Nota del editor: Este escrito corresponde a una exhortación dada por el pastor Jacobis Aldana en el contexto de las elecciones presidenciales en Colombia del 31 de mayo de 2026.
Hoy es día de elecciones en Colombia. Salimos a las urnas a escoger a quién será el presidente número cuarenta y tres de nuestra historia republicana, desde que el país adoptó ese nombre con la Constitución de 1886. Pero no siempre fue así de sencillo.
Durante buena parte del siglo XIX al presidente no lo elegía el pueblo, sino colegios y jurados electorales. Hubo un primer ensayo de voto directo en 1853, pero no se sostuvo. La elección directa que hoy damos por descontada nació con la reforma de 1910 y se estrenó en 1914. Aun entonces, “el pueblo” era una palabra recortada: hasta 1936 solo votaban los hombres que supieran leer y tuvieran cierta renta; ese año llegó el sufragio universal masculino; las mujeres no pudieron votar sino hasta 1957; y la mayoría de edad bajó a los dieciocho apenas en 1975. La segunda vuelta que quizá veamos en unas semanas es todavía más reciente, la trajo la Constitución de 1991. En otras palabras, esto que hoy resolvemos en cinco minutos costó más de un siglo de pulso, y es, en buena medida, un fruto de la gracia común de Dios sobre una nación caída.
Y sin embargo, no puedo, como pastor de esta congregación, cerrar los ojos a lo que veo cada cuatro años. Esta contienda saca a flote en nosotros apasionamientos que no son inocentes. Pablo los nombra entre las obras de la carne: “enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones” (Gálatas 5:20).
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No hace falta un gran análisis de la cultura para notar que la política se ha vuelto uno de los ídolos modernos, y hablo en concreto del oficio político representativo. El corazón humano, como decía Calvino, es una fábrica perpetua de ídolos, y este le queda a la medida, es un “becerro de oro” que queremos poner al lado de Dios como si fuera Dios. Le pedimos al poder lo que solo Dios da, identidad, seguridad, salvación, olvidando la advertencia del salmista: “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación” (Salmo 146:3). Y cuando se toca un ídolo, el idólatra se enfurece.
Por eso la temporada electoral termina, una y otra vez, desdibujando el testimonio que estamos llamados a dar. Jesús nos hizo sal y luz para que los hombres vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre (Mateo 5:13-16); Pablo nos quiere irreprensibles, resplandeciendo como luminares en medio de una generación torcida (Filipenses 2:15). Pero qué difícil es resplandecer cuando uno pelea como cualquier hijo de vecino.
Quiero precisar algo desde ya. Mi intención hoy no es dirigir el voto de nadie ni sugerirles que se alineen con tal o cual postura. Sería, además, infructuoso, porque a estas alturas cada uno ya reforzó lo que va a marcar, si es que no lo marcó ya.
El voto pertenece al ámbito de la libertad personal y de la conciencia delante de Dios. Hablando de asuntos en los que los hermanos legítimamente difieren, Pablo pidió que cada uno estuviese plenamente convencido en su propia mente (Romanos 14:5), y preguntó: “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?” (Romanos 14:4). Por eso esto es una iglesia y no un partido.
Aquí no se reparten consignas. El reino al que servimos no es de este mundo (Juan 18:36), y ningún tarjetón lo va a instaurar.
Lo que sí reafirmo es mi llamado. Con la ayuda de todos los dones que el Señor ha provisto a este cuerpo, nuestra tarea es ayudarlos a formar una cosmovisión bíblica firme, para que puedan actuar conforme a la Palabra en cada decisión que tomen, esta entre ellas.
Cristo dio pastores y maestros para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:11-12), y también como fundamento, la Sagrada Escritura es útil para que el hombre de Dios quede enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).
No estoy aquí para decirles qué decidir. Estoy aquí para decirles con cuánta responsabilidad decidir, y con qué lentes hacerlo. Y esos lentes no pueden ser otros que los de la Palabra, porque solo transformados por la renovación de nuestro entendimiento llegamos a comprobar cuál es la voluntad de Dios (Romanos 12:2).
Lo que vengo a persuadirles es lo que la Escritura enseña: que ya sea que coman o beban, o hagan cualquier otra cosa —votar incluido—, lo hagan todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31); que todo, de palabra o de obra, lo hagan en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3:17).
No dejen el evangelio a un lado al entrar al puesto de votación. No se quiten el cristianismo como quien cuelga el sombrero en la puerta. Y eso abarca no solo lo que escojo, sino mi actitud antes de hacerlo, al hacerlo y después de hacerlo. La Escritura ya describió esa actitud: pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios (Santiago 1:19-20).
Para medir el tamaño de ese llamado, tenemos que ir a un lugar en el pasado. A un pueblo que no tenía voto, ni candidatos, ni tarjetón. A un pueblo de Dios desterrado en el imperio que los había humillado. Tenemos que ir a Jeremías 29.
Corre el año 597 antes de Cristo, más o menos. Babilonia ya se ha llevado a lo mejor de Judá —al rey, a los oficiales, a los artesanos— a una tierra extranjera, a un imperio pagano que adora a Marduk y desprecia al Dios de Israel. Allí, lejos de casa, les llega una carta del profeta Jeremías, unas palabras de Dios para ellos:
“Edificad casas, y habitadlas; plantad huertos, y comed del fruto de ellos… buscad la paz de la ciudad a la cual os hice llevar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:5-7).
Detengámonos en el peso de eso. Esos creyentes no eligieron a Nabucodonosor. No podían votarlo, ni sacarlo, ni reformar Babilonia. No tenían tarjetón, ni candidatos, ni segunda vuelta. Estaban bajo el poder del imperio que los había desterrado. Y aun así, el mandato no fue “resistan hasta tener un buen rey” ni “espérense a que Babilonia se convierta”, sino vivir, trabajar, formar familias y buscar el bien —el shalom— de la ciudad que los tenía cautivos. Orar por ella. Su fidelidad no dependía de quién gobernara.
El llamado era vivir una vida corriente, como lo que son, el pueblo de Dios y es a través de esa forma de vida que traerían verdadera paz a la nación o la ciudad donde Dios les había permitido estar.
Ese es nuestro llamado, somos extranjeros en esta nación, y el Señor espera que a través de nuestra forma de vivir, una que es distinta a este mundo, hagamos que el Reino de los cielos permee como agua en esta tierra dura y seca.
Si no estás viviendo como un creyente en este mundo y en esta nación. ¿Por qué esperar que el fervor de tu voto por fin hará que todo sea diferente? Y si estás viviendo como un creyente, ¿por qué desesperar como si los resultados de esta forma de vida tuvieran que ser inmediatos?
Esto también nos obliga a leer la Biblia con cuidado. Cuando encontramos reyes en la Escritura, no podemos sin más ponerles la cara de un presidente. El creyente de Babilonia, el de la Roma de Nerón, el israelita bajo un rey que ni escogió, vivían algo distinto a lo nuestro. El rey era el Estado, impuesto, no elegido. Nosotros sí tenemos algo que ellos no tuvieron, y es una manera de participar en quién gobierna; y eso es un regalo de la gracia común. Pero fíjense en lo que sí cambia y lo que no. Cambia el mecanismo. No cambia el llamado. El encargo que Dios le dio a esos exiliados sin voto es, en sustancia, el mismo que nos da a nosotros con un tarjetón en la mano.
Y es que Dios nunca colgó el bienestar de su pueblo de la conquista del poder político. Su método siempre fue otro, y es que su pueblo viva con dignidad donde Dios lo plante.
Daniel sirvió con integridad a reyes paganos sin controlar a ninguno.
Pedro les escribió a cristianos bajo el imperio que mantuvieran buena su manera de vivir entre los gentiles, para que estos glorificaran a Dios (1 Pedro 2:12), y —asómbrense— “honrad al rey” (1 Pedro 2:17), cuando el rey era Nerón.
Pablo, bajo esa misma Roma, mandó orar por los reyes y por todos los que están en eminencia, “para que vivamos quieta y reposadamente” (1 Timoteo 2:1-2), y someternos a las autoridades (Romanos 13:1).
Ninguno de ellos podía elegir a su gobernante, y a ninguno se le dijo que su obediencia tuviera que esperar mejores condiciones. La idea de que la iglesia debe capturar el poder para fabricar un país “cristiano” donde por fin se pueda vivir la fe es un agregado moderno, no el patrón bíblico.
No me malentiendan. No estoy diciendo que dé lo mismo quién gobierne. Un Estado libre es un escenario más amable para la fe que una tiranía; es más fácil seguir a Cristo en democracia que bajo una dictadura. Por algo Pablo manda orar precisamente para que podamos vivir en paz. Desear eso y buscarlo es legítimo. Pero es penúltimo. El reino que esperamos no es de este mundo (Juan 18:36); nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20); aquí no tenemos ciudad permanente, sino que buscamos la por venir (Hebreos 13:14). Ningún presidente, ni el que más nos guste, va a instaurar ese reino. Esto es un camino largo. Nosotros sembramos; Dios da el crecimiento.
De ahí que tengamos que quitarle al voto un peso que no puede cargar. No vamos a las urnas a buscar un caudillo, ni un libertador, ni un mesías político que nos entregue un país “más cristiano” para que entonces nosotros podamos ser “mejores cristianos”. Esa ecuación es antigua. Israel la intentó: “constitúyenos un rey… como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5). Y Dios le respondió a Samuel algo que deberíamos temer: “no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado” (1 Samuel 8:7). Buscar en un gobernante lo que solo Cristo da siempre termina igual, cambiando al Rey verdadero por uno de carne.
¿Qué es entonces el voto? Una decisión personal, una entre tantas que tomamos, y la tomamos con sabiduría. Y la sabiduría, dice Proverbios, empieza en el temor del Señor (Proverbios 9:10), no en el ruido de las encuestas.
No separamos la fe del instante de marcar el tarjetón; votamos como quien rinde cuentas, porque el que es fiel en lo muy poco también lo es en lo más (Lucas 16:10). Evaluamos con honestidad, con la mente renovada (Romanos 12:2), y escogemos buscando el bien del prójimo y de la ciudad, igual que los exiliados.
La fe y el voto no necesariamente son buscar un salvador en la papeleta; tiene que ver con decidir como cristiano, con la conciencia informada y despierta.
Ahora bien, si todo esto es cierto, no tenemos por qué dividirnos por inclinaciones distintas. Pablo se lo preguntó a una iglesia que se peleaba por asuntos de conciencia: “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano?” (Romanos 14:10).
No medimos la fe de nadie por a quién vota. La medimos, si acaso, por cómo trata al que piensa distinto, por cómo se ve su relación con el prójimo y más delicado aún, con su hermano.
Si mi opción política me lleva a soltar un principio cristiano; si me lleva a llamar necio o insensato a un hermano, cuando el Señor advirtió que quien le dice “fatuo” a su hermano queda expuesto al juicio (Mateo 5:22); si me lleva a la burla, al sarcasmo pavoneante, al menosprecio del otro, entonces no importa cuántos argumentos tenga de mi lado. Ya perdí.
“Si alguno se cree religioso… y no refrena su lengua, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). Con la misma boca no se puede bendecir a Dios y maldecir al hermano hecho a su imagen (Santiago 3:9-10). De un lado están las obras de la carne que nombramos al comienzo, las contiendas y las iras y las disensiones; del otro, el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, mansedumbre (Gálatas 5:22-23). ¿De qué sirve ganar la discusión y contristar al Espíritu (Efesios 4:29-30)?
Jesús dijo que el mundo nos reconocería por una sola cosa: “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). No por nuestro candidato. Por nuestro amor.
Por eso les repito lo que dije al empezar. No es mi tarea convencerlos de un voto. Es convencerlos de que sean cristianos, hoy también, en la fila del puesto de votación y en el grupo de WhatsApp esta noche, en sus muros de redes sociales. Vayan, voten con responsabilidad, con la mente puesta en la Palabra, después de evaluar con justicia. Y cuando salgan, sigan siendo sal y luz. Que de palabra y de obra, también en esto, lo hagan todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Pasada la jornada, el tarjetón será historia; nuestro testimonio seguirá en pie. Y nuestro Rey, ese, no se elige hoy. Ya reina.
Soy consciente de que es posible que usted me haya escuchado con el sesgo que se le ha ido formando a lo largo de estos meses, y que la exposición a las redes sociales solo lo ha acentuado. Soy consciente, también, de que puede estar tomando mis palabras a favor o en contra de su postura; incluso es posible que me esté oyendo como a un tibio que no toma partido.
Solo le pido una cosa: que me escuche como al pastor que, por la gracia de Dios, sirve a esta congregación. Un pastor que no espera ver la unidad de esta iglesia —y menos la del cuerpo de Cristo— sacrificada en el altar de la política.
Que Dios nos ayude.


