Manuscrito
Texto bíblico: Mateo 6:5-15
Este sermón forma parte de una serie sobre el Sermón del Monte, ese discurso magistral dado por Jesucristo registrado en el Evangelio de Mateo. El pasaje central se encuentra en Mateo 6:5-15, donde el Señor enseña sobre la oración como expresión de la justicia superior que debe caracterizar a los ciudadanos del Reino de los cielos.
El tema fundamental del Sermón del Monte se encuentra en Mateo 5:16: “Así alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras, y glorifiquen a su Padre que está en los cielos”. Como ciudadanos del Reino, nuestra vida debe apuntar a un objetivo supremo: que el Padre celestial sea glorificado.
En los sermones anteriores, se ha visto cómo Cristo confrontó la justicia superficial de los escribas y fariseos, mostrando que la justicia del Reino no es externa, sino del corazón. La porción de Mateo 6:1-18 aborda tres disciplinas fundamentales de la vida espiritual: dar (v. 1-4), orar (v. 5-15) y ayunar (v. 16-18). Estas eran consideradas la base de la piedad judía y siguen siendo fundamentales en la vida cristiana.
El problema no era la práctica en sí, sino la motivación detrás de ella. El corazón pecaminoso del hombre puede cambiar el sentido aun de las obras de piedad. El pecado es tan perverso que nos sigue hasta la misma puerta del cielo, y mientras estemos en este mundo caído estaremos sujetos a él, manchando hasta lo más puro y santo en nuestras vidas de piedad.
La oración es uno de los medios de gracia que no nos comunican gracia directamente, sino que son instrumentos usados por el Señor para que su gracia cumpla los propósitos de su voluntad en nuestras vidas.
Argumento
Los ciudadanos del Reino no se vanaglorian al orar, sino que son recompensados al orar al Padre Santo para glorificarlo con sus labios, sus vidas y reflejando su justicia perfecta.
Este argumento se desarrollará mediante tres puntos principales:
1. La advertencia a los hijos al orar (v. 5-8)
2. El modelo de oración para los hijos (v. 9-13)
3. La evidencia de ser hijos (v. 14-15)
1. LA ADVERTENCIA A LOS HIJOS AL ORAR (v. 5-8)
Primera advertencia: No orar como los hipócritas (v. 5-6)
El Señor, antes de decirnos cómo orar, nos advierte cómo no orar. Mateo 6:5 dice: “Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres“.
El Señor, como Rey, espera de los ciudadanos de su Reino que oren. La palabra “hipócritas” proviene del griego hypokritai, que hablaba en la época de un actor representando un personaje. Esta connotación teatral se enfatiza con la motivación que ellos tenían: “para ser vistos”, verbo que viene del griego theathēnai, del cual se deriva la palabra teatro.
El Señor está comparando a los escribas y fariseos con actores. Estos religiosos oraban precisamente los lunes y jueves, cuando el pueblo salía a hacer mercado y justo en las horas de mayor concurrencia. Su afán no era hacerlo para el Señor, sino para sí mismos.
Una ilustración clara de esto se encuentra en Lucas 18:10-14, la parábola del fariseo y el publicano.
El fariseo estaba en un monólogo: “yo no soy como los demás… yo ayuno, yo doy diezmo“. Como dice el texto, ORABA PARA SÍ. El publicano, en cambio, le oró al Señor: “ten piedad de mí, pecador“, lejos porque no se sentía digno de estar ante la presencia del Rey. Los fariseos buscaban su gloria y no la de Dios; eran escuchados de los hombres y no de aquel que es poderoso para salvar. Con eso tenían ya su recompensa: ellos ser alabados por su aparente piedad.
Como concluye Mateo 6:5: “En verdad les digo que ya han recibido su recompensa“. La recompensa no será ser atendido por el Señor, sino visto por los hombres.
El contraste: La oración en secreto
Mateo 6:6 dice: “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará“.
El Señor ahora habla individualmente: no dice “ustedes”, dice, pero TÚ. “Entra en tu aposento” habla de un lugar especial; en las Escrituras da a entender el lugar en el que se guardan los tesoros. “Cuando hayas cerrado la puerta” nos habla de no hacer de nuestra devoción individual un acto público para ser vistos, sino buscando intimidad con Dios y alejamiento de todo lo demás.
No podemos sacar de nuestras vidas al objeto de nuestra oración; no podemos excluir al Dios omnipresente. Ahí en lo secreto está Él también para atender nuestra oración. La mejor recompensa es la misma presencia de Dios en nuestras vidas; todo lo demás palidece delante de Él. Es tan alentador como confrontador: en lo secreto está el Padre para oír la oración, y cuando en lo secreto se peca, está el Padre para confrontar el pecado, aun si no lo confiesas, en el día del juicio final.
Filemón 1:1-3 nos recuerda esta verdad: “… Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo“.
Como ciudadanos del Reino, oramos no a un Dios distante e indiferente, no a un padre ausente e irresponsable. Dios es nuestro Padre, y no como nosotros, padres terrenales, que fallamos. Él es el Padre capaz de cumplir lo que promete. Está ahí donde nadie más nos puede ver y oír, y recompensar según la disposición de su voluntad.
El Señor no está censurando la oración congregacional. No habla de esos momentos en los que nos reunimos como pueblo para presentar culto al Señor, habla de los momentos de devoción personal, que para comenzar deben existir. De existir, no deberían regularmente ser para que otros escuchen, sino para que tu Padre que está en lo secreto escuche.
Segunda advertencia: No orar como los gentiles (v. 7-8)
El Señor también advierte a no orar como los gentiles, como los no creyentes. El mundo ora de muchas formas, pero el punto no es orar, el punto es a quién y por qué se ora.
Mateo 6:7 dice: “Y al orar, no usen ustedes repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería“.
Proverbios 10 enseña que en las muchas palabras abunda el pecado. Si hablamos con Dios solo repitiendo, pensando que por ello seremos escuchados sin tener en cuenta el propósito de la oración, estamos orando vanamente. Aun repetir cinco veces la oración modelo es una vana repetición si se hace sin entenderla. El Señor nos va a decir “oren de esta manera”, no “oren con estas palabras simplemente”; es un modelo, un molde, una estructura a la cual apegarnos al orar.
No debemos desanimarnos a orar por no ser muy elocuentes, o no tener amplias jornadas de tiempo para hacerlo en nuestra habitación, ni por no ser líderes en la iglesia. El orar es algo que el Señor nos está diciendo claramente que todos debemos hacer. Si eres parte del Reino de los cielos, una de tus marcas distintivas es que vas a orar constantemente porque dependes de tu Padre celestial.
No oraremos como los profetas de Baal en 1 Reyes 18, que por repetir y repetir pensaban que les escucharían. Seremos como Elías, que sabemos que oramos al Dios verdadero y Él conoce nuestros corazones y nuestras motivaciones. Si estas motivaciones están orientadas a su gloria, Él nos responderá a su tiempo y conforme a su voluntad. Eclesiastés 5:2 advierte sobre el hablar vanamente.
Mateo 6:8 concluye: “Por tanto, no se hagan semejantes a ellos; porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que ustedes lo pidan“.
No oramos para informar a Dios. Él es omnisciente, sabe todo antes que lo pidamos. Oramos para que su voluntad sea hecha en nuestras vidas. La oración, por imperfecta que sea, la hacemos en el nombre de Jesús y en el nombre de Jesús es purificada y santificada. Como dice Romanos 8, cuando no sabemos cómo orar como conviene, el Espíritu Santo intercede con gemidos indecibles para pedir al Padre por los méritos de Cristo lo que es bueno.
No seremos escuchados si oramos para nosotros mismos ni si pretendemos impresionar a Dios con nuestras palabras. No hay nada que podamos presentar a Dios que lo sorprenda para que obre a nuestro favor. La respuesta a nuestras oraciones no es por nuestros méritos, sino por los méritos de su Hijo Jesús, quien nos enseña a orar, y en el cual somos aceptados como hijos.
2. EL MODELO DE ORACIÓN PARA LOS HIJOS (v. 9-13)
Luego de enseñar cómo NO orar y la razón, el Señor enseña cómo hacerlo. Esta oración suele referirse como el Padrenuestro o la oración del Señor. Sin embargo, no es una oración que Él necesitaba hacer, porque Él nunca necesitó pedir perdón de sus pecados, pero nosotros sí. Mejor digamos que es la oración de los discípulos del Señor.
Mateo 6:9 inicia: “Ustedes, pues, oren de esta manera“.
El Señor acaba de advertir de no orar con vanas repeticiones, y simplemente repetir estas palabras sería eso. Lo que no significa que no podamos recitarla; es palabra de Dios y está registrada en las Escrituras. Lo que el Señor dijo es “Oren así”, con este esquema en mente, no con estas palabras exactas. Cristo oró constantemente, y los evangelios son una muestra representativa de los tres años del ministerio del Señor Jesús antes de su ascenso a los cielos, y lo vemos orando siempre. Si el Dios encarnado necesitó en su humanidad plena depender del Padre, nosotros, que estamos manchados por el pecado, ¿no lo necesitaremos?
Esta oración tiene dos grandes bloques:
Bloque 1: Enfoque a la gloria de Dios (Peticiones 1-3)
Invocación: “Padre nuestro que estás en los cielos”
Él es nuestro Padre; podemos acercarnos a Él sin temor. Pero está en los cielos; es el Rey de Gloria, y debemos acercarnos con reverencia. Al enseñarnos a orar, el Señor nos presenta algo que no era común para los judíos. A Dios se le podía referir como Señor, Adonai, el Omnipotente, El Shaddai, El Yo soy, Yahweh, pero como Padre, Abba, solo en Cristo Jesús.
Nuestro Dios es personal, es Padre, se relaciona con sus hijos, es nuestro Padre. Es trascendente, está en los cielos, pero a la vez es accesible, porque el mismo Dios Hijo nos dice que debemos orarle al Dios Padre. Recordar que Dios está en los cielos nos recuerda que nosotros no. Nos recuerda el lugar de Dios y el nuestro: el Dios soberano por encima de nosotros, y nosotros sus criaturas en sumisión a Él.
Primera petición: “Santificado sea Tu nombre”.
Santificar el nombre del Señor es pedirle que Él nos permita santificarlo en nuestras vidas, no solo con nuestras palabras, sino especialmente con nuestra manera de vivir. No puedo santificar el nombre del Señor cuando digo que soy cristiano y ando hablando groserías, cuando respondo con ira ante cualquier provocación, cuando ando murmurando del prójimo. Cuando por mi causa el nombre de Dios no es glorificado sino vituperado, eso no es santificar el nombre de Dios.
Como hijos de Dios, como ciudadanos del Reino, tenemos un nombre que resguardar. La dignidad de aquel que se entregó en la cruz por nuestros pecados y con ellos nos dio su nombre para llamarnos cristianos.
Segunda petición: “Venga Tu reino”.
Es el pedido para que el Señor aplique su señorío en toda la creación, que los pecadores se arrepientan y los creyentes sean santificados. Debemos vivir de tal forma que su Reino sea manifestado. 2 Timoteo 4:1 recuerda esta verdad.
Tercera petición: “Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
Dios es soberano. Como dice Salmo 135:6: “Todo cuanto el Señor quiere, lo hace…”. No es su voluntad decretiva o secreta de Dios a lo que el Señor hace referencia, ya que esta siempre se cumple por decreto divino y soberano.
El Señor ha permitido que nuestra voluntad esté enmarcada en su voluntad preceptiva o moral o la voluntad revelada. Ahí podemos cumplirla o desobedecerla, podemos someternos a ella o rebelarnos contra ella, y en este último estado todos nacemos. Pero el Señor está hablando a los ciudadanos de su Reino, y estos por el poder del Espíritu Santo tienen capacidad de no pecar, de resistirse a la tentación.
Nosotros aún tenemos nuestra naturaleza caída y por eso no cumplimos la voluntad perfecta de Dios siempre. Es un pedido porque seguimos siendo pecadores. No obedecemos como los ángeles en el cielo. Los ángeles primero, siempre obedecen; lo hacen inmediatamente, y lo hacen con gozo para la gloria del Padre. Nosotros debemos pedirlo para que el Señor nos ayude a hacerlo. Que aun cuando desafíe nuestra comodidad, podamos imitar a nuestro Salvador diciendo: “Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya“.
Bloque 2: Peticiones para nosotros (Peticiones 4-6)
Luego de las primeras tres peticiones, vienen las peticiones que tenemos para nosotros ante el Padre. No iniciamos con el “yo”; después de la búsqueda del Reino de Dios y su justicia, el Señor nos insta a orar: “nosotros, nuestro pan, perdónanos nuestras deudas, líbranos del mal”. Porque reconocemos nuestra dependencia de Él. Al hacerlo, no nos presentamos con una consciencia egoísta de “yo, yo, yo”, sino “nosotros”: yo y mis hermanos, yo y la iglesia local, yo y la iglesia universal formada por los creyentes en todo lugar.
Cuarta petición: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (v. 11).
Le pedimos al Padre nuestro sustento diario, sin importar que seamos pobres o ricos. En cualquier condición dependemos del Señor, quien hace llover sobre buenos y malos, quien provee para sus hijos de manera especial. El Dios trascendente nos dice que oremos por nuestro día a día. Aunque Él está en los cielos, es el Alto y Sublime; Él es también el Dios inmanente, es Emanuel, Dios con nosotros.
La oración es para nuestras necesidades, no para nuestras codicias. Reconocemos con esto dos cosas: que Él es capaz de tener cuidado de nosotros y que a Él le importamos para hacerlo según su voluntad, porque es un buen Padre.
Quinta petición: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” (v. 12).
En el Evangelio de Lucas 11:4 dice: “Y perdónanos nuestros pecados“. El Señor identifica el pecado como una deuda, porque Dios hizo al hombre para que viviera para Su gloria, y si hace algo que no glorifique a Dios, contrae una deuda contra la Justicia Divina. El pecado es errar el blanco, es caer fuera del estándar del Señor. Por eso en Romanos 3:23 el apóstol Pablo dice: “por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios“.
Nuestro Señor es Santo, Santo, Santo y su estándar es perfecto, y cualquier cosa distinta a eso genera una deuda en nuestra cuenta a causa de nuestro pecado. Por eso el Señor se refiere a ambos términos de forma equivalente.
Esto no habla del perdón para salvación; está hablándole a quienes ya hacen parte del Reino de los cielos. Pero sí habla del perdón que restaura nuestra relación con nuestro Padre celestial. Así como cuando siendo casados tenemos alguna diferencia con nuestro cónyuge, al restaurarla no necesitamos casarnos nuevamente, pero claramente en medio del conflicto vemos que la relación se ha visto debilitada.
Así pasa con nuestro Padre celestial al tener conflictos con otros. Si no extendemos perdón, estamos pecando al no imitar a nuestro Padre que nos perdonó una deuda infinita, como el mismo Señor refleja en la parábola de los talentos. Quienes han sido perdonados tienen conocimiento de primera mano de la necesidad del perdón, así que nunca deberíamos ser renuentes a perdonar a otros cuando nos piden perdón.
Sexta petición: “No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal” (v. 13a).
Dios no tienta a nadie ni puede ser tentado, como dice Santiago. Pero nosotros sí. Efesios 6:13 menciona cómo la armadura de Dios nos ayuda a luchar con la tentación.
Nosotros, como dice el mismo Santiago, somos tentados según nuestras concupiscencias o debilidades. Hay días en que se presentan oportunidades de pecado que no nos afectan porque no hacen parte de esas debilidades; esos no son el día malo. Hay días en que somos tentados conforme a nuestras concupiscencias, pero hemos estado firmes en las disciplinas espirituales y el Señor nos ha dado gracia para resistir la tentación y no caemos; tampoco es el día malo.
Pero hay días en que hemos estado débiles, y se nos presenta ocasión de caer en algo que nos seduce. En ese día, dice Pablo, necesitamos de la armadura de Dios: el escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada de la palabra. Todo esto nos ayuda a resistir las asechanzas del enemigo en medio de la tentación. Ese es el día malo: cuando podemos fácilmente pecar y se presenta la ocasión. Ahí nos dice el Señor Jesús que necesitamos que Dios nos ayude a no ser presentados ante tales pruebas.
¿Cómo nos ayuda el Señor? Siendo fortalecidos en su palabra y la verdad del Evangelio, o cambiando las circunstancias para evitar pecar. Nos ayuda a huir como José, o usando el temor de otros para humillarnos como con Abraham ante Abimelec, al mentirle sobre que Sara era su esposa.
Esto nos lleva a hacer todo lo que está en nuestras manos para caminar hacia aquello que hemos pedido. No puedo pedirle al Señor que me libre de la tentación y tirarme en plancha hacia aquello que me hace pecar. Spurgeon enseñó: “Quien ora ‘no nos metas en tentación’ y después va hacia ella ‘es un mentiroso delante de Dios'”.
Esta petición debe vivirse:
– Nunca gloriándonos en nuestra propia fuerza.
– Nunca deseando pruebas.
– Nunca cayendo en tentación deliberadamente.
– Nunca guiando a otros hacia la tentación.
Doxología: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria para siempre. Amén” (v. 13b).
Algunos manuscritos no tienen esta frase y es posible que haya sido agregada por algunos escribas. Pero terminar esta oración de igual forma que iniciamos, reconociendo la grandeza de nuestro Dios, da sentido a por qué podemos hacerle todas las peticiones que le podemos hacer. Porque suyo es el Reino, el poder y la gloria para siempre, amén. Porque todo en nuestras vidas debe redundar en eso: en la gloria del Padre celestial, aun lo más cotidiano en nuestro vivir.
Spurgeon nos dejó un esquema que nos ayuda a identificarnos con cada petición:
– “Padre nuestro que estás en los cielos” — un hijo lejos de su hogar.
– “Santificado sea tu nombre” — un adorador.
– “Venga tu reino” —un súbdito.
– “Hágase tu voluntad” — un siervo.
– “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” — un mendigo.
– “Perdónanos nuestras deudas” — un pecador.
– “No nos metas en tentación” — un pecador en peligro de volverse peor.
3. LA EVIDENCIA DE SER HIJOS (v. 14-15)
Podemos con nuestros labios reconocer que Dios es nuestro Padre celestial y no honrarle como tal. Podemos santificar su nombre de labios, pero con un corazón lejos de Él. Podemos pedir que venga su Reino y vivir como si yo fuera el rey. Pedirle por el pan diario y diariamente vivir angustiado. Pedir perdón por nuestros pecados, pero sin un verdadero arrepentimiento. Desear no ser metido en tentación, pero buscar el pecado tan pronto se asome. Todo podría quedar en palabras.
Pero el Señor de todas las peticiones regresa a una, y, como sabemos, siempre que el Señor repite algo es porque es importante. Vuelve al punto que se hace notorio en nuestra manera de vivir: el perdón.
Mateo 6:14-15 dice: “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus transgresiones, también su Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones“.
El teólogo John Stott dijo a este respecto: “Una vez que nuestros ojos han sido abiertos para ver la grandeza de nuestra ofensa contra Dios, las heridas que otros nos han hecho aparecerán en comparación extremadamente insignificantes”.
Este pasaje no enseña que ganamos el perdón de Dios perdonando a otros. Somos salvos solo por la fe, no por obras; por ende, el perdonar para ser perdonados para salvación sería una obra. Más bien, lo que enseña el pasaje es que un corazón que ha experimentado el perdón de parte de Dios inevitablemente perdonará a otros también sus ofensas.
La incapacidad de perdonar revela que quizás nunca hemos comprendido realmente el perdón que hemos recibido y la deuda tan grande que teníamos para con Dios. Esta deuda solo en Cristo pudo ser saldada, por la sangre del cordero perfecto sin mancha, una sola vez y para siempre.
Desde la lógica, está intrínsecamente vinculado el uno al otro. El Señor dice: “Si perdonas, tu Padre te perdonará”, y habla de que entonces Él será tu Padre. No, dice YA ES TU PADRE. Pero si no perdonas, Él no te perdonará.
Son esos pecados que constantemente tenemos delante de Dios y de los cuales debemos arrepentirnos. Todos esos pecados han sido perdonados en Cristo Jesús potencialmente, pero se hace efectivo cuando nos arrepentimos y pedimos perdón. Pero si alguien nos pide perdón y no perdonamos, Dios dice: “yo tampoco puedo perdonarte; primero recuerda cuán grande era tu pecado y cuán grande amor yo debí mostrar, y entonces haz tú lo mismo”. Si no, no esperes el perdón que tú mismo no estás dispuesto a extender.
Lo que de gracia hemos recibido, de gracia debemos dar. Esto no es humillarnos para que otros nos pisoteen. El perdón se otorga a quien sinceramente lo pide y está dispuesto a restituir sus faltas. Si es así, no deberíamos negarnos a perdonar, y así también restaurar nuestra relación con nuestro Padre celestial como hijos amados en Cristo Jesús.
Aplicaciones
Estudiar la oración de los discípulos del Señor, y cómo Él nos ha enseñado que no debemos orar y cómo sí, debe llevarnos a plantearnos:
1. ¿Cuáles son nuestras motivaciones al orar?
¿Oramos para ser vistos por los hombres o para ser escuchados por Dios? La hipocresía puede sutilmente o abiertamente infiltrarse en la vida de cualquier creyente. Una forma de identificar esta tentación sería: ¿Mis oraciones públicas son diferentes a mis oraciones privadas? De hecho, ¿tengo momentos privados de oración? ¿Oro más elocuentemente cuando otros escuchan?
2. El establecer una vida de oración secreta.
Cultiva el “aposento” secreto. Encuentra un lugar y tiempo regular donde nadie te vea excepto tu Padre celestial. Como dijo Spurgeon: “Deja que Dios esté presente, y tendrás audiencia suficiente”. Seamos conscientes de que Dios no responde a nuestra oración “porque la hayamos hecho muy bien, ni porque nuestras oraciones sean muy largas, ni porque nuestra teología sea muy elaborada”. Dios responde porque es un buen Padre que ama a sus hijos, aun cuando no responde a sus malos deseos.
3. El centrar nuestras oraciones en la gloria de Dios
Nuestras oraciones deben orientarse con el deseo de vivir con una justicia superior que nace de un corazón entregado a Cristo. Esa justicia que se manifiesta en una vida de piedad real que busca glorificar al Padre. Las primeras peticiones del Padre Nuestro son sobre Dios, no sobre nosotros. Antes de pedir por tus necesidades, adora. Antes de presentar tu lista de peticiones, declara: “Santificado sea tu nombre”.
4. Orar con dependencia y confianza en nuestro Padre.
Como todo medio de gracia, la oración nos fue dada por Dios para entrar en los propósitos de Dios, no para manipularlo a nuestro favor. Cristo mismo lo modeló al decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. No mi voluntad humana, sino tu voluntad divina, Padre. Confío en ti y descanso en tu voluntad para mi vida, porque sé que siempre será para lo mejor.
5. Vivir lo que oramos
Si oras “perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos”, debes perdonar. Si oras “no nos metas en tentación”, debes huir de la tentación. La oración sin obediencia es hipocresía. Es una burla a Dios pedirle algo que no estamos dispuestos a buscar con diligencia.
6. Orar como parte del cuerpo de Cristo
El Padre Nuestro es plural: “Padre nuestro… danos… perdónanos… líbranos”. Por los méritos de Cristo, formamos parte de un cuerpo, del cual Él es la cabeza. De un rebaño, del cual Él es el Pastor. De un pueblo, del cual Él es su Salvador. No ores solo por ti; intercede por tus hermanos.
Conclusiones
| Fariseos / gentiles | Ciudadanos del Reino de los cielos |
| Vistos por los hombres | Vistos por el Padre |
| Buscan su propia gloria | Buscan exaltar el nombre del Padre |
| Vanas repeticiones para manipular | Oran en confianza ante el Dios omnisciente y bueno |
Los fariseos oraban para ser vistos por los hombres; los ciudadanos del Reino oran para ser oídos por el Padre. Los fariseos buscaban su propia gloria; los hijos del Reino buscan que el nombre del Padre sea santificado. Los gentiles usaban vanas repeticiones para manipular; los hijos del Reino hablan con confianza como hijos ante un Padre que ya conoce sus necesidades y desea darles buenas dádivas.
A veces pensamos en las necesidades de Dios y mis deseos. Pero realmente lo que nos ha presentado la segunda persona de la Trinidad, Dios Hijo, es que esta forma de orar nos muestra los deseos del Señor y nuestras necesidades. Porque Él no tiene necesidad de nada, no necesita de nuestra adoración. Él es autoexistente; su aseidad significa que Él depende de sí mismo y en Él está completo. Nosotros somos los bendecidos al adorarle como el Único Dios verdadero.
Luego oramos por nuestras necesidades, no nuestros deseos. No es por riquezas, por la casa de mis sueños o por un esposo/esposa. Dios puede responder esos anhelos también, pero nos llama a pedir por nuestras necesidades y descansar en lo demás que se haga según su voluntad y yo hacer lo correspondiente a mí.
El Rey comenzó el Sermón del Monte declarando en Mateo 5:16: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos“. El Padre Nuestro es la expresión máxima de esta verdad. Cada petición, correctamente entendida, apunta a la gloria de Dios. Las tres primeras exaltando el nombre del Señor y su propósito con la creación, y las otras tres mientras eso se vuelve una realidad. Vivir en dependencia del Padre y reflejar su carácter perdonador trae gloria a su nombre.
Cuando santificar el nombre de Dios es nuestra prioridad y nuestra pasión, todas las demás peticiones encuentran su lugar correcto. Pensamos menos en el yo, y vamos más a la gloria del Señor y el cuidado de toda su iglesia. Es reconocer que el tú, el yo, no existirían sin el gran YO SOY de base. Oramos al único Dios verdadero, Todopoderoso, que puede responder a nuestras necesidades. Por eso, más que informarlo a través de la oración, ellas nos recuerdan a nosotros que oramos a un Dios que es grande y, ante todo, es nuestro Padre. La oración es para moldearnos a nosotros a Cristo principalmente.
El dar, el orar y el ayunar no dan vida espiritual; ellas alimentan la vida espiritual del creyente. Así como darle alimento a un cadáver no lo hace resucitar, el alimento solo nutre a quien tiene vida. Así el tener misericordia, el orar y el ayunar no dan vida al hombre muerto en sus delitos y pecados. Solo Cristo nos da vida y vida en abundancia.
Quien ha nacido de nuevo, el Espíritu le lleva a ser misericordioso porque ha recibido misericordia, a orar porque habla con su padre en dependencia, y ayuna porque anhela estar junto a Él mientras aún está sujeto a los padecimientos de este mundo. Estas obras de piedad no dan vida; alimentan la vida que ya tienes, si en verdad la tienes.
Si el Señor te ha confrontado, abandona la hipocresía religiosa. Cultiva la intimidad secreta con tu Padre. Centra tus oraciones en Su gloria, Su Reino, Su voluntad. Y que tu vida refleje ese anhelo que tus labios dicen.
Si aún no haces parte del reino de los cielos, el Señor te invita a llamar a Dios “Padre”. No importa cómo haya sido tu padre terrenal, por muy amoroso o ausente que haya sido; ha sido un pecador. Pero nuestro Padre celestial es perfecto. Esto solo es posible a través de la fe en Cristo. Él pagó la deuda de tu pecado para que pudieras ser adoptado en la familia de Dios. Arrepiéntete, cree, y entonces podrás orar con confianza: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Y decir de todo corazón: “Porque tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria por siempre. Amén”.
Así hemos aprendido que los ciudadanos del Reino no se vanaglorian al orar, sino que son recompensados al orar al Padre Santo glorificándolo a Él y no a sí mismos, con sus labios, sus vidas y reflejando la justicia superior por medio de imitar el carácter perdonador del Padre. Cristo es quien oró perfectamente y según el corazón de Dios mismo. Nosotros no podemos por causa del pecado, pero por eso oramos en su nombre. El Señor pasa nuestras oraciones a través de Él y las filtra para presentarlas al Padre en el poder del Espíritu Santo, de forma que sean aceptables. Él es nuestro modelo en todo. Él nos guió al mostrarnos cómo orar, nos guía en cómo vivir, y si llegamos al cielo con Él, es porque Cristo nuestro camino guió como enseña el himno.
