Háblale a la Roca

«Pero el Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Por cuanto no me creyeron a fin de tratarme como santo ante los ojos de los israelitas, por tanto no llevarán a este pueblo a la tierra que les he dado”» (Números 20:12, NBLA)

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En el desierto hay una roca que aparece dos veces. La primera vez Dios manda golpearla y de ella brota agua. La segunda vez Dios manda hablarle. Y entre las dos rocas se esconde uno de los anuncios más bellos del evangelio en todo el Antiguo Testamento. En este capítulo, Moisés no entendió la diferencia, la golpeó cuando debía hablarle, y pagó un precio enorme. Pero detrás de su tropiezo hay una verdad que Pablo iba a hacer explícita siglos después, como sabemos, «la roca era Cristo».

Entendiendo el pasaje

El capítulo abre con la muerte de Miriam y cierra con la muerte de Aarón. En medio, cuatro escenas. El pueblo se queda sin agua y murmura otra vez. Moisés y Aarón van a la tienda de reunión, se postran, reciben las instrucciones de Dios. Salen a la roca con la vara en la mano. En lugar de hablarle a la roca, como Dios había ordenado, Moisés arenga al pueblo, los llama rebeldes, y golpea la roca dos veces. El agua sale igual, abundante, pero la sentencia es inmediata, ni Moisés ni Aarón entrarán en la tierra. Después, los edomitas les niegan el paso. Y al final, Aarón sube al monte Hor con Moisés y Eleazar, le entrega sus ropas sacerdotales a su hijo, y muere en la montaña.

Hay una nota teológica que hace que el incidente de la roca sea más serio de lo que parece. Esta es la segunda vez que el pueblo se queja por agua. La primera fue en Refidim, casi cuarenta años antes, recién salidos de Egipto. Allí Dios le ordenó a Moisés golpear la roca, y de ella brotó agua. Pablo, en 1 Corintios 10, mira esa escena y dice algo asombroso, «la roca era Cristo». La roca golpeada en el desierto era figura del Mesías herido. Y por eso aquí, en la segunda ocasión, Dios cambia la orden, no golpees, háblale. Cristo es ofrecido una sola vez para siempre, y después su pueblo solo le habla. Cuando Moisés golpea la roca dos veces, rompe la figura.

Tres verdades bíblicas

1. La memoria selectiva del corazón ingrato es absurda y persistente

Esta es la segunda vez que el mismo pueblo se queja por agua. Habían visto el maná caer cada mañana durante cuarenta años. Habían visto las codornices llegar por toneladas, el mar partirse, las plagas caer sobre los enemigos, la nube guiarlos de día y el fuego de noche. Y aun así, frente a una sequía, su primer instinto fue gritar «mejor hubiéramos muerto». No habían entendido los juicios de Dios, pero tampoco se acordaban de su bondad. Es absurdo. Estaban obsesionados con lo que se les había negado y olvidaron lo que se les había dado.

Así trabaja el corazón humano sin gratitud. Olvida en una semana lo que Dios hizo durante años. Convierte una sequía pasajera en motivo de blasfemia. La cura está en entrenar la memoria. Cuenta las obras de Señor que ya viste. Repítele a tu alma lo que el Señor ya hizo. El corazón ingrato siempre tiene mala memoria.

2. La roca había sido golpeada una vez; ahora solo hay que hablarle

La primera vez, en Refidim, Dios mandó golpear. Esta vez mandó hablar. hay una deferencia aimportantre. Pablo nos enseña que la roca era figura de Cristo. Y Cristo fue golpeado una sola vez, en la cruz, para que de Él brotara agua viva para su pueblo. Hebreos lo dice con toda claridad, «se ofreció una sola vez para siempre». Después de eso, ya no se le vuelve a golpear, solo se le habla. La oración del creyente es eso, hablarle a la Roca golpeada para recibir el agua que sigue brotando de ella.

Por eso el pecado de Moisés es más serio de lo que parece. Al golpear la roca dos veces rompió la figura, hizo parecer que Cristo necesitaba ser golpeado otra vez para que el pueblo recibiera gracia. Y además se atribuyó un papel que no le correspondía. Mira lo que les dice al pueblo, «¿les hemos de sacar agua de esta peña?». Como si la fuente del agua fueran ellos y no el Señor. Proveer agua y ejecutar juicio era prerrogativa de Dios, no facultad de los siervos. Por eso la sentencia, «no me creyeron para tratarme como santo». Robarle a Dios la gloria de su obra es algo serio, incluso para el siervo más fiel.

3. Los siervos de Dios caen, pero la obra de Dios continúa

Miriam muere. Aarón muere. Moisés morirá pronto. Y en medio del capítulo, Eleazar baja del monte Hor vestido con las ropas sacerdotales de su padre. La obra de Dios no depende de ningún hombre. Dios entierra a sus obreros, pero su obra continúa. Los siervos más fieles que tú admiras serán enterrados algún día, y aun así la iglesia seguirá caminando hacia la tierra prometida.

Aquí asoma una verdad cristológica preciosa. Aarón tuvo que entregar las ropas a otro porque iba a morir. Cristo no necesita pasarle el manto a nadie. Su sacerdocio es eterno «conforme al poder de una vida indestructible», dice Hebreos. El único Sacerdote que nunca caerá, que nunca golpeará dos veces la roca, es Cristo. Tus pastores fallarán; el Sumo Sacerdote del cielo no falla.

Reflexión y oración

El pueblo olvidó la bondad de Dios y la convirtió en queja; Moisés olvidó la santidad de Dios y la convirtió en arenga. Las dos memorias fallidas se encontraron en la misma roca. Vigila lo que tu corazón decide recordar.

Padre nuestro, gracias por la Roca que fue golpeada una sola vez para siempre, para que de ella brotara agua viva para tu pueblo. Perdónanos cuando, como Israel, olvidamos rápido tu bondad. Perdónanos cuando, como Moisés, olvidamos tu santidad. Sostén a tus siervos para que terminen bien, y enséñanos a hablarle a la Roca con fe. En el nombre de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote vivo, amén.

Lecturas del plan

Números 20, Salmos 58-59, Isaías 9-10, Santiago 3

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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