Manuscrito
Texto bíblico: Eclesiastés 9
“El mundo se acaba para el que se muere”, eso reza un adagio de la sabiduría popular. Y sí, la frase es una obviedad; pero cuando se emplea, el sentido que hay detrás es que no hay nada más después de la muerte, a lo que respondemos, que sí, en efecto no hay nada más de este mundo después de la muerte; pero no significa que no haya nada más en lo absoluto. Este mundo termina con la muerte, aunque la muerte terrena no es el destino final de las cosas.
El tema de la muerte ha sido tema de discusión de la humanidad por siglos y por generaciones. Cada sistema filosófico y religioso ha propuesto distintos caminos para resolverlo; pero la muerte sigue ahí, siendo la gran pared en la que todo orgullo es vencido, con el que chocan la vanidad, la jactancia y la autosuficiencia; la muerte, como hemos dicho en otros sermones anteriores, es el rasero que pone a todos a la misma altura. Donde nadie es más que nadie.
Y este es precisamente el siguiente aspecto que el predicador aborda en su meta de proveer sabiduría para la cruda realidad de la vida. No olvidemos que, aunque el predicador está volviendo a los mismos temas que ha tocado en pasajes anteriores; cada vez vuelve con un poco más de sabiduría o con una perspectiva mucho más madura.
Al inicio de este libro, en Eclesiastés 2:15 leemos:
Entonces me dije: «Como la suerte del necio, así también será la mía. ¿Para qué, pues, me aprovecha haber sido tan sabio?». Y me dije: «También esto es vanidad. Porque no hay memoria duradera del sabio ni del necio, ya que todos serán olvidados en los días venideros. ¡Cómo mueren tanto el sabio como el necio!». Y aborrecí la vida, porque me era penosa la obra que se hace bajo el sol, pues todo es vanidad y correr tras el viento. (énfasis añadido)
Esa versión del predicador, después de hacer las sumas y las restas y chocar con el muro de la muerte llegó a la conclusión de que la vida es aborrecible y penosa, vana, como correr tras el viento. Pero aquí, aunque sigue admitiendo la misma realidad; sus conclusiones caminan hacia otra dirección; una caracterizada por la resignación gozosa y por cosechar del tiempo que se viva el mayor fruto de deleite posible.
El capítulo 8 terminó con la admisión de que, aunque la sabiduría es beneficiosa, nadie puede obtenerla en su totalidad; solo uno es sabio, sobre todo, pero en su búsqueda incansable, de día y de noche, él reconoce haber encontrado lo necesario para lidiar con cada una de esas realidades duras de la vida, entre ellas la muerte. Y es por eso que el verso 1 del capítulo 9 inicia con esta declaración:
Pues bien, he tomado todas estas cosas en mi corazón y declaro todo esto
Es decir, el resultado de su búsqueda intensa por la sabiduría lo llevó a ver que era imposible encontrarla en su plenitud, pero no se vino con las manos vacías; vino con la sabiduría necesaria para compartir sobre cómo vivir en las realidades duras de la vida.
Y en este capítulo 9 en particular, el Predicador nos lleva en un viaje de tres paradas que serán el objeto de nuestro sermón. Primero, nos enfrentaremos a la cruda realidad de la muerte, mostrándonos cómo nos iguala a todos. Luego, nos llama al gozo como respuesta y también un acto de fe. Y finalmente, nos advierte de la necesidad de sabiduría para poder mantener el equilibrio entre la realidad de que moriremos y ese llamado al disfrute.
Este es entonces el argumento que desarrollaremos o la idea para este sermón:
La realidad de la muerte es inevitable y por eso debemos disfrutar la vida con sobriedad y sabiduría.
Y lo desarrollaremos a la luz de los siguientes encabezados:
- La realidad de la muerte (1-6)
- La respuesta de gozo (7-10)
- La sabiduría para mantener la sobriedad (11-18)
1. La realidad de la muerte (1-6)
El predicador comienza con una declaración importante, la misma que ha sido su objeto de análisis por los últimos dos capítulos: “que los justos y los sabios y sus hechos están en la mano de Dios”. él está reconociendo aquí que Dios es Soberano sobre todo y que Él tiene en su mano el destino de toda vida sobre la tierra.
Sin embargo, y en contraste con esa Soberanía infinita de Dios, está la comprensión limitada del hombre.
‘…no sabe el hombre ni el amor ni el odio, aunque todo está delante de él.’
¿Qué significa esto? Aquí ‘amor’ y ‘odio’ no se refieren a nuestras emociones. Son una forma poética de describir las dos experiencias fundamentales de la vida: el favor y la bendición (‘amor’) por un lado, y la adversidad y el sufrimiento (‘odio’) por el otro.
Lo que el Predicador está diciendo es algo como esto: Aunque como creyentes sabemos que estamos en las manos de Dios, no tenemos manera de saber qué nos depara el futuro inmediato.
No podemos predecir si mañana nos encontraremos con un día de ‘amor’ (buenas noticias, salud, prosperidad) o un día de ‘odio’ (una mala noticia, una enfermedad, una pérdida). Vivimos en una constante incertidumbre sobre las circunstancias que nos tocará enfrentar. Esta es la primera realidad: la vida es impredecible y tarde o temprano nos podrá en las puertas de la muerte.
De hecho, en los versículos siguientes admite que esa es el desenlace inevitable de todo ser humano, la muerte. A todos les acontece, no importa si son sabios o necios, impíos o religiosos, buenos o malos, todos enfrentarán el momento decisivo de la muerte. en palabras del predicador. Todos van a los muertos.
Así que hay dos realidades claras que el predicador quiere que veamos al respecto de la muerte: la incertidumbre de no saber cuándo vendrá y la otra es que es inevitable, nadie podrá escapar de ella.
Sin embargo, hay una tercera realidad cuando nos vemos de frente con la muerte y es quizás la más trágica: su capacidad para desconectarnos por completo de lo que consideramos valioso en esta vida o de la memoria u honra que esperamos que tengan de nosotros después de morir.
Para cualquiera que está unido con los vivos, hay esperanza; ciertamente, un perro vivo es mejor que un león muerto. Porque los que viven saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni tienen ya ninguna recompensa, porque su recuerdo está olvidado. En verdad, su amor, su odio y su celo ya han perecido, y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace bajo el sol.
¡Qué manera de ponernos en nuestro lugar!
El león, majestuoso y poderoso, una vez muerto, tiene menos valor que un perro vivo, aunque este sea un animal menospreciado (así se veían entre los judíos antiguos, como un animal salvaje y despreciable).
El punto del predicador aquí es que: cualquiera que viva la vida más miserable en este mundo tiene mayor valor que el muerto en la tumba más lujosa; porque nada es de más valor que la vida misma.
Este pensamiento es maravilloso, especialmente en días en los que parece que se hizo moda despreciar la vida o verla como poca cosa. Amados, que fácil que una persona mate a otra o se quite la vida a sí misma, menospreciando el enorme valor que tiene.
No importa si es dura, difícil, si representa desafíos enormes; poder levantarnos y respirar es ya de por sí una esperanza y un motivo de gratitud. Nadie debería por tanto menospreciar el regalo que Dios nos ha dado de vivir.
pero, ¿qué se pierde con la muerte?
“…pereció su amor, y su odio, y su envidia; y ya no tienen más parte para siempre en todo lo que se hace debajo del sol.” (v. 6)
Lo que el Predicador está explicando es la cesación total de la participación en este mundo, de sus emociones, de las alegrías y los sufrimientos.
Es importante aclarar que el predicador no está haciendo una declaración teológica sobre el cielo o el infierno, sino describiendo lo que se ve desde aquí, desde la tierra, la muerte desde la perspectiva debajo del sol:
- Se acaba el conocimiento y la memoria terrenal: ‘los muertos nada saben… su memoria es puesta en el olvido. La gente en la tierra, con el tiempo, se olvida de los que se fueron.
- Se acaban las pasiones de esta vida: El ‘amor’, el ‘odio’ y la ‘envidia’ representan todas las pasiones, ambiciones y emociones que nos impulsan en la vida. Todo eso cesa. El motor que nos movía se apaga.
- Se acaba la participación: Esta es la frase clave: ‘ya no tienen más parte para siempre en todo lo que se hace debajo del sol.’ Su capacidad de interactuar, de influir, de amar a su familia, de construir, de disfrutar, de participar en la historia humana… se ha terminado. Desde la perspectiva terrenal, es un final absoluto.
Hermanos, no sé si les pasa, pero entre más de cerca miramos la muerte, más valiosa se nos hace la vida.
Esto es la muerte. Fría, dura, realista, cruda e inevitable; puede ser que pensemos ¿entonces nos rendimos? ¿Qué sentido tiene? Uno casi que podría escuchar al predicador del capítulo 1 y 2: ¡Aborrezco la muerte porque me quita todo! Pero no, lo que sigue es una puerta en medio de esa dura pared, una forma de enfrentar esa realidad de otra forma; no con la resignación pasmosa y fatalista de los que no tienen esperanza, lo que nos lleva de la mano a nuestro segundo encabezado:
2. La respuesta de gozo (7-10)
Este texto parece la solución debajo del sol a la cruda realidad de la muerte. Sabemos que la muerte tiene una solución definitiva en la eternidad; pero el efecto que tiene sobre nosotros de este lado del sol es contrarrestado con una perspectiva agradecida y esperanzada.
Hay tres áreas en las que podemos hacer frente a la realidad de la muerte en esta vida:
La primera es en las cosas esenciales; las mismas que ya se han mencionado: comer y beber.
Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.”
¿Por qué podemos vivir con gozo? ‘Porque tus obras ya son agradables a Dios.’ Esto es llamativo.
Este texto no dice que hagamos buenas obras para que Dios nos apruebe y entonces encontremos gozo.
Tampoco es apropiado introducir la doctrina de la justificación por la fe y la adopción aquí para decir que como ya hemos sido aceptados en Cristo entonces podemos disfrutar con gozo, porque, aunque eso es verdad y de hecho, es absolutamente cierto, es poco probable que el predicador lo tuviera en mente en ese momento.
La mayoría de eruditos admite que es un texto difícil de traducir; pero una posibilidad es lo que se lee en la versión de la Biblia del Jubileo:
Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; para que tus obras sean agradables a Dios en este tiempo.
En la NTV se lee una idea más o menos similar:
Así que, ¡adelante! Come tus alimentos con alegría y bebe tu vino con un corazón contento, ¡porque Dios lo aprueba!
Parece que la idea es esta: Dios aprueba que en esta vida comamos y bebamos con alegría o con gozo. En oposición a hacerlo con amargura.
No hagas nada en esta vida por hacerlo, hazlo con el gozo de saber que estás agradando al Señor porque sabes que la oportunidad de hacerlo viene de Él.
La segunda (v8) es una actitud de celebración gozosa en lugar del luto.
“En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” En su cultura, la ropa blanca y el aceite perfumado eran símbolos de fiesta y celebración, lo opuesto a la ropa de luto. El consejo es claro: ¡No vivas como si ya estuvieras de luto por tu propia muerte! Vive celebrando el regalo de la vida que tienes hoy. Que tu actitud externa refleje la fiesta de la gracia que hay en tu interior. Es apropiado decir que los creyentes enfrentamos la tristeza que infunde la muerte con gozo.
Y la tercera área es en la de las relaciones (v. 9):
“Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol…”
El gozo de la vida no es un acto solitario; se encuentra y se multiplica en nuestras relaciones más importantes.
La relación matrimonial es un regalo que debemos disfrutar en los días que el Señor nos ha dado debajo del sol.
Dice la NTV: La esposa que Dios te da es la recompensa por todo tu esfuerzo terrenal.
Mis amados hermanos; este es uno de los textos que uso a menudo para recordarme que el adulterio y el pecado sexual son una insensatez; porque solo en la bendición matrimonial se encuentra el verdadero goce y disfrute. Solo en el matrimonio podemos decir que la intimidad es un regalo y disfrutarlo sin culpa, en los contados días de vida que Dios nos da.
Disfrutamos del matrimonio aquí como un regalo porque no habrá otro después de la muerte.
Mientras el mundo ve el matrimonio como un problema, la Biblia lo presenta como una gran bendición, como un regalo.
Por eso es natural el deseo de los solteros de casarse, sin embargo, no deberían ceder a la tentación de escoger cualquier camino para obtenerlo, porque de lo contrario habrán convertido la bendición del Señor en algo amargo. Es bueno esperar en el Señor y deleitarse en Él en esa espera.
Finalmente, como si de algo emocionante se tratara; el predicador nos dice que debemos vivir con todas nuestras fuerzas y este es un impulso de motivación a no vivir con temor a la muerte sino con gratitud por la vida que el Señor nos permite vivir.
Todo lo que tu mano halle para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque no hay actividad ni propósito ni conocimiento ni sabiduría en el Seol a dónde vas.
Esta es la versión antigua testamentaria de hacerlo todo para la Gloria del Señor. DE vivir una vida presente en la que disfrutamos todo lo que él nos da, sea mucho o poco.
La sabiduría del Predicador es esta: no dejes que la sombra de la muerte te paralice de miedo; deja que te impulse a vivir con más pasión, más determinación y más gozo que nunca.
Pero hasta aquí alguien pudiera pensar que esta es la filosofía de “comer y beber porque mañana moriremos” o alguna suerte de estoicismo; se necesita sabiduría para vivir así, para no convertir esos placeres de la vida en ídolos; y eso es lo que nos lleva de la mano al tercer encabezado:
3. La sabiduría para mantener la sobriedad (11-18)
El Predicador sabe lo fácil que es caer en la trampa de idolatrar el placer, de no vivirlo equilibradamente y por eso hace dos llamados: uno a vivir con sobriedad y el otro a vivir con sabiduría, aun cuando esta no sea valorada por el mundo.
Veamos cada una en detalle:
el predicador advierte que el hecho de saber que hay que aprovechar la vida, no debe llevarnos a una carrera desenfrenada por el placer; porque al final de cuentas, esa vida, con todo y su gozo y disfrute, sigue estando en las manos de Dios y puede ser que su voluntad sea otros; puede ser que nos venga la calamidad o el dolor y entonces ¿no disfrutaremos? ¿entonces perderá sentido la vida?
Esta dosis de realidad es necesaria. Gozar la vida es recibir del Señor tanto lo bueno como lo malo, lo alegre y lo doloroso, porque en cada una de esas cosas Él está cumpliendo su plan soberano.
Ninguna persona tiene la capacidad de saber lo que pasará. Y ya sabemos que no todo funciona linealmente. Que a los justos no siempre les va bien y que a los impíos no siempre les va mal. Así que debemos vivir y gozar la vida incluso con esos grises.
Esto nos anima a vivir dependiendo del Señor, saber que nuestros planes no son los de Él.
Nuestro gozo no puede depender de que todo salga como planeamos. Disfrutamos el presente con gratitud, trabajamos con todas nuestras fuerzas, pero lo hacemos con la humildad de saber que no somos los dueños del mañana. Nuestra confianza no está en nuestra velocidad o en nuestra fuerza, sino en el Dios que es soberano sobre el ‘tiempo y la ocasión.
la otra advertencia, o dosis de realidad del predicador que nos previene del desenfreno en nuestra manera de vivir, es, otra vez, la búsqueda de sabiduría, de vivir con temor de Dios, como ya lo hemos visto antes.
El Predicador nos cuenta una breve parábola: la historia de una pequeña ciudad que fue salvada de un gran rey por la sabiduría de un hombre pobre. Uno esperaría un final feliz, ¿verdad? Pero el final es amargo: ‘…nadie se acordaba de aquel hombre pobre.’
Y esta es la moraleja: aunque la sabiduría es poderosa y puede salvar vidas, el mundo no siempre la valora ni la recompensa.
El mundo a menudo se deja llevar por el ‘clamor del señor entre los necios’ (v. 17) y desprecia la sabiduría silenciosa del pobre.
A pesar de esta ingratitud, ¿cuál es la conclusión del Predicador? ¿Que la sabiduría no sirve para nada? ¡Todo lo contrario! Él reafirma su convicción en el versículo 16: “Mejor es la sabiduría que la fuerza.”
Y aquí está la sabiduría y la sobriedad mezcladas: estamos llamados a vivir sabiamente no porque eso nos garantice el aplauso, el reconocimiento o la gratitud del mundo. Estamos llamados a ser sabios porque es lo correcto, lo mejor y lo que honra a Dios, independientemente del resultado o de si alguien nos lo agradece.
Nuestra motivación para la sabiduría debe ser pura, anclada en su valor intrínseco, no en la recompensa que esperamos recibir de los hombres.
El Predicador cierra con una advertencia final: “mejor es la sabiduría que las armas de guerra; pero un pecador destruye mucho bien.” (v. 18). La sabiduría es poderosa, pero también es frágil en un mundo donde un solo acto de necedad puede causar un daño inmenso y esto es lo que nos termina preparando para el capítulo siguiente, donde se hablará precisamente de los peligros de no tener sabiduría.
Espero que hasta aquí se haya visto claro el punto:
La muerte es real, nos humilla, nos pone a todos del mismo lado de la balanza; pero nuestra vida no debe ser guiada por el miedo a morir y tampoco por el menosprecio a la muerte; sino que debemos disfrutar la vida como un regalo y hacerlo con sobriedad sabiendo que Dios tiene todas las cosas en control y con sabiduría, aun cuando no recibamos la recompensa debida.
Somos llamados a disfrutar la vida bajo el temor del Señor.
Amigo qué estás aquí, sé que todo esto puede sonar abrumador y espero haberte convencido que la muerte es una realidad que no podrás evitar; pero no te vayas de aquí sin esperanza. La razón por la que hablamos de gozo y disfrute de la vida; es porque hay alguien que ya venció la muerte y que nos ha dado su victoria. En Cristo somos libres de ese temor, vemos la vida como un regalo y la muerte como el paso a una vida eterna plena y permanente. Ven a Cristo hoy.