El Dios que se escucha

«Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las harás saber a tus hijos y a los hijos de tus hijos» (Deuteronomio 4:9, NBLA)

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Llevamos tres días recordando junto a Israel. El fracaso en Cades, los cuarenta años en el desierto, las batallas ganadas, la oración que Dios respondió con un basta. Moisés ha hecho memoria, y hoy por fin da el primer gran paso del libro. Deja de contar la historia y suelta la palabra que va a marcar todo lo que sigue. Escucha. Pero antes, hace una advertencia que parece dicha para nosotros. Cuídate, dice, no se te vaya a olvidar lo que viste, y asegúrate de pasarlo a tus hijos. Porque la fe que hoy se escucha puede perderse mañana si nadie la cuida.

Entendiendo el pasaje

Aquí el libro cambia de marcha. Moisés deja de narrar el camino y empieza a exhortar al pueblo, y lo primero que hace es poner el acento en lo que Dios les ha dado, no en lo que ellos deben darle. Les recuerda dos regalos que no se ganaron, la ley y la tierra. Dios no los escogió por ser numerosos ni por ser mejores que otros, los escogió porque los amó. Por eso la ley nunca fue una lista de prohibiciones para amargarles la vida, fue un camino para que vivieran bien en la tierra que recibían. La obediencia de Israel tenía hasta un propósito hacia afuera, porque cuando las naciones vecinas vieran a este pueblo viviendo con justicia, dirían que aquí hay gente sabia y un Dios cercano que escucha cuando lo invocan.Y en el centro del capítulo está la escena de Horeb, que es la clave de todo. Cuando Dios se reveló en el monte, el pueblo oyó el sonido de sus palabras desde el fuego, pero no vio ninguna figura. Solo una voz. De ahí sale la prohibición que recorre el capítulo entero, que no se hagan imágenes para adorarlas, porque al Dios que habla no se le puede tallar. Moisés sabía lo fácil que sería olvidarlo. Hacía poco, en Baal-peor, parte del pueblo se había inclinado ante ídolos y la plaga había caído sobre ellos. La voz se escucha, pero también se desobedece, y por eso Moisés insiste en guardarla con diligencia.

Tres verdades bíblicas

1. A nuestro Dios se le escucha antes de vérsele, y por eso no se le talla.

Mira lo que esto significa para tu vida hoy, hermano. Un ídolo siempre nace del deseo de tener un dios que puedas ver, tocar y manejar a tu medida, un dios que quepa en tus manos y haga lo que tú quieres. Pero el Señor no se deja esculpir, porque una voz no se talla en madera ni en piedra. Y ojo que esto no quedó en el pasado de las estatuas egipcias. Lutero decía que el hombre que no quiere tener a Dios terminará teniendo sus propios ídolos. Los de hoy no son de metal. Son el yo que se adora a sí mismo, el placer que lo gobierna todo, el dinero que promete seguridad. Todo lo que se mete entre tú y Dios ocupa el lugar que solo la voz debería tener.

2. Lo que escuchas hay que guardarlo y pasarlo, o se apaga en una generación.

Fíjate en lo que pide el versículo de hoy. Guarda tu alma con diligencia, no lo olvides, y enséñalo a tus hijos y a los hijos de tus hijos. La fe entra por el oído, pero se sostiene por el cuidado diario y por las manos que la entregan a otros. Tú que me escuchas, la fe no se hereda sola como se hereda un apellido. Si la voz que escuchaste no la repasas en tu corazón y no la transmites a los que vienen detrás, se enfría en una sola generación. Eso fue Baal-peor, hijos que dejaron de oír lo que sus padres habían escuchado con temor. Pregúntate hoy a quién le estás pasando lo que Dios te dejó oír, porque lo que no se enseña, se pierde.

3. La voz que en Horeb no tuvo rostro, tomó rostro en Cristo.

Aquí está el corazón del capítulo, y mira qué hermoso. Moisés cierra preguntando si alguna vez un pueblo había oído la voz de Dios desde el fuego y seguido con vida. Nadie. Israel tenía un Dios que hablaba sin dejarse ver, y esa voz sin figura guardaba una promesa que el pueblo todavía no entendía. El escritor de Hebreos dice que aquel Dios que habló de muchas maneras a los padres, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo. La voz tomó cuerpo. Juan lo dice con palabras que erizan, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria. Al Dios que nadie había visto jamás, el Hijo nos lo dio a conocer. Lo que en Horeb solo se podía oír, en Cristo se pudo contemplar y abrazar. El Dios que se escucha quiso tener rostro, y ese rostro es Jesús

Reflexión y oración

El Dios que se dejó oír sin dejarse ver, en Cristo tomó rostro, para que al escucharlo pudiéramos también contemplarlo.

Padre, gracias porque no eres un ídolo mudo, sino el Dios que habla y se acerca cuando te invocamos. Gracias porque tu voz no se quedó lejana en el fuego del monte, sino que tomó rostro en tu Hijo, a quien hemos oído y en quien te vimos a Ti. Danos oídos que escuchen tu palabra y la guarden, y manos que la entreguen a los que vienen detrás. Líbranos de tallar dioses a nuestra medida, y enséñanos a contentarnos con tu voz. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 4, Salmos 86-87, Isaías 32, Apocalipsis 2

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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