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Una religión que no salva

Romanos 2:17-29
12 Abr 2026

Manuscrito

Texto bíblico: Romanos 2:17-29

La semana pasada vimos que Pablo confrontó al moralista, al que juzgaba a otros mientras practicaba los mismos pecados. Pero el apóstol no ha terminado. Ahora va un paso más allá y se dirige a un grupo aún más específico: el judío que confía en su religión. Y hay una diferencia importante entre los dos. El moralista del que hablamos la semana pasada se sentía superior por su conducta, él lo hacía comparándose con lo que otros sí hacían. Pero el judío del que Pablo habla ahora se siente seguro por algo distinto: por lo que sabe y por lo que tiene. Sabe la Ley. Tiene la circuncisión. Pertenece al pueblo de Dios. Y eso, piensa él, debería ser suficiente.

Es como tener una membresía del gimnasio y pensar que con eso vamos a bajar de peso. Puedes tener la tarjeta, puedes tener el acceso, puedes conocer todos los ejercicios, pero si no vas, si no haces el esfuerzo, la membresía no cambia nada en tu cuerpo. Y eso es exactamente lo que le pasaba al judío con la Ley. Tenía el acceso, tenía el conocimiento, tenía la pertenencia al grupo correcto, pero nada de eso equivale a vivir lo que esas cosas representan.

Y recordemos dónde estamos en el argumento de Pablo. En el capítulo 1 mostró que los gentiles necesitan el evangelio porque la ley de Dios les ha sido revelada en sus corazones y en la creación, y la han desobedecido. En la primera parte del capítulo 2, mostró que el moralista necesita el evangelio porque también ha desobedecido esa misma ley mientras juzgaba a otros. Y ahora Pablo va a mostrar que los que dicen conocer la Ley, los que la tienen en la mano, los que la leen y la enseñan, también necesitan el evangelio. La acusación sigue cerrándose.

Lo que Pablo quiere mostrar es esto:

Ni el conocimiento de la Ley ni los rituales religiosos pueden sustituir la obediencia que Dios requiere del corazón.

Vamos a verlo en dos partes.

1.  La falsa confianza en el conocimiento de la Ley (vv. 17-24)

2.  La falsa confianza en los rituales externos (vv. 25-29)

1. LA FALSA CONFIANZA EN EL CONOCIMIENTO DE LA      LEY (vv. 17 -24)

En los versículos 17 al 20, Pablo enumera una lista de cosas de las que el judío se jactaba. Y lo interesante es que ninguna de ellas es falsa. Cada una tenía fundamento bíblico. Israel genuinamente había recibido esos privilegios. Fíjense:

Te llamas judío: pertenecer al pueblo escogido de Dios era una distinción legítima. Dios eligió a Israel de entre todas las naciones (Deuteronomio 7:6).

Te apoyas en la Ley: Israel recibió la Ley directamente de Dios en el Sinaí. Ninguna otra nación tenía ese privilegio (Salmo 147:19-20).

Te glorías en Dios: Israel tenía una relación de pacto con el Dios verdadero, mientras las demás naciones adoraban ídolos.

Conoces su voluntad: a través de la Ley y los profetas, el judío tenía acceso a la voluntad revelada de Dios.

Apruebas lo mejor, instruido por la ley: la Ley les daba discernimiento moral que otros pueblos no tenían.

Eres guía de ciegos; y esto no es un invento. Isaías 42:6-7 dice que Dios puso a Israel como luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos. Esa era su vocación.

Luz de los que están en tinieblas — Israel debía ser el medio por el cual las naciones conocieran al Dios verdadero (Isaías 49:6).

Instructor de indoctos, maestro de niños: quien tenía la Ley tenía “la forma de la ciencia y de la verdad” (v. 20) y estaba en posición de enseñar a los que no la conocían.

¿Ven por qué esta lista es tan potente? Pablo no está inventando acusaciones. Está tomando exactamente lo que el judío diría de sí mismo con orgullo, y todo eso era legítimo. Israel sí era guía, sí era luz, sí tenía el conocimiento de Dios. El problema no era lo que tenían. El problema era lo que hacían con lo que tenían.

Porque en los versículos 21 al 23 Pablo voltea la lista con una serie de preguntas que funcionan como acusación directa: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?”

Ahora, alguien podría preguntarse si Pablo está exagerando. Después de todo, los judíos tenían un alto estándar moral y es probable que muchos no practicaran estas cosas de manera abierta. Pero no tenemos razones para pensar menos de lo que el texto dice. Pablo puede estar llevando el argumento al peor de los escenarios para mostrar hasta dónde puede llegar la hipocresía de quien piensa que poseer la Ley garantiza cumplirla.

Hay quienes piensan que Pablo tenía información concreta sobre judíos que, por ejemplo, robaban oro de templos paganos para fundir los metales, justificándose en que se trataba de ídolos. No sería descabellado. Recordemos que Pedro en su primera carta exhorta a que ninguno sea acusado como malhechor o como ladrón. Pablo no está acusando al judaísmo en general, pero sí está señalando que tener la Ley en la mano no garantizaba estar libre de pecado. Y eso es lo que necesitaba escuchar alguien que se sentía seguro solo por conocerla.

Y lo más grave es lo que Pablo dice en el versículo 24, citando a Isaías 52:5: “Porque como está escrito: “El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.”

El conocimiento de la Ley de Dios sin obediencia no es inofensivo. Es dañino porque deshonra a Dios.

Cuando alguien que dice representar a Dios vive de manera contraria a lo que Dios manda, el mundo no dice: “Ese creyente es un hipócrita”. El mundo dice: “Ese Dios no funciona”.

La inconsistencia del pueblo de Dios se convierte en blasfemia contra el nombre de Dios en boca de los que no creen.

Pensemos en cosas concretas.

El cristiano que practica el robo en su trabajo — quizás no de manera escandalosa, pero toma lo que no le pertenece, roba tiempo, usa recursos que no son suyos.

El que tiene una calcomanía de “Cristo vive” en el carro, pero va incumpliendo las leyes de tránsito, faltándole el respeto al otro conductor, viviendo como si la fe solo aplicara dentro de la iglesia.

Nosotros nos movemos en este mundo y debemos vivir con coherencia. Si te jactas de tu profesión de fe y de tu cristianismo, más vale que estés viviendo a la altura de ello, porque cuando nuestra incoherencia le gana a nuestra piedad, el evangelio del Señor es blasfemado y nos hacemos responsables ante él.

No importa cuánta Biblia conoces, sino cuánto de ello estás practicando.

2. LA FALSA CONFIANZA EN LOS RITUALES EXTERNOS

(vv. 25 –29)

Pablo ahora ataca la última trinchera del judío: la circuncisión.

Para el judío, la circuncisión era mucho más que un ritual. Era la marca física del pacto con Dios, el sello que lo distinguía de todas las demás naciones. Había sido instituida por Dios mismo con Abraham en Génesis 17. Era la evidencia visible de que pertenecías al pueblo de Dios. Y muchos judíos habían llegado a pensar que esa marca, por sí sola, los protegía del juicio.

Pero Pablo les dice algo que debió haberlos sacudido: “Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión” (v. 25). En otras palabras, la marca externa pierde todo su valor si no hay obediencia interna. Es como un anillo de bodas en la mano de alguien que vive en infidelidad. La marca sigue ahí, pero ya no representa nada.

Y Pablo va todavía más lejos: “Sí, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión?” (v. 26). El gentil que obedece a Dios sin tener la marca está en mejor posición que el judío que tiene la marca pero desobedece.

Eso debió haber sido una afirmación insoportable para la audiencia judía. Porque lo que Pablo está diciendo es que el ritual sin obediencia no vale nada, y la obediencia sin ritual vale más que el ritual.

El cierre de este capítulo captura el corazón del argumento: Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (vv. 28-29).

Pablo no inventó este concepto. El Antiguo Testamento ya lo pedía. En Deuteronomio 30:6, Moisés profetizó: Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas. Y Jeremías, siglos después, repitió el llamado: Circuncídense para el Señor, Y quiten los prepucios de sus corazones, Hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, No sea que Mi furor salga como fuego Y arda y no haya quien lo apague, A causa de la maldad de sus obras”. Jeremías 4:4.

Dios siempre quiso más que una marca en la carne. Quiso un corazón transformado. La circuncisión exterior era la señal, pero lo que Dios buscaba era la realidad interior que esa señal representaba.

Puede que alguno esté pensando: “Bueno, eso no tiene nada que ver conmigo, porque nosotros no somos circuncidados, no somos judíos, así que no aplica.” Pero la circuncisión era el símbolo empleado por Dios para mostrar visiblemente que alguien pertenecía a la comunidad del pacto, y ese símbolo hoy está representado en nosotros en el bautismo.

También en Él ustedes fueron circuncidados con una circuncisión no hecha por manos, al quitar el cuerpo de la carne mediante la circuncisión de Cristo; habiendo sido sepultados con Él en el bautismo, en el cual también han resucitado con Él por la fe en la acción del poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. (Col 2:11-12).

Pero quiero ir más allá: todo elemento visible de nuestra fe, llámese membresía, Cena del Señor, asistencia al culto o cualquier otro elemento, no es una garantía de seguridad delante de Dios. Todas estas cosas son buenas, pero no tienen el poder de salvar. El bautismo es la señal externa de que algo ha ocurrido, pero no es lo que hace que la salvación ocurra.

Puedes estar bautizado y perdido. Puedes ser miembro de una iglesia y no conocer a Cristo. Puedes ir al culto cada domingo y tener el corazón lejos de Dios.

Hermanos, lo que el Señor busca no son las formas externas, sino las internas, las de un corazón genuinamente arrepentido. Y no porque las externas no importen, sino que son un producto, un resultado de lo que ha ocurrido internamente. Y yo quiero que hoy te hagas estas preguntas genuinamente: ¿Estás viviendo como alguien que ha sido unido al cuerpo de Cristo? ¿Estás viviendo como un miembro del cuerpo de Cristo?

Esto no quiere decir que el ideal sea que todos estemos aquí sin pecado. Sabemos que eso no es posible de este lado de la eternidad. Pero más te vale que no te estés escondiendo detrás de un estatus religioso o de una práctica, porque eso no será un buen escondite en el día del Señor.

Hermanos míos, es nuestro profundo deseo que el número de bautizados de esta iglesia coincida con el número de salvos en el libro de la vida.

Y si pudiéramos traer este texto a nosotros, debería leerse así: “Porque no es cristiano el que lo es externamente, ni el bautismo es morir a la carne; pues es creyente el que lo es interiormente, y el nuevo nacimiento es del corazón, por el Espíritu, no por la letra; la alabanza del cual no procede de los hombres, sino de Dios.”

Pablo ha desmantelado las dos columnas sobre las que se sostenía la falsa seguridad del judío. La primera columna era el conocimiento: “Yo sé la Ley.” Pero saber la Ley sin obedecerla es condenación, y peor aún, es blasfemia contra el nombre de Dios. La segunda columna era el ritual: “Yo tengo la circuncisión”. Pero la circuncisión sin un corazón transformado es una marca vacía.

Y el argumento de Pablo sigue apretando. En el capítulo 1 mostró que el pagano está bajo juicio. En la primera parte del capítulo 2, el moralista está bajo juicio. Y ahora, que el religioso también está bajo juicio. Nadie escapa. Todos necesitan algo que ni la Ley ni los rituales pueden dar. Y eso es exactamente lo que Pablo va a presentar cuando llegue al capítulo 3: la justicia de Dios por medio de la fe en Cristo.

Si tu confianza está en lo que sabes de la Biblia, en cuántos años llevas en la iglesia, en tu bautismo o en cualquier otra marca externa, Pablo te está diciendo hoy que eso no es suficiente. Dios quiere tu corazón. No tu currículum espiritual. Arrepiéntete y confía en Cristo, que es el único que puede circuncidar tu corazón y darte vida nueva.

El mismo Pablo vivió esto. Él tenía todos los pergaminos, todas las credenciales. En Filipenses 3 dice:

“Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.” Si alguien tenía razones para confiar en su religión, era Pablo. Y sin embargo, dice: “Pero cuántas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:5-8).

Todo lo que tenía, todo lo que sabía, todo lo que había logrado, lo estimó como basura a fin de ganar a Cristo.

No quiero que te vayas de aquí sin esperanza. Cristo es suficiente y su gracia está aquí para nosotros. Él no tolera la hipocresía, pero él es también el único que nos puede ayudar a vivir en la verdad. Renuncia a todas las cosas externas que te dan seguridad y confía solo en Cristo. Abandónate en Él. Entrega tu vida completamente a Él.

Cristo es todo lo que necesitamos y es nuestra única esperanza. Por favor, mira a Cristo. Su evangelio, la buena noticia de que Él murió por nuestros pecados y nos ha dado como regalo la salvación.

Ven a Cristo.