A todos nos gusta pensar que algo bueno hicimos para merecer lo que tenemos. Moisés sabe que apenas Israel entre a la tierra y derrote a los gigantes, se van a sentir merecedores. Y antes de que la idea eche raíz, les dice la verdad a la cara tres veces seguidas, no fue por tu justicia.
Entendiendo el pasaje
Israel está por cruzar a enfrentar naciones más grandes que ellos, ciudades amuralladas hasta el cielo y gigantes temibles. Moisés les advierte que cuando ganen, no vayan a creer que Dios les entregó la tierra por su rectitud. Y lo repite tres veces en pocos versículos para que no quede ninguna duda, no por tu justicia. Dios expulsa a los cananeos por la maldad de ellos y por fidelidad a la promesa que hizo a Abraham, Isaac y Jacob, jamás por la bondad de Israel. Y para que al pueblo no le quede ni un resquicio de orgullo, Moisés desempolva el recuerdo más vergonzoso de todos, el becerro de oro. Lo primero que hicieron después de recibir los Diez Mandamientos fue romper los dos primeros, fundiendo un ídolo al pie del mismo monte donde Dios les hablaba. Moisés tuvo que postrarse cuarenta días intercediendo para que Dios no los destruyera. Duros de cerviz desde el día que los conozco, concluye. La tierra fue regalo de gracia, nunca pago a su mérito.
Tres verdades bíblicas
1. Dios no te bendice por tu justicia, porque no la tienes.
Mira con qué insistencia Moisés clava esta verdad, tres veces en cinco versículos. No por tu rectitud. El corazón religioso siempre quiere atribuirse algo, siempre piensa que algo bueno debe haber en él para que Dios lo trate con tanto favor. Moisés lo niega de raíz. Tú que me escuchas hoy, lo que tienes de la mano de Dios no es un premio a tu buen comportamiento, es un regalo que no te ganaste. Pablo lo dice con las mismas palabras, que Dios nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia. Cuando entiendes que la bendición es gracia, dejas de cobrarte méritos delante de Dios y empiezas a darle las gracias.
2. Tu propio historial es la prueba contra tu orgullo.
Fíjate en la técnica de Moisés. Para callar la soberbia del pueblo, los hace recordar. El becerro de oro, las quejas en Tabera, el agua en Masah, la rebelión en Cades. Acuérdate, no olvides que fuiste rebelde. La mejor cura para la soberbia espiritual es la memoria honesta de quién has sido. Hermano, el que se cree merecedor del favor de Dios es porque tiene mala memoria, porque ha olvidado de qué barro lo sacó el Señor. Cuando recuerdas tu propia historia con sinceridad, el orgullo se cae solo, y lo único que queda en pie es el asombro de que Dios te siga amando.
3. Estás de pie porque alguien intercedió por ti.
Aquí está lo más hermoso del capítulo. Israel no fue borrado de la tierra aquel día del becerro porque Moisés se puso en la brecha, postrado cuarenta días y cuarenta noches, rogando a Dios que no acabara con ellos. Sin ese intercesor clamando en medio, el pueblo habría perecido en su pecado. Y Moisés solo anticipaba a uno mayor. Tú y yo seguimos de pie no por nuestra justicia, sino porque tenemos un Intercesor que no se postra cuarenta días, sino que vive para siempre rogando por nosotros. El escritor de Hebreos dice que Cristo puede salvar perfectamente a los que se acercan a Dios por medio de Él, porque vive siempre para interceder. No estás vivo por tu rectitud, estás vivo porque Cristo intercede por ti.
Reflexión y oración
La gracia brilla precisamente porque cae sobre quien no la merece, y seguimos en pie no por nuestra justicia sino por la intercesión de Cristo.
Padre, confesamos que no tenemos justicia propia que ofrecerte, que somos duros de cerviz como aquel pueblo en el desierto. Gracias porque no nos tratas conforme a nuestros méritos, sino conforme a tu misericordia. Líbranos de la soberbia que olvida quiénes hemos sido, y danos memoria honesta para que tu gracia nos asombre cada día. Gracias por Cristo, nuestro Intercesor, que vive siempre para rogar por nosotros. En su nombre, amén.
