Ayer miramos hacia atrás. Cuarenta y dos campamentos, una lista que Dios mandó conservar para que el pueblo recordara su fidelidad antes de cruzar el río. Hoy miramos hacia adelante. Y la imagen que aparece es preciosa, Dios dibujando el mapa de la tierra prometida antes de que el pueblo haya puesto el pie en ella. Cananeos siguen en sus ciudades, las murallas de Jericó siguen en pie, no hay una sola parcela en manos de Israel. Y Dios ya está describiendo dónde estarán las fronteras. Así trabaja Él, traza la promesa antes de que se posea.
Entendiendo el pasaje
Dios le da a Moisés las fronteras exactas de la tierra que Israel va a heredar. La frontera sur, desde el desierto de Zin hasta el arroyo de Egipto. La occidental, el mar Mediterráneo. La norte, en algún punto del Líbano. La oriental, el Jordán y el mar de Galilea. Después de los límites vienen los nombres, doce líderes, uno por tribu, encargados de repartir el territorio cuando llegue el momento. Solo se nombran diez tribus, porque Rubén y Gad ya recibieron lo suyo al este del Jordán, fuera de las fronteras que Dios estaba trazando.
Estos límites son los ideales de la tierra prometida, los que Dios siempre tuvo en mente. Pero Israel nunca llegó a ocuparlos en su totalidad. Lo más cerca que estuvieron fue bajo el reinado de David y Salomón, y aun entonces no controlaron todo el territorio que aparece aquí. La razón estuvo en el pueblo, en su falta de fe y de obediencia, jamás en una limitación del poder de Dios. La promesa estuvo siempre en pie; el pueblo no siempre la persiguió.
Tres verdades bíblicas
1. Dios traza el mapa antes de que el pueblo dé un solo paso de conquista
Mira la audacia de la escena. La tierra está habitada, los enemigos están armados, las murallas siguen en pie, e Israel está acampado al otro lado del río sin haber peleado todavía una sola batalla. Y Dios habla como si la tierra ya fuera suya. Describe las fronteras con la confianza de un dueño que enseña su propiedad. Esa es la forma en que Dios trabaja siempre, anuncia la promesa antes de cumplirla, dibuja el mapa antes de que el pueblo lo recorra. La fe descansa sobre la palabra de Dios, no sobre lo que ya tenemos en la mano. El que necesita ver para creer no entendió cómo trabaja el Dios de la Biblia.
2. Los límites de Dios son misericordia, no restricción
Es importante notar que Dios no le promete a Israel «todo lo que quiera». Le da una tierra con fronteras definidas. Eso enseña algo serio sobre cómo trabaja la promesa. Los límites que Dios pone son protección, no empobrecimiento. La prueba está al lado, Rubén, Gad y media Manasés se quedaron fuera de las fronteras y pagaron con siglos de vulnerabilidad. La tierra dentro del mapa de Dios siempre será mejor que la tierra fuera de él, aunque la de afuera parezca más amplia, más cómoda o más conveniente. El que confía en Dios aprende a celebrar los límites en lugar de saltárselos.
3. La promesa nunca se cumplió por completo, y duele reconocerlo
Esta es la verdad incómoda del capítulo. Israel jamás ocupó todos estos límites. Lo más cerca fue bajo David y Salomón, y aun así no controlaron el territorio de los filisteos ni el de los fenicios. ¿Por qué? Un comentarista lo dice claro, la causa estuvo en el pueblo, en su falta de fe, jamás en una falta de poder en Dios. Dios había trazado la promesa entera; Israel se conformó con una porción de ella. Hay una lección dura aquí. Hay promesas de Dios para tu vida que nunca vas a ver cumplidas, y la razón estará en tu obediencia que se quedó corta, jamás en la fidelidad de Dios. El mapa siempre fue completo, los pies a veces no llegaron.
Reflexión y oración
Lo que Israel nunca pudo poseer en su totalidad, Cristo sí lo posee. En Él todas las promesas de Dios son sí y amén, porque la obediencia perfecta del Hijo garantiza la herencia que la desobediencia del pueblo no podía sostener. E Israel solo recibió una tierra entre fronteras geográficas, pero los que están en Cristo reciben una herencia incorruptible, sin contaminación y que no se marchita, guardada en los cielos. Dios traza el mapa antes de que pongas el pie, porque su promesa llega antes que tu obediencia; pero a la promesa solo entra el que confía y avanza.
Padre nuestro, gracias porque tú dibujas la promesa antes de que la veamos cumplida, y porque tu palabra es tan firme que se puede caminar sobre ella. Y gracias, sobre todo, por Cristo, en quien toda la herencia que se nos prometió desde antes de la fundación del mundo está garantizada, esperándonos sin que nuestras fallas la puedan reducir. En su nombre, amén.
