La purificación para los que han tocado la muerte

«Y un hombre limpio recogerá las cenizas de la vaca, y las pondrá fuera del campamento en un lugar limpio, y serán guardadas por la congregación de los hijos de Israel para el agua para purificación de la impureza; es una ofrenda por el pecado» (Números 19:9, NBLA)

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Después de los días sangrientos del capítulo 16, con la tierra abierta, el fuego del cielo y la plaga deteniéndose entre los muertos y los vivos, miles de personas en el campamento habían tocado cadáveres. La muerte había pasado por el pueblo y había dejado su huella en muchas manos. Es justo en ese momento que Dios da estas instrucciones. Hoy abrimos una página que parece extraña a primera vista pero que el Nuevo Testamento toma con las dos manos para apuntarnos a Cristo.

Entendiendo el pasaje

El capítulo 19 establece el rito de la novilla alazana. Una vaca roja, sin defecto, sobre la cual nunca se hubiera puesto yugo, era llevada fuera del campamento y sacrificada bajo la supervisión de Eleazar, hijo de Aarón. Importante notar este detalle, no era el sumo sacerdote Aarón quien hacía el rito, porque él no podía contaminarse. Eleazar rociaba parte de la sangre hacia el tabernáculo siete veces, y luego la vaca entera se quemaba, sangre incluida, junto con madera de cedro, hisopo y lana escarlata. Las cenizas se recogían y se guardaban fuera del campamento, listas para mezclarse con agua y rociarse sobre quien hubiera tocado un cadáver.

Cualquier persona que hubiera estado en una tienda donde alguien murió, o que hubiera tocado un cuerpo, un hueso, una tumba, quedaba inmunda por siete días. Para volver a la comunión con el pueblo y con Dios necesitaba ser rociada con esta agua de purificación al tercer y al séptimo día. Sin ese rito, contaminaba el campamento y aun el santuario. El capítulo aparece después de las muertes masivas de la rebelión justamente porque el pueblo necesitaba ser limpiado para seguir caminando como pueblo santo. Y Hebreos 9 lo retoma para decir que estas cenizas eran sombra de algo mayor.

Tres verdades bíblicas

1. La muerte contamina, y solo Dios provee la limpieza

El pueblo de Israel acababa de enterrar miles de cadáveres. La impureza de la muerte no era una idea teológica abstracta, era olor en las manos. Y mira lo que hace Dios. En lugar de pedirles que se las arreglen solos, Él mismo provee el medio para limpiarlos. Cada vez que pecamos, tocamos muerte espiritualmente. La impureza se contagia con un solo contacto. Y nadie sale de eso por su propio esfuerzo, por más sincero que sea. La buena noticia es que Dios mismo se ocupa del problema. Si tu corazón hoy está cargado de cosas que has tocado y que te pesan, ve al agua que Dios provee.

2. La purificación se hace fuera del campamento

El sacrificio sucede fuera del campamento y las cenizas también se guardan fuera. Hebreos 13 toma este detalle de forma directa y dice que Jesús «padeció fuera de la puerta para santificar al pueblo con su propia sangre». Cristo murió afuera de Jerusalén, en el lugar de los inmundos, donde estaban los excluidos, los leprosos, los muertos. Allí fue donde el Cordero de Dios cargó nuestra impureza.

Cristo no santifica desde un trono limpio y distante. Te santifica desde el Calvario, fuera del campamento, donde tú estabas. Esa es la diferencia entre la religión y el evangelio. La religión te dice «límpiate y entra al campamento». El evangelio te dice «el Sacerdote salió a buscarte fuera del campamento».

3. Las cenizas limpian la carne, la sangre de Cristo limpia la conciencia

Aquí entra Hebreos 9 con todo su peso. El autor toma este capítulo y lo cita directamente: «si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la becerra rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, quien por el Espíritu eterno Él mismo se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?». Las cenizas limpiaban por fuera. Hacían que un hombre pudiera volver al campamento, sentarse con su familia, comer con el pueblo. Pero no podían tocar la conciencia.

Pero Cristo es mayor. Si tú llevas años cargando una culpa que no se va con con resoluciones repetidas o aparente arrepentimiento confesado, lo que necesitas no son cenizas. Necesitas algo que llegue más adentro. La sangre de Cristo limpia donde el agua no alcanza. Limpia la conciencia, ese lugar interior donde la culpa se sienta a recordarte de dónde vienes. Y si tú estás en Cristo, tu conciencia ya no tiene que vivir bajo ese peso.

Reflexión y oración

La impureza de la muerte se contagia con un toque, la pureza de Cristo se aplica con la fe. Ese intercambio es el evangelio en miniatura. Lo que Israel tenía en sombra, nosotros lo tenemos en realidad. Las cenizas se gastaban y había que volver a sacrificar una vaca; la sangre de Cristo no se gasta, basta una sola vez para siempre. Y la limpieza llega hasta donde nadie más puede llegar, hasta la conciencia.

Padre nuestro, gracias porque desde antes de la cruz ya estabas pintando en el desierto la figura de tu Hijo. Gracias por la novilla alazana, por el cedro y el hisopo, por las cenizas guardadas en un lugar limpio. Y sobre todo, gracias por Cristo, que padeció fuera del campamento para santificarnos con su sangre. Limpia hoy las conciencias de los que te escuchamos, y aplica la sangre donde el esfuerzo no alcanza. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Números 19, Salmos 56-57, Isaías 8-9, Santiago 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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