Después del ritmo diario y las grandes fiestas, Dios cierra el bloque del culto de la nueva generación con algo que no esperaríamos, una ley sobre las palabras. Sobre los votos hechos a Dios y cómo se cumplen. Y conviene decirlo de entrada, este es un capítulo culturalmente difícil, porque trata de votos hechos por mujeres bajo la autoridad de un padre o un esposo. Vamos a mirarlo con cuidado, sin forzar lecturas modernas, pero extrayendo lo que sí es verdad para todos.
Entendiendo el pasaje
El capítulo abre con el principio general en el versículo 2. El que hace un voto, cumple. Lo que sale de la boca delante del Señor es palabra empeñada y hay que pagarla. Esa es la regla que ordena todo el resto del capítulo. Después vienen los casos especiales. Una joven que vive en casa de su padre, una mujer comprometida, una mujer casada, una viuda o divorciada. En la economía de aquel tiempo, una mujer dependía del padre o del esposo para sostenerse, y un voto suyo podía implicar entregar un animal del rebaño familiar o abstenerse de algo que afectaba a toda la casa. Por eso la ley le da al varón responsable la opción de anular ese voto si lo escucha y se opone enseguida. Pero ojo con un detalle. Si el hombre se queda callado y luego, tiempo después, intenta anularlo, la culpa del voto incumplido cae sobre él, no sobre la mujer. La ley protege a la familia, y también le exige al hombre seriedad y responsabilidad inmediata.
¿Por qué está esto aquí, después de las fiestas? Porque las ofrendas votivas eran un tipo de sacrificio que las personas presentaban como pago de un voto hecho a Dios. Hablar de fiestas y ofrendas sin hablar de la palabra empeñada habría dejado el cuadro incompleto. Y porque el pueblo está por entrar en guerra, y en guerra siempre se hacen votos.
Tres verdades bíblicas
1. Dios toma con la mayor seriedad lo que sale de tu boca
Antes de cualquier caso especial, el principio. El que hace un voto, cumple. Punto. La palabra dada al Señor es deuda sagrada. Eclesiastés lo dice sin rodeos, mejor es que no prometas, a que prometas y no cumplas. Y Jesús, en el Sermón del Monte, llevó la regla más adentro todavía, que tu sí sea sí y tu no sea no. Cuídate de prometerle cosas a Dios que después no vas a sostener, porque tu palabra empeñada te ata, y Dios no se olvida de lo que tú dijiste a la ligera.
2. Dios pone protecciones para que ningún voto destruya a una familia
Aquí el punto que requiere honestidad. La ley sobre los votos de las mujeres no degradaba a la mujer ni la trataba como inferior. Regulaba una sociedad donde un voto impulsivo, hecho en un momento de fervor o de crisis, podía comprometer recursos de toda la casa que ella no manejaba sola. Por eso le daba al padre o al esposo la opción de intervenir, pero con un plazo muy corto y una responsabilidad muy alta. Si callaba y dejaba pasar el tiempo, la culpa se la cargaba él. La ley protegía a la familia entera, y de paso le enseñaba al varón que su autoridad era responsabilidad, no capricho. Toda autoridad humana legítima cuida a los que están bajo ella; la que solo manda y nunca responde no es autoridad bíblica.
3. Hay un solo Voto que nunca tuvo que ser anulado
Esta ley regula promesas humanas, frágiles, impulsivas, a veces imposibles. Nuestra palabra falla, lo sabemos. Pero hubo un Pacto, una sola Promesa, que Dios hizo desde la eternidad con su pueblo, y que nadie tuvo que anularle, corregirle ni recordársela. Hebreos lo dice con una frase asombrosa, Dios juró por sí mismo, porque no había nadie mayor por quien jurar. Cristo cumplió en la cruz lo que el Padre prometió antes del tiempo. Por eso podemos descansar en la firmeza de la palabra que Él nos dio en su Hijo, en lugar de apoyarnos en la firmeza siempre dudosa de la nuestra.
Reflexión y oración
La boca humana hace promesas que se rompen; la boca de Dios hizo una promesa que se cumplió en una cruz y se selló en una tumba vacía. Y el que aprende a cuidar lo que dice empieza, callado y poco a poco, a parecerse al Dios cuya palabra siempre se cumple.
Padre nuestro, gracias porque tu palabra dada a tu pueblo nunca tuvo que ser anulada, corregida ni renegociada. Gracias porque cumpliste en Cristo lo que prometiste antes de la fundación del mundo. Perdónanos por las veces que te hemos prometido en un arrebato lo que después no quisimos sostener. Enséñanos a hablar despacio delante de ti, a no jurar a la ligera, y a cuidar nuestra palabra como cuidamos un voto sagrado. Que nuestra boca, poco a poco, se parezca a la tuya, donde el sí es sí para siempre. En el nombre de Cristo, en quien todas tus promesas son sí y amén, amén.
