Manuscrito
Texto bíblico: Mateo 7:1-6
El Reino de los Cielos
Las palabras del Rey del Reino de los cielos nos hablan en el Sermón del Monte de cómo se comienza a ver su Reino desde este lado de la eternidad. Ese Reino tan grande y majestuoso nos alumbra desde el cielo para iluminar en medio de las tinieblas de este mundo.
El Sermón del Monte contiene algunas de las porciones de la Palabra más conocidas en el mundo. Un claro ejemplo es la oración modelo, el Padre Nuestro. Otro ejemplo es la ley de oro que estudiaremos luego (v. 12): “Haz a los demás lo que quieras que hagan contigo”.
Esta ley tiene que ver con la porción que estudiaremos hoy en Mateo 7:1-6.
El versículo más citado
Si hiciéramos una encuesta en el mundo no creyente, el versículo 1 es de los más citados: “No juzguen para que no sean juzgados”. Pero lo usan como si Jesús quisiera decir: “No emitan juicio alguno. Acepten mi vida pecaminosa porque tú también vas a ser juzgado.”
Es cierto que seremos juzgados como el mismo Señor nos enseña, pero eso no significa que no debamos emitir juicio alguno ante una vida pecaminosa.
El verdadero problema
El problema es juzgar hipócritamente, pecaminosamente, prejuiciosamente. Es aplicar la ley del embudo inverso: lo ancho para uno y lo estrecho para los otros. Es pensar que Dios sí juzgará a los demás, pero a mí no.
Que el Señor nos enseñe hoy. Al escuchar su voz, andemos hacia Él en obediencia como hijos del Reino de los cielos, no como ciudadanos del reino de este mundo.
Argumento central
Los ciudadanos del Reino deben juzgar con justo juicio, sabiendo que serán juzgados.
Desarrollaremos esta idea en tres etapas:
- Entendiendo el juicio para conmigo (v. 1-2)
- Entendiendo el juicio para con mi hermano (v. 3-5)
- Entendiendo el juicio para con los no creyentes (v. 6)
1. ENTENDIENDO EL JUICIO PARA CONMIGO (v. 1-2)
¹ “No juzguen para que no sean juzgados. ² Porque con el juicio con que juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá.”
Aquí es necesario aclarar qué NO está diciendo el Señor, para luego reconocer que SÍ está diciendo.
Cristo NO está diciendo:
1. No juzguen en lo absoluto.
No está diciendo: “No emitan juicio alguno.” Si fuera así, estaríamos desconociendo el contexto inmediato del pasaje. Cristo nos ha invitado a reconocer que el pecado nace del corazón y no solo de obras externas, eso implica juzgar nuestras motivaciones.
Motivaciones que nos llevan a identificar por qué oramos, ayunamos u ofrendamos. ¿En quién está puesta nuestra confianza: en el Señor o en las riquezas?
Más adelante nos dice: “No den lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos.” ¿Cómo podríamos cumplir esto sin discernir entre quiénes son perros o cerdos? ¿O a qué se refiere por santo y por perlas?
Entonces el versículo 1, aunque el mundo lo entienda como “no me digas nada de mi pecado porque Cristo dijo no juzgues”, no es eso lo que está diciendo. No es una prohibición a todo juicio.
2. Dejar pasar herejías.
Tampoco es una invitación a dejar pasar herejías. El Señor reprende a los falsos maestros.
Más adelante, en Mateo 7:16 dirá:
“Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”.
1 Tesalonicenses 5:20-21
“No desprecien las profecías. Antes bien, examínenlo todo cuidadosamente, retengan lo bueno”.
Esto es escuchar lo que dicen que es palabra de Dios, pero examinar si está en el Espíritu con que Dios las dijo.
3. No cuidarnos como iglesia del pecado.
Mucho menos insta el Señor aquí a no cuidarnos como iglesia del pecado. El propósito de la disciplina eclesial es velar por la santidad del cuerpo de Cristo. Esto requiere discernir entre una actitud santa y una pecaminosa. Ya conocemos el pasaje en Mateo 18 que explica los pasos de la disciplina en la iglesia.
1 Corintios 5:12-13
“Pues, ¿por qué he de juzgar yo a los de afuera? ¿No juzgan ustedes a los que están dentro de la iglesia? Pero Dios juzga a los que están fuera. Expulsen al malvado de entre ustedes”.
Lo que SÍ está enseñando nuestro maestro y Rey
Claramente no es la enseñanza del Señor: “No emitan juicio alguno.” La misma Palabra nos invita a tener discernimiento. Sin embargo, tener un juicio justo no es una invitación a ser prejuiciosos o a juzgar hipócritamente.
Eso es lo que el Señor está condenando aquí.
El Señor en el Sermón del Monte está hablando sobre cómo debe ser el carácter de los ciudadanos de su Reino. Ese carácter contrasta con el de los que eran vistos como las personas más cercanas a Dios en el mundo judío: los escribas y fariseos. ¿Quiénes más cercanos que los que velaban porque la Palabra fuera copiada con exactitud y aquellos que la explicaban a los demás?
Pero, como hemos visto, la justicia de Dios no se refleja solo en lo que hago, sino en las motivaciones para hacerlo. Nacen del corazón, y esto claramente afecta nuestras acciones eventualmente porque de la abundancia del corazón habla la boca.
En particular, la manera como nos relacionamos con los demás, especialmente en la manera como emitimos juicios.
Cristo condena el juicio hipócrita
Cristo condena y prohíbe el juicio hipócrita, crítico extremo, dañino y autojustificatorio que caracterizaba precisamente a los fariseos. Como habla el Señor en la parábola del publicano y el fariseo en Lucas 18.
Las razones que Cristo nos muestra para condenarlo son que tener esta actitud prejuiciosa tiene algunas implicaciones:
Usurpa el lugar de Dios como juez supremo.
V1: “No juzguen para que no sean juzgados”.
Quien tiene la potestad de juzgar no somos nosotros, es el Señor. Entonces andar por diestra y siniestra emitiendo juicios sobre los demás nos pone en una posición que no nos corresponde. Nos pone en el lugar de juez y no de consiervos que también serán juzgados por el Señor. Cristo nos lo recuerda.
Condena motivos que no podemos conocer.
V2: “Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá.”
Nosotros tendemos a juzgar cosas que nos son imposibles. Pensamos que con la primera palabra sabemos toda la frase. Pensamos que con una imagen tenemos toda la película. Hacemos, como dicen por ahí, “juzgar un libro por la portada”. Y eso es pecaminoso.
Hay ocasiones en que algo es claro, evidente, pero aun así es sabio preguntar, cerciorarse. No en vano dice la Palabra que aun el necio cuando calla es tomado por sabio porque no lo sabemos todo.
Como dice una cantante de estos lados, la intuición no justifica ser el dedo señalador de Dios. No las pone por jueces de sus hijos, cónyuges, hermanos. Esto es para todos. Deberíamos analizar más antes de hablar, por muy obvio que parezca para nosotros. Eso nos evitará pecar y dañar al otro porque no podemos conocer los corazones. Eso solo lo hace Dios.
Impone estándares personales no bíblicos como si fueran la ley de Dios.
El mismo versículo habla de que, con la medida que medimos, seremos medidos. Muchas veces pensamos: “Sí, que Dios juzgue a fulanito, qué terrible”. Pero yo hago lo mismo y no pienso en que con ello me estoy condenando también, como si Dios hiciera acepción de personas. A ellos sí, a mí no.
Peor aún, a veces intentamos añadir a la Palabra medidas que no están ahí. Que la hermana tiene que usar falda. Que el hermano no puede salir con sus hijos el domingo. Es cierto: todo nos es lícito, pero no todo nos conviene.
En lo que la Palabra es explícita, esa medida es clara. Evítalo. Pero en lo que no, en dirección del Espíritu Santo, vivamos de tal forma que lo que hagamos provenga de fe, porque lo que no proviene de fe es pecado.
Si en nuestra conciencia comer cerdo es pecado, y veo a alguien hacerlo, no puedo decir que esa persona peca. Pero si yo lo hago, ya he pecado. No porque lo sea, sino porque en mi corazón eso ofende a Dios e intencionalmente lo hice, entonces es mejor no irnos más allá de lo que la Palabra dice, como hacían los fariseos. Decían diezmar más, ayunar más, pero en todo lo hacían para sí mismos y no para el Señor.
Es implacable y sin misericordia.
Este tipo de juicio es pecaminoso porque es implacable y sin misericordia. Nos lleva a ser chismosos y calumniadores. Quien tiene esta actitud está como el diablo, buscando, o cual león rugiente, a quién tropieza para señalarlo y no extenderle la mano para evitar que caiga. No se preocupa por el bien del hermano.
Aplicación
El problema del prejuicio es que no está buscando que Dios sea glorificado, sino que nuestra persona sea reivindicada. Querer hacer como hacen los políticos hoy: echarle el agua sucia a otros para que la gente se olvide de los escándalos propios.
Es tapar con una falta grave la mía. Pero Dios es un juez que no olvida. Es un Dios que nos va a juzgar incluso con el estándar que usamos para nuestras vidas.
Recuerden: juzgar a otros no nos elimina el estar sujetos al juicio delante de Dios.
Puede servir de cortina de humo delante de los hombres, pero nunca delante de Dios. Dios ve en lo secreto y en público nos recompensará o nos condenará.
La ignorancia no es excusa.
Esta actitud nos quita una excusa más delante de Dios: la ignorancia. El desconocimiento de la norma no nos exime de cumplirla. Cuando juzgamos a otros, no solo muchas veces no la cumplimos, sino que estamos mostrando que tampoco ignoramos la falta.
Sí sabíamos que era pecado y aun así lo hicimos. ¿Y pensamos que Dios, juez justo, nos dejará salir ilesos de ello?
Romanos 2:1
“Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas”.
No hay doble estándar con Dios. Si condenamos en otros lo que toleramos en nosotros, estamos demostrando conocer mejor y seremos juzgados más severamente.
Esto tiene especial relevancia para quienes estamos enseñando. Por eso Santiago dice que no muchos se hagan maestros, porque el juicio será más severo. Que Dios nos ayude a poner por obra lo que enseñamos y lo que aprendemos.
La solución tampoco es no saber para no ser juzgados. Como aprenderemos en Romanos, Dios colocó su ley en nuestros corazones. Aun con esa ley, somos hallados culpables. La solución es someternos a la luz que Dios nos da por su Palabra y, en el poder del Espíritu Santo, vivirla para la gloria del Padre, en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo.
El ejemplo de Berea
Seamos como los de Berea.
Hechos 17:10-11
“Enseguida los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas a Berea, los cuales, al llegar, fueron a la sinagoga de los judíos. Estos eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así”.
Nobles porque discernían con las Escrituras los espíritus y las intenciones de las palabras.
El espíritu de Gálatas 6
Gálatas 6:1-5
“Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo. Porque si alguien se cree que es algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. Pero que cada uno examine su propia obra, y entonces tendrá motivo para gloriarse solamente con respecto a sí mismo, y no con respecto a otro. Porque cada uno llevará su propia carga”.
Cuidando a nuestros hermanos con sus cargas. Primero, para que no caigan, y si caen, para restaurarles. Sabiendo que, al juzgarnos primero a nosotros, tendremos una perspectiva correcta para poder ver a los demás.
Porque uno solo es el Juez: Dios. Todos somos consiervos de Cristo y de Él dependemos para vivir en santidad. Entendiendo su Palabra y viviendo esa Palabra.
2. ENTENDIENDO EL JUICIO PARA CON MI HERMANO (v. 3-5)
³ “¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ⁴ O cómo puedes decir a tu hermano: “Déjame sacarte la mota del ojo”, cuando la viga está en tu ojo? ⁵ ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano”.
Hemos avanzado en el Sermón del Monte y este es el último capítulo. Cristo se acerca al clímax para mostrar cuál es la manera sublime de glorificar al Padre. Qué elige y en qué camino anda ese que hace parte de su Reino.
Desde un par de sermones, aunque ha venido haciendo el contraste con la hipocresía de los escribas y fariseos, no había usado nuevamente esa palabra: hipócritas. Y aquí la vemos nuevamente.
Juzgar a nuestros hermanos justamente.
El Señor ahora nos invita a no solo juzgarnos a nosotros mismos, sino también a nuestros hermanos en la fe. Pero de manera justa, no con hipocresía. Lo que me habilita a poder ayudar a mi prójimo, y mucho más a mi hermano con su pecado, es ser consciente del mío propio. Trabajando en él, puedo orientar a los demás.
Es como el Señor pide a los obispos o pastores en la iglesia: que gobierne bien su casa para poder gobernar la iglesia. Si nosotros no hemos tenido éxito sobre nuestro pecado, si ni siquiera es una lucha en cada uno de nosotros, ¿cómo vamos a poder aconsejar a otro? No solo para poderlo ver, si no lo hacemos con nosotros mismos. O para aconsejar, si esos mismos consejos no los aplicamos a nuestras vidas.
Salmo 51:10, 13
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí… Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti”.
La incapacidad del hipócrita
No podemos guiar a otros si Dios no nos ha dado gracia antes sobre nuestros propios pecados. Porque entonces, aunque el Señor no ha usado aquí esa palabra, estaremos actuando como los hipócritas. Que miran el mal en el otro, pero no la perversidad en su propio corazón.
Ambos necesitamos gracia: tanto el de la viga como el de la paja en el ojo. En ninguno hay fuerza suficiente para triunfar sobre ese pecado. Pero, ¿cuándo podremos decir? “Dios me ayudó con mi viga; ven, haz lo mismo”. “Arrepiéntete y ve al Señor, que Él te puede ayudar con lo tuyo.”
Llego reconociendo, como Pablo, que yo soy el mayor de los pecadores. En humildad y humillación delante del Señor, Él obrará.
La ilustración de la mota y la viga
No hacerlo no solo nos imposibilita señalar al otro, sino el intentar ayudarle porque sí necesita ayuda, pero más ayuda necesitamos nosotros antes.
Es como en un avión: no puedo ponerle la máscara de oxígeno a otros si antes no me la pongo yo. Ambos la requerimos en una situación como esa, pero si yo no la tengo primero, no se la puedo extender a otros.
Aplicación
Ayudar a quitar la paja del ojo de otros es mostrarles el camino que nos ha auxiliado a nosotros. El camino de la humillación ante Cristo, para que Él sea formado en nosotros.
¿Quién nos puede ayudar sino el que nunca tuvo paja alguna en su ojo? El que está dispuesto a cargar nuestra viga sobre sus hombros para permitirnos andar como Él.
La perspectiva del pecado propio
Quien no quita la viga de su ojo, no se preocupa por ayudar al otro a quitar la paja que tiene ahí. Tener una paja en el ojo es algo incómodo y que daña a nuestro hermano.
Cristo no dice que no lo ayudemos. Dice: “Para que realmente lo puedas ayudar, y no solo señalar, quita la viga del tuyo”. Es posible que el pecado del otro sea más dañino para el cuerpo de Cristo. Pero tu pecado es tuyo.
Si sabemos de teoría de la perspectiva en el dibujo, los objetos más cercanos son los más grandes. Por eso mi pecado es una viga en mi ojo. El orgullo, la autojustificación, me impiden ser efectivos en ayudar a nuestros hermanos.
Nuestra ayuda viene del Señor.
Pero ellos y nosotros necesitamos ayuda para lidiar con nuestro pecado. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, quien hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá el que guarda a Israel.
El Señor es tu guardador, el Señor es tu sombra a tu diestra. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. El Señor te guardará de todo mal, Él guardará tu alma. El Señor guardará tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre.
Llamado a la acción
Pidamos al Señor que nos ayude a quitar la viga de nuestro ojo para, con una actitud que refleje a Cristo, tener su autoridad y poder y así ayudar en santidad a nuestro hermano o hermana a lidiar con su pecado también.
3. ENTENDIENDO EL JUICIO PARA CON LOS NO CREYENTES (v. 6)
⁶ “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y volviéndose los despedacen a ustedes.”
El equilibrio del mandato
El Señor ahora balancea su mandato y no lo hace respecto a juzgarnos a nosotros mismos y a nuestros hermanos, justamente como ya hemos aprendido, sino también en nuestro juicio para con los de afuera. Con los no creyentes.
Una vez más, claramente el Señor no está enseñando a no juzgar, porque de esa forma no podríamos distinguir entre lo santo y lo profano, quiénes son los perros, los cerdos y quiénes no lo son ni siquiera a distinguir entre nuestra viga y la paja en el ojo de alguien más.
Los dos extremos
Podemos caer en los extremos de juzgarlo todo, aun sin derecho a hacerlo o haciéndolo incorrectamente. Ya vimos que Cristo lo condenó, pero para evitar pecar al juzgar, porque podríamos irnos al otro extremo de no juzgar nada y entonces para cada uno de nosotros todo estaría bien.
Cristo nos dice: tampoco hagan eso. Debemos discernir lo santo de lo profano. El tesoro de lo común. Los perros y cerdos de los que no lo son.
El significado de perros y cerdos
Hay que entender que para el tiempo del Señor Jesús, los perros no eran mascotas. Eran animales salvajes; lo más parecido serían manadas de perros callejeros. Por ser carroñeros, podían hacerlos impuros de estar con ellos.
Los cerdos fueron declarados por el Señor como animales ceremonialmente impuros. Se revuelcan en la suciedad. Por perros o cerdos, el Señor se refiere a aquellos que no son ovejas. Aquellos que están lejos del Señor y rechazan su verdad.
Todos somos rebeldes antes de llegar al Señor, pero no somos hostiles a la verdad. Para un perro era lo mismo un animal muerto que un trozo de carne para ser presentado en el altar.
Para ambos, recibir perlas sería una ofensa porque quieren lo carnal, no lo espiritual. Lo que motiva su hambre, no lo que motiva la gloria de Dios.
El Reino como perla preciosa
El mismo Señor compara el Reino de los cielos en Mateo 13 por medio de parábolas. El trigo y la cizaña, el grano de mostaza, la levadura en la masa, el tesoro escondido.
Mateo 13:45-46
“También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró”.
Con una perla, aquella que para el mercader fue extremadamente valiosa, pero los perros y los cerdos, al dárselas, no solo no la aprecian, sino que la pisotean y, en respuesta, se vuelven y lo despedazan.
Aplicación
Tristemente, así nos pasa a veces. Queremos llevar las verdades preciosas del Evangelio a nuestros amigos o familiares. Y terminan burlándose, pisoteándolas y hablando mal de nosotros. Se vuelven y nos pisotean. Llegado ese momento, el Señor nos dice: no más.
Así como enseñó a los discípulos: si no los reciben, sacudan las sandalias de sus pies. Habrá más misericordia con Sodoma y Gomorra en el día del juicio que con aquellos que les rechacen.
El ejemplo de Jesús
El mismo Jesús fue tan amable y abierto con aquellos dispuestos a escucharle. La mujer samaritana, el centurión, aun la mujer sirofenicia con quien habló de que los perrillos se podían beneficiar de las migajas. Ese Jesús también calló ante Herodes, que solo pretendía burlarse del Rey.
Cristo habló por parábolas, para que oyendo no entendieran. Solo a quienes el Espíritu Santo les ilumine y les alumbre el día.
Discernimiento en la predicación
El Señor nos lleva a predicar el Evangelio, por ejemplo, pero llega un punto en el que ya la predicación no va más. Ya es un trato del Señor con cada persona.
Porque si abiertamente rechazan el Evangelio, no hay que insistir. Orar siempre, pero dejarlo en las manos del Señor. Reprende al necio y te odiará, dice la Palabra. Pero hazlo con el sabio y te amará, en Proverbios 9.
La ley del Señor es perfecta, que hace sabio al sencillo. Mientras Dios no nos dé vida, no vamos a amar la reprensión y la disciplina del Señor. Hay que poder tener discernimiento, tener justo juicio. Esto solo nos lo puede dar el Espíritu Santo de Dios. Para gloria del Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Conclusión
Implicaciones para la iglesia
1. Examina tu corazón antes de confrontar.
Preguntémonos: “¿Estoy actuando desde la autojustificación como los fariseos o desde la gracia recibida?”
1 Corintios 11:27-32
2. No impongas preferencias como mandatos.
Cosas como estilos de educación en el hogar, métodos de crianza, preferencias musicales, formas de vestir (dentro de la modestia bíblica) no son la Palabra de Dios.
Juan 7:24
“No juzguen por la apariencia, sino juzguen con juicio justo”.
3. Practica corrección para restaurar, no para destruir.
Gálatas 6:1
“Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.
Para el liderazgo: Protegiendo la verdad
Debemos juzgar doctrina y comportamiento basados en la Escritura, no en opiniones personales. Señalar falsos maestros (Romanos 16:17). Confrontar herejías destructivas (Gálatas 1:8-9). Proteger al rebaño. Recordar que por esto daremos mayores cuentas al Señor si no vivimos lo que enseñamos.
Para el no creyente
Si tú nunca has reconocido tu bancarrota espiritual (la viga en tu ojo), no puedes entrar al Reino. El evangelio no es para quienes se justifican a sí mismos. Sino para pecadores que claman:
Lucas 18:13
“Dios, ten misericordia de mí, pecador”.
Reflexión final
Charles Spurgeon dijo: “Un hombre honesto aplicaría a sí mismo el juicio que ejerce sobre otros, pero usualmente sucede que aquellos ocupados espiando las faltas ajenas no tienen tiempo para ver las propias; y ¿qué es esto sino insinceridad e hipocresía?”
¿Quién de nosotros puede juzgar justamente?
¿Quién siempre mira su propia viga antes de ayudar con la paja del otro?
¿Quién se preocupa por la paja en el ojo del hermano?
¿Quién primero reconoce que el Reino de los cielos es santo y un tesoro invaluable que hay que guardar de quienes lo menosprecien?
¿Quién de nosotros puede vivir esto perfectamente?
No nosotros, pero sí nuestro Señor. Él ha dispuesto hoy recordarnos que su Palabra es ese tesoro. Que en Él tenemos esperanza. Y que, según su verdad, seremos juzgados.
Preguntas para meditar
¿Vas a recibir ese tesoro del Señor y arrepentirte para vivir para su gloria como Él nos llama, si aún no has creído?
¿O seguirás haciendo parte de los perros y los cerdos que se burlan de la verdad y creen que pueden presentarse ante Dios con su propia justicia?
Si eres creyente, ¿vivirás como digno de los ciudadanos del Reino?
¿Qué se reconocen insuficientes para cumplir la justicia superior a la de los escribas o fariseos?
¿Y descansan solo en la justicia del Rey?
La misericordia y la ley de oro
En las bienaventuranzas, el Señor nos recordó:
Mateo 5:7
“Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia”.
Mateo 7:12
“Por eso, todo cuanto quieran que los hombres les hagan, así también hagan ustedes con ellos, porque esta es la ley y los profetas”.
Porque con el juicio que midamos seremos medidos. El Señor nos juzgará conforme a nuestras obras. Sí hemos creído, ya no para condenación, pero sí para las recompensas.
¿Con qué nos presentaremos?
¿Con qué nos presentaremos delante del Señor?
¿Con una vida llena de prejuicios y egoísmo, donde no me preocupé por la vida de mi prójimo?
¿O incluso con una vida permisiva, que acepte cualquier pecado?
¿Que no pude predicar el Evangelio cuando debía, y callé cuando fue necesario?
El Señor nos ayude a discernir. Que todo cuanto hagamos redunde en su sola gloria. Juzga justamente, calla sabiamente.
Un mensaje de esperanza
Este mensaje es confrontador para nosotros porque nos muestra nuestra incapacidad. Pero el Señor nos da esperanza. Nos recordará que la capacidad de vivir como ciudadanos del Reino no es en nuestras fuerzas. Pide y recibirás, busca y encontrarás, llama y se te abrirá.
Lucas 6:37-38
“No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados. Den, y les será dado; medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en sus regazos. Porque con la medida con que midan, se les volverá a medir”.
Si pides a tu Padre celestial que te ayude a juzgar justamente. Que te dé de su gracia para arrepentirte, ayudar a otros a andar como es digno de los santos y hablar o callar con sabiduría, para glorificarlo a Él. Medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciará en tus regazos. Porque toda dádiva y todo don perfecto viene del Padre de las luces. En el que no hay mudanza, ni sombra de variación. Y así, cuando llegue nuestro día y estemos frente a Él, no solo no recibiremos condenación por estar en Cristo, sino que recibiremos la recompensa en el tribunal de Cristo al haber vivido para su gloria, si así hemos vivido para Él.
Porque, como hemos aprendido, los ciudadanos del Reino deben juzgar con justo juicio, sabiendo que serán juzgados.
