Cuando Dios responde «basta» a tu oración

«Pero el Señor se enojó contra mí a causa de vosotros, y no me escuchó; y el Señor me dijo: ¡Basta! No me hables más de este asunto. Sube a la cumbre del Pisga y alza tus ojos al occidente, al norte, al sur y al oriente, y mira con tus ojos…» (Deuteronomio 3:26-27, NBLA)

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Hay oraciones que nunca te imaginaste que Dios podría negarte. Oraciones donde tu motivo era bueno, tu causa era santa, y tu petición parecía la conclusión natural de toda una vida sirviéndole. Y aun así, llega el día en que Dios responde con una palabra que duele más que el silencio. Basta. Hoy nos sentamos con Moisés en ese momento exacto. El hombre que sacó a un pueblo de la esclavitud, que aguantó cuarenta años en el desierto, que intercedió tantas veces para que Dios no destruyera a Israel, ahora hace una oración personal y Dios le dice que pare.

Entendiendo el pasaje

El capítulo arranca con la segunda gran victoria militar de Israel en Transjordania. Después de Sehón, ahora cae Og, rey de Basán, uno de los últimos refaítas, una raza de gigantes. La cama de hierro de Og medía cuatro metros de largo, detalle que el texto incluye para que entendamos el tamaño del hombre que cayó. Y Dios le dice a Moisés algo que merece atención, «no le tengas miedo, porque en tu mano lo he entregado». Recuerda lo que pasó en el capítulo uno. La generación anterior se paralizó en Cades-barnea porque los espías vieron gigantes y dijeron «somos como langostas». No entraron. Ahora la nueva generación enfrenta un gigante con cama de hierro, y lo vence. Dios era el mismo. Lo que cambió fue la fe del pueblo.

Después de la victoria vemos el reparto del territorio oriental. Rubén, Gad y la media tribu de Manasés reciben su herencia en Transjordania, pero con una condición clara. Sus hombres de guerra tendrían que cruzar el Jordán armados, dejar atrás esposas e hijos, y pelear con sus hermanos hasta que el Señor diera reposo a todos. Y entonces, justo cuando todo iba saliendo bien, aparece este detalle interesante, Moisés cuenta su oración íntima. Le suplicó al Señor que le permitiera cruzar y ver la buena tierra. Después de cuarenta años de servicio, esto era todo lo que pedía para sí mismo. Y Dios, por causa del pecado de Moisés en Meriba, le respondió basta. Pero antes de cerrar el capítulo, lo manda al Pisga a mirar.

Tres verdades bíblicas

1. El gigante de ayer cae cuando obedeces al Dios que entonces no creíste.

Og era de los refaítas, de la misma raza que aterrorizó a tus padres en Cades-barnea. La generación anterior vio gigantes y se paralizó. Esta generación enfrentó un gigante de carne y hueso, y lo derrotó. La diferencia no fue el tamaño del enemigo, fue la fe que esta vez sí creyó cuando Dios dijo «no temas». Tú que me escuchas hoy, piensa en ese miedo que cargas desde hace años, Tal vez es una conversación pendiente, un perdón que no has soltado, una decisión que has postergado por miedo, el Señor nos llama a confiar, él es el mismo de ayer de hoy y por los siglos y nuestra fe debe mostrarse madura y firme con el paso de los años.

2. Nadie disfruta su herencia solo, la fe del pueblo de Dios siempre se vive con los hermanos.

Mira lo que sucede aquí con las tres tribus que recibieron tierra al oriente del Jordán. Ya tenían su parte, podían haberse quedado tranquilos con sus familias y sus rebaños. Pero Moisés les ordena cruzar el río armados, dejar lo suyo atrás, y pelear hasta que el Señor diera reposo a sus hermanos. El reposo, dice el capítulo, es de todos o no es de nadie. Y esto te interpela hoy. La vida cristiana nunca fue una herencia privada. Tener tu paz no te exime de cruzar a pelear por la paz del hermano que todavía está en la batalla. La iglesia funciona de esa manera, o no funciona. Nos apoyamos y soportamos unos a otros.

3. Cuando Dios dice «basta» a tu oración, no significa que te abandone

Aquí está el corazón de este capítulo, hermano que me escuchas. Moisés oró fervientemente, suplicó, y Dios le dijo basta. No suavizó la respuesta, no le dio una explicación larga. Solo basta, no me hables más de este asunto. Pero fíjate lo que vino después, porque ahí está la gracia. Dios lo manda al monte Pisga, le dice mira, ve la tierra con tus propios ojos. Y le entrega a Josué para que continúe la obra. La oración no fue contestada como Moisés pidió, pero fue contestada de otra forma. Y mira hasta dónde llega esta historia. Siglos después, en el monte de la Transfiguración, Moisés sí pisó la tierra prometida, conversando con Jesús (Lc 9:30-31). El Dios que dijo basta en el Pisga le cumplió la oración por un camino mejor, en presencia del Cristo que cruzaría todos los ríos por nosotros. Tu oración aplazada puede ser una oración guardada para un cumplimiento mejor que el que pediste.

Reflexión y oración

El «no» de Dios nunca es la última palabra para los que ama.

Padre, gracias por las oraciones que nos has contestado, y gracias también por las que nos has negado, porque sabemos que tu sabiduría supera la nuestra. Cuando nos digas basta, danos la humildad de Moisés, que subió al monte, miró, y obedeció hasta el final sin amargarse. Recuérdanos que no hay herencia privada en tu reino, que cruzamos juntos o no entra nadie. Y gracias por Cristo, que cumplió en el monte de la Transfiguración lo que tú aplazaste en el Pisga, y que sigue siendo nuestra esperanza de que ninguna oración hecha en fe se pierde para siempre. En el nombre de Cristo, amén.

Lecturas del plan

Deuteronomio 3, Salmos 85, Isaías 31, Apocalipsis 1

Autor

Pastor Jacobis Aldana

Licenciado en Artes Teológicas del Miami International Seminary (MINTS) y cursa actualmente estudios en Westminster Thelogical Seminary. Ha servido en el ministerio pastoral desde 2011 y es el pastor principal de la Iglesia Bíblica Soberana Gracia en Santa Marta, Colombia.

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