Manuscrito
Texto bíblico: Romanos 3:1-8
El tema de la justicia de Dios ha sido predominante en todo lo que hemos estado viendo en la carta a los Romanos. Es con lo que Pablo abre la carta: el evangelio revela la justicia de Dios. Y lo que hemos visto en los últimos capítulos es que ese Dios justo está en contra de toda maldad, venga de donde venga.
En el capítulo 1, contra los gentiles y su paganismo. En el capítulo 2, contra los judíos y su moralismo y religiosidad. Pablo ha sido claro: Dios recompensará con vida eterna al que persevera en hacer el bien buscando su gloria, pero traerá condenación a quienes se rebelan contra la verdad, vengan de donde vengan y tengan el apellido que tengan.
Pero este pasaje que tenemos hoy por delante abre una nueva dimensión de la justicia de Dios que hasta ahora habíamos visto de manera más general. Porque ahora la pregunta no es si Dios tiene razón al juzgar el pecado; eso ya quedó establecido. Las preguntas serían estas: si los judíos son el pueblo escogido de Dios y si Él les hizo promesas específicas, ¿cómo puede un Dios justo condenar a su propio pueblo? ¿No estaría Él fallando sus promesas?
Se parece bastante a una pregunta que ha acompañado a la humanidad por siglos: ¿por qué un Dios bueno castigaría a los seres que Él mismo ha creado? Es una pregunta que suena razonable. Y Pablo no la esquiva. La toma de frente.
Lo que tenemos en estos ocho versículos es un argumento magistral donde Pablo responde a un interlocutor imaginario. Ese recurso retórico que ya vimos en el capítulo 2, donde anticipa las objeciones de su audiencia y las corta antes de que se formen. Aquí lo hace de nuevo, y con una precisión que no deja espacio para escapar.
El argumento de este sermón es el siguiente:
Dios es fiel y justo cuando condena al culpable.
Y lo vamos a ver en tres partes. Primero, la pregunta de si Dios es infiel por condenar al judío, en los versículos 1 al 4. Segundo, la pregunta de si Dios es injusto por condenar al judío, en los versículos 5 y 6. Y tercero, la conclusión falsa a la que se puede llegar si esas dos cosas no se tienen claras, en los versículos 7 y 8.
1. Dios no puede ser infiel (vv. 1-4)
2. Dios no puede ser injusto (vv.5-6)
3. El peligro de no entenderlo (7-8)
1. DIOS NO PUEDE SER INFIEL (vv. 1-4)
Romanos 3:1-4: (RVR1960)
¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios. ¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito: Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando fueres juzgado.
La primera objeción que Pablo anticipa es directa: ¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión?
Después de todo lo que Pablo ha dicho en el capítulo 2, que la circuncisión sin obediencia no vale nada, que el gentil obediente está en mejor posición que el judío desobediente, que lo que cuenta es la circuncisión del corazón — un judío tendría todo el derecho de preguntar: entonces, ¿para qué sirvió todo? ¿Las promesas de Dios a Abraham fueron vacías? Si ser judío no me da ninguna ventaja delante de Dios, ¿entonces Dios nos mintió?
Y fíjense que Pablo no dice “no, no hay ventaja”. Dice todo lo contrario: Mucho, en todas maneras. Sí hay ventaja en ser judío. Y la primera y más importante es que a ellos les fue confiada la palabra de Dios. Pablo dice “primero” y nunca llega a dar un “segundo”, pero eso no es un descuido. Es que este primer privilegio es tan grande que todos los demás se desprenden de él. Nada más y nada menos que ser el único pueblo sobre la tierra en recibir la revelación de Dios. Los oráculos divinos. La Ley, los profetas, las promesas del Mesías. Ninguna otra nación tuvo eso. Ese era el privilegio de Israel, y Pablo no lo minimiza.
Pero el privilegio no era una garantía de inmunidad. Ese es el punto. Ser depositario de la Palabra de Dios no significaba estar exento del juicio de Dios. Y ahí es donde el interlocutor se atora, porque sus siguientes preguntas son: “¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos?” “¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios?” La lógica es esta: si Dios le prometió a Israel ser su pueblo, y ahora resulta que los condena, entonces Dios no cumplió su palabra. ¿Y si Dios no cumple su palabra, Dios es infiel?
Pablo responde con su primera de dos expresiones enfáticas: “¡De ninguna manera!” Y luego viene una de las frases más contundentes de toda la carta: Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.
Eso es una declaración absoluta. Si hay un conflicto entre lo que Dios dice y lo que el hombre dice, la respuesta no necesita análisis. Dios dice la verdad siempre y el hombre miente siempre. No hay caso en el que la Palabra de Dios sea la que falle. Si los judíos fueron infieles a la Ley que recibieron, eso no dice nada sobre Dios. Dice todo sobre ellos.
Y para apoyar su argumento, Pablo cita el Salmo 51:4: “Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando fueres juzgado”. Ese salmo tiene una historia detrás que vale la pena recordar. Es el salmo que David escribió después de su pecado con Betsabé. David, el rey escogido por Dios, el hombre conforme al corazón de Dios, cometió adulterio, intentó encubrirlo y, cuando no pudo, mandó a matar al esposo de la mujer. Fue el profeta Natán quien lo confrontó. Y cuando David finalmente reconoció la magnitud de lo que había hecho, escribió este salmo. Y en medio de su arrepentimiento dice algo extraordinario: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio”.
¿Ven lo que David está diciendo? No está diciendo: “Dios, tú eres injusto por castigarme”. Está diciendo exactamente lo contrario: Si tú me juzgas, tienes toda la razón. Si tú me llevas a un tribunal, tú ganas. Porque yo soy el que falló, no tú.” David reconoce que cuando Dios juzga, Dios triunfa siempre, y Pablo toma esa confesión de David y la convierte en un principio universal: cuando la justicia de Dios se enfrenta a la mentira del hombre, la justicia triunfa. Y cuando la justicia triunfa, Dios es exaltado. No deshonrado.
Entonces la respuesta a la objeción es clara. Que Dios condene a judíos infieles no lo hace infiel. Lo confirma como fiel. Porque Dios también prometió consecuencias para la desobediencia. La fidelidad de Dios no significa que Dios pase por alto el pecado de su pueblo. Significa que Dios cumple todo lo que dijo, incluyendo el juicio.
Hermanos, esto debe llevarnos a ti y a mí a considerar la manera en que vemos la justicia y la fidelidad de Dios. Escucho con frecuencia a personas decir: Dios, tú eres fiel aunque nosotros seamos infieles. Y lo dicen como si fuera un consuelo, como si significara que Dios va a hacer bien a todos aunque el hombre sea malo. Pero eso no es lo que esa frase quiere decir. Sí, es cierto que nosotros no recibimos el castigo que merecemos gracias a Cristo, y por eso damos gracias. Pero no debemos confundir la misericordia del Señor en el evangelio con la idea de que a Dios no le importa el pecado.
Que Dios sea fiel cuando nosotros somos infieles lo que significa es que Él ejecutará la justa condena para los que se oponen a la verdad. Eso es fidelidad. Cumplir lo que prometió, para bien y para juicio.
Y también debemos erradicar esa idea de que si Dios manifiesta justicia, entonces no puede ser el Dios de la Biblia. Como si un Dios que juzga fuera incompatible con un Dios que ama. Dios es glorificado en la misericordia, pero también en el juicio, porque ambas cosas exaltan sus atributos.
Cuando Dios perdona, se ve su gracia. Y cuando Dios condena, se ve su santidad. Las dos cosas son verdaderas al mismo tiempo, y las dos cosas son buenas.
2. DIOS NO PUEDE SER INJUSTO (vv. 5-6)
Romanos 3:5-6: (RVR1960)
Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será injusto Dios que da castigo? (Hablo como hombre.) De ninguna manera; de otro modo, ¿cómo juzgaría Dios al mundo?
La segunda objeción sigue la misma línea, aunque va un paso más allá. Ya no se cuestiona la fidelidad de Dios, sino su justicia. El razonamiento del interlocutor es este: Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será injusto Dios que da castigo? En otras palabras, si mi pecado termina haciendo que la justicia de Dios brille más, como acabamos de ver con David, entonces Dios se está beneficiando de mi pecado. Y si se beneficia de mi pecado, ¿con qué derecho me castiga por algo que al final le sirve?
Pablo mismo reconoce lo delicado del argumento: “Hablo como hombre”, aclara, como diciendo “estoy presentando la lógica humana, no aprobándola”. Y responde con el mismo énfasis que antes: ¡De ninguna manera! De otro modo, ¿cómo juzgaría Dios al mundo?
Si aceptamos que Dios no puede castigar al pecador porque el pecado termina resaltando su justicia, entonces Dios no podría juzgar a nadie. Nunca. Porque todo pecado, en última instancia, pone de manifiesto la justicia de Dios por contraste. Y si eso le quita a Dios el derecho de juzgar, entonces no hay juicio posible para nadie — ni para el pagano, ni para el moralista, ni para el religioso, ni para nadie. El argumento se destruye a sí mismo.
Dios no necesita de nuestro pecado para ser glorificado. Su justicia y misericordia existen independientemente de nuestra injusticia.
Que nuestro pecado haga resaltar su justicia no significa que Dios dependa de nuestro pecado. Significa que, aun en medio de la rebelión del hombre, Dios sigue siendo quien es. Y quien es, es justo. Y porque es justo, juzga.
3. EL PELIGRO DE NO ENTENDERLO (vv.7-8)
Romanos 3:7-8: (RVR1960)
Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador? ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes?
Si los puntos 1 y 2 no se entienden bien, se llega inevitablemente a la conclusión que Pablo presenta aquí. Y es una conclusión que suena lógica, pero es perversa: “Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador?” El razonamiento es este: si mi pecado hace que la justicia de Dios brille más, y si mi infidelidad hace que la fidelidad de Dios se vea más grande, entonces mientras más peque, más glorificado será Dios. Conclusión: “Hagamos males para que vengan bienes”.
Pablo ni siquiera se toma el trabajo de refutar este argumento con una explicación elaborada. Simplemente dice: “cuya condenación es justa”. Punto. No merece más respuesta que esa. Quien razona así ya se condenó solo.
Hay algo además muy interesante al final de nuestro texto y es que dice que algunos calumniaban al apóstol Pablo afirmando que eso era lo que él enseñaba. Es decir, ya en tiempos de Pablo había personas que distorsionaban el evangelio de la gracia para convertirlo en una licencia para pecar. “Si la salvación es por gracia y no por obras, entonces no importa cómo vivamos.” Esa caricatura del evangelio existía en el siglo primero y sigue existiendo hoy. Pablo la va a abordar de frente en el capítulo 6 cuando pregunte: ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? “¡De ninguna manera!” Pero aquí ya deja claro que ese razonamiento no tiene cabida.
Hermanos, este es un peligro que debemos tomar en serio. Hay formas sutiles de caer en este mismo error. Cuando alguien dice: “Bueno, Dios es soberano, así que no importa lo que yo haga” — eso es una versión moderna del mismo argumento. Cuando alguien piensa: “Ya estoy perdonado, así que puedo seguir en esto y después me arrepiento” — eso es exactamente lo que Pablo llama una conclusión cuya condenación es justa.
La gracia de Dios no es una póliza de seguro que te permite vivir como quieras.
La gracia de Dios te transforma. Y si no te está transformando, tienes que preguntarte si realmente la has recibido.
La soberanía de Dios y la gracia de Dios no anulan tu responsabilidad. La confirman porque el mismo Dios que es soberano para salvar es soberano para juzgar. Y el mismo Dios que ofrece gracia al arrepentido ofrece juicio al que usa esa gracia como excusa.
Pablo ha respondido a dos objeciones y ha descartado una conclusión falsa. No, Dios no es infiel por condenar a su pueblo, porque su fidelidad incluye cumplir sus advertencias. No, Dios no es injusto por castigar al pecador cuyo pecado resalta su justicia, porque si no pudiera juzgar al que peca, no podría juzgar a nadie. Y no, la respuesta correcta al evangelio nunca es “pequemos más para que la gracia abunde”.
Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. Esa frase debería acompañarnos toda la semana. Cuando la vida nos tiente a cuestionar la justicia de Dios, cuando las circunstancias nos hagan dudar de su fidelidad, cuando alguien nos presente un argumento sofisticado para justificar el pecado, la respuesta es siempre la misma: Dios dice la verdad siempre. Y si hay un conflicto entre lo que Dios dice y lo que yo pienso, con toda seguridad el que está equivocado soy yo.
Hermanos, lo que viene en los próximos versículos es el veredicto final de Pablo: No hay justo, ni aun uno. Todos estamos bajo pecado — judíos y gentiles por igual. Pero ese veredicto devastador es el que prepara el terreno para la mejor noticia que existe: que la justicia de Dios, esa misma justicia que condena al culpable, se ha manifestado en Cristo para justificar al que cree y eso lo veremos pronto.
Pero por ahora, que esto quede claro: Dios no falla. Dios no miente. Dios no es injusto. Y si hoy te encuentras cuestionando a Dios porque las cosas no salen como tú esperabas, recuerda que el problema nunca está en Él. Está en nosotros. Ven a Dios con humildad, como David, reconociendo que Él tiene razón; siempre la tiene.
