que los saque para abusar de ellos. Esa escena es el retrato de una sociedad que ha llegado al fondo de su depravación y hay otra escena igual de perturbadora al final del libro de Jueces, cuando un levita pasa la noche en Gabaa y los hombres de la ciudad rodean la casa pidiendo lo mismo: sacar al hombre para violarlo. Lo que termina sucediendo es que le entregan a la concubina del levita, la violan y la matan.
Fíjense en el contexto de Jueces: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”. Eso es exactamente lo que Pablo está describiendo aquí. Cuando no hay ley, ni hay temor de Dios, cada uno hace lo que bien le parece; la maldad no tiene freno.
El pecado de la homosexualidad es grave por su práctica, sí, pero lo que lo hace especialmente revelador es lo que muestra sobre cómo una sociedad percibe las leyes que Dios ha dado. Cuando se rechaza incluso la ley que está escrita en la naturaleza misma, se ha llegado al extremo del rechazo.
Pablo no se detiene ahí porque el rechazo a Dios no produce solamente idolatría y desorden sexual. También produce una sociedad rota en sus relaciones y esa es la tercera expresión: rechazar la verdad de Dios por la mentira produce sociedades violentas y desprecio por la vida del prójimo.
Los versículos 29 al 31 no son una lista exhaustiva, pero muestran el impacto de rechazar a Dios incluso en cómo vivimos: Injusticia, maldad, avaricia, envidia, homicidio, contienda, engaño, malignidad, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, jactanciosos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia. Es una sociedad donde cada uno se adora a sí mismo.
Donde el individuo es el centro y el prójimo es un obstáculo o un instrumento. Pablo está pintando un cuadro de la humanidad sin Dios, y lo que se ve es un mundo donde las relaciones están rotas en todos los niveles: con Dios, con el otro, consigo mismo. Oponerse a la verdad trae como consecuencia una sociedad fracturada donde la confianza, la lealtad y el amor se han reemplazado por el egoísmo, la manipulación y la indiferencia.
3. LA PROFUNDIDAD: UN MAL PROFUNDO (v. 32)
Romanos 1:32 (RVR1960):
Quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.
Pablo venía subiendo el tono, pero aquí se detiene y lo que dice lo dice casi en voz baja. Como quien pronuncia un diagnóstico terminal, porque el problema más grave no es que el hombre haya cambiado a Dios por ídolos. Ni siquiera que haya sido entregado a las consecuencias de su pecado. El problema más grave es lo que revela este versículo: conocen el juicio de Dios, saben que quienes practican estas cosas son dignos de muerte, y aun así las siguen haciendo. Y peor todavía, las aprueban y las promueven.
Ahí es donde se ve la profundidad real del mal. El mundo siempre ha sido malo y la maldad siempre ha tenido la facultad de extenderse. Pero cuando se pierde la conciencia, cuando se resiste lo bueno y se promueve lo malo, la maldad ha llegado a su extremo. No hay un freno, ni vergüenza, ni siquiera hay un intento de resistencia. Es una humanidad que cae por un túnel estrecho, pero que ni siquiera pone las manos para frenar, sino que las levanta y se divierte porque ignora dónde terminará ese túnel.
Hermanos, ver el mal es algo esperado porque es la consecuencia de un mundo caído. Lo que realmente debe alarmarnos es la frialdad del alma. Esa casi nula la reacción ante la maldad. La capacidad de ver lo que Dios condena y aplaudirlo, de saber que hay consecuencias y no darle importancia. Eso es lo que Pablo está señalando aquí, y es el indicador más claro de cuán lejos puede llegar el corazón humano cuando se aleja de Dios.
Y si tú estás aquí y te dices cristiano, pero no hay en ti el signo vivo del arrepentimiento, tienes que considerar lo que este texto dice. No resistas a Dios. No resistas su bondad. No caves más profundo en la maldad. ¡Pídele al Señor que te conceda arrepentimiento! ¡Corre a la luz del evangelio!
Pero no quiero que nadie se vaya de aquí sin esperanza, porque fíjense que Pablo no escribió este capítulo para dejar a la humanidad aplastada bajo su pecado. Lo escribió para que entendiéramos por qué el evangelio es poder de Dios para salvación. Todo lo que hemos visto hoy, el diagnóstico, las consecuencias, la profundidad del mal, todo eso es el problema al que el evangelio responde. Y la buena noticia es que este mundo quebrado todavía puede ser redimido por la gracia de Dios. Dios no rechaza al corazón que se arrepiente, por lo que podemos venir a él confiadamente.
Y Pablo no ha terminado con su acusación. En los próximos capítulos va a mostrar que el moralista que juzga a otros está tan condenado como el pagano, y que el judío que se enorgullece de la Ley también está bajo el mismo juicio. Nadie escapa. Pero precisamente por eso el evangelio es tan glorioso, porque ofrece la misma salvación a todos los que creen.
Ven a Cristo. Arrepiéntete y cree en el evangelio.
